Enamorada del idiota

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5. Molestamente insistente.

Camila

 

Por fin. El bar estaba casi vacío y dentro de 30 o 40 minutos podría irse a su casa. Solo tendría que limpiar un poco y cerrar.

Tina se había ido a su casa, porque tenía que llevar a su hija al colegio en la mañana. Ella no se había negado, después de todo, se lo debía. Tendría que quedarse y cerrar el bar sola esa noche.

Después de levantar algunas botellas y limpiar las mesas delanteras, se dirigió a la parte trasera del bar, al área del billar.

Dio un respingo al distinguir la inconfundible silueta de una persona sentada en una de las mesas. Un hombre.

Sintió pánico. Seguramente era un loco borracho y drogado hasta los huesos que no querría irse de allí. Respiró profundo y dio unos pasos hacia el hombre.

–Disculpe señor, debe irse. Ya hemos cerrado.

El hombre se puso de pie.

Por supuesto. –Respondió, mientras caminaba hacia ella.

Reconoció la voz al instante, el hombre misterioso del vino. ¿Qué diablos hacía allí aún? ¿Acaso no tenía familia?

Se quedó de pie donde estaba mientras el hombre se acercaba lentamente a ella. Demasiado lento para estar sobrio.

–Creí que serías tú quien me atendería... –la profunda voz de aquel hombre le acarició los huesos y Camila sintió como se le erizaban los vellos de la nuca.

–Lo siento, espero que comprenda que no puedo hacerme cargo de todas las mesas.

–Entiendo perfectamente. Pero ahora no hay nadie aquí, podríamos tomar algo juntos.

Ella lo miró fijamente a los ojos, aun no podía distinguir nada en su rostro, pero tenía algo: su voz, la forma en la que sentía que la miraba... la cautivaba totalmente.

–Yo... no puedo. Estoy trabajando y el bar ya cerró.

–Vamos, no hay mucho que hacer ni nadie que pueda contárselo a tu jefe.

Camila decidió hacer como si no lo hubiera escuchado.

–Creo que debe irse a casa.

–Tengo nombre, es Ryan. –dijo él, ignorando igualmente lo que ella le había dicho.

–Necesito que se vaya.

– ¿Cuál es tu nombre?

Ella miró a los lados con desesperación.

–Señor, necesito que se vaya ahora.

–Ryan. ¿Cuál es tu nombre?

–Camila –contestó exasperada. – ¿Contento? Ahora debe irse, es muy tarde.

–Lindo nombre. Es un placer conocerte Camila.

¿Acaso aquel hombre no escuchaba nada de lo que decía? Diablos, estaba empezando a asustarse. No sabía qué hacer si se ponía violento, o se negaba a irse, o intentaba tocarla...

–Yo... Muchas gracias. ¿Puede irse ya? Debo cerrar el bar.

–Claro. ¿Quieres que te lleve a casa? Es muy tarde.

–No gracias. Tomaré el metro.

– ¿El metro? ¿A estas horas?

–Sí.

–Bien.

Camila respiró profundamente cuando lo vio salir por la puerta principal. Se secó las manos con el delantal, estaba jodidamente asustada. Por un momento había creído que tendría que llamar a la policía o algo así. Aunque, para ser sincera, aquel hombre no aparentaba ser una amenaza real, parecía más bien una persona molestamente insistente. ¿Pero que sabía ella? Aquel desconocido podía ser, sin ningún problema, un asesino en serie, un violador o un ladrón.

Terminó de limpiar y esperó unos minutos antes de salir, para no correr el riesgo de encontrarse con aquel psicótico otra vez.

Ryan.

No creía poder olvidar aquel nombre en los próximos 20 años, por el susto que le había dado, claro, por nada más.

Cuando salió del bar, miró a todos lados para ver si había alguien por allí. Pero como cada noche, no había muchas personas en aquella calle a las dos de la mañana.

Comenzó a caminar hacia la estación del metro, quería llegar a su casa, darse un baño e irse a la cama lo más pronto posible.

Cada día al salir del trabajo, daba gracias a Dios por vivir en una ciudad donde el servicio de metro era 24H, porque si tuviera que pagar un taxi cada día no podría permitírselo.

Se tensó al sentir un auto detrás de ella. No se aterró, solo sintió la necesidad de salir corriendo, pero al parecer su cerebro y sus piernas no hablaban el mismo idioma, porque se detuvo, como si estuviera caminando sobre cemento mojado y se hubiera secado con ella ahí.

–Es una zona muy peligrosa, Camila. ¿Estás segura de que no quieres que te acompañe a casa?

¡¿Qué diablos...?! ¿Qué hacía él allí? Hacía alrededor de media hora que se había marchado, ¿Por qué la perseguía?

Mierda.

– ¿Me estás siguiendo, amigo? ¿Tengo que preocuparme por tu actitud?

–No. –el hombre, Ryan, salió del coche, pero no se acercó a ella. Buena elección. –Solo quiero ayudarte.

–Pues es una ayuda que yo no he pedido, ni quiero. Así que ya déjame en paz.



Chris Urbano

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En el texto hay: chica ruda, humor

Editado: 17.08.2018

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