Enamórate de mí

Tamaño de fuente: - +

1

Su nombre era Daniela, eso era lo único que tenía en la memoria. La cabeza le dolía cual migraña y sentía que de abrir los ojos, el más mínimo hilo de luz empeoraría las cosas. Gimió con pesadez ante la fuerte sensación de mareo que empezaba a invadirla también. Imágenes difusas de recuerdos vagos se manifestaban todas al mismo tiempo, encimadas unas con otras impidiéndole identificar a fondo alguna de ellas. Había voces que le resultaron familiares mas no podía reconocer, al igual que un camino que conducía hasta una casona vieja y gris repleta de ventanas. 

En su lucha contra el agobiante malestar general, decidió abrir despacio los ojos, miró a su alrededor y trató de identificar el lugar sin éxito. La oscuridad que la rodeaba era tan densa que parecía surreal, impedía incluso que pudiese mirar la palma de su mano frente al rostro. ¿Cómo había llegado ahí?

Confundida, Daniela se llevó una mano al rostro para tallarse la cara. No solo tenía un punzante dolor y un mareo tan fuerte que la hacía sentir que vomitaría en cualquier momento, además sentía la cabeza fría, como si tuviera el cabello mojado. ¿Se habría duchado antes de terminar en ese lugar? Cuando intentó ponerse de pie, de sus labios resecos brotó un alarido rasposo y agudo que nacía desde lo más profundo de su garganta. Sus piernas estaban entumecidas quién sabe desde cuándo, ahora la circulación la torturaba. Entre jadeos involuntarios se retorció en el suelo con el dolor a tope, necesitaba seguir moviendo las piernas y hacer que la sangre circulara, de lo contrario sería peor.

Lentamente el dolor fue cediendo para permitirle recostarse por completo y suspirar. El silencio de la habitación era casi tan abrumador como la oscuridad que obligaba a los sentidos de Daniela a estimularse en una lucha por identificar el entorno. El sentido del oído de inmediato cobró la delantera. El lugar donde se encontraba parecía estar en absoluto silencio, y lo estuvo durante algunos segundos. Daniela hubiera preferido eso a lo que vino después.

El crujir de la madera le indicó dos cosas importantes: el piso tenía tablas sueltas y había alguien compartiendo el lugar con ella. Ladeó despacio la cabeza, esforzando al máximo su vista en un vago intento de distinguir cualquier cosa. La negrura que la envolvía era impenetrable y aun así, de alguna manera, una silueta logró cobrar forma a unos metros de ella. Mecía la cabeza en un vaivén constante mientras comenzaba su andanza con pasos tortuosos en su dirección.

Aunque no podía ver más allá de su figura, Daniela estuvo segura de que se estaba burlando. Lo sentía en la médula, metiéndose tan profundo como el miedo que la invadió. La silueta dio un paso al frente y ladeó la cabeza de tal manera que terminó pegada a su cuerpo en un ángulo antinatural, como si su cuello se hubiese fracturado y las vértebras emergieran por la piel. Tras dar otro paso, el crujido de sus huesos cortó el silencio.

Daniela se mordió los labios al mismo tiempo que apoyaba ambas manos en el piso e intentó desesperadamente ponerse de pie, fue inútil. Las piernas no le respondían. Devolvió la mirada hacia la silueta comenzando a arrastrarse hacia atrás con desesperación, se acercaba cada vez más hacia ella y de pronto, la silueta desapareció.

Daniela contuvo la respiración y observó tan lejos como pudo sin distinguir nada. En un parpadeo la silueta se lanzó desde las sombras sobre la joven indefensa, tenía el hocico abierto y un puñado de afilados dientes embadurnados de sangre apuntando hacia el frente mientras Daniela, sumergida en un mar de gritos, intentaba alejarse. La silueta se montón sobre el cuerpo de la joven de un salto colocándole los pies sobre el pecho e impidiendo que pudiera seguir avanzando, solo para después lanzarle una mordida y desvanecerse con un soplido antes de tocarla.

Iba a vomitar, ya no podía soportarlo. Se volteó hacia la derecha y entre arcadas su cuerpo se quejó ante el agobio absoluto. Daniela se hizo hacia atrás, recargó la cabeza en lo que pensó era una especie de cojín enorme y cerró los ojos. Empezó a sentirse cansada, ajena a sí misma; lo último que supo fue que alguien había pronunciado su nombre entre susurros.



Kim Pantaleón

Editado: 08.08.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar