Endevor y El Dragón

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Capítulo IV

El Báculo seguía frente a mí, dejándome ver imágenes de la poderosa magia que Maximiliam había empleado en este, para así poder corromperlo, sin embargo, si Maximiliam no ofrece una magia igual o mayor a la que posee, esta magia terminaría por consumirlo del todo. Yo estaba echado en un prado solitario, rodeado de pasto alto y esponjoso; la noche era algo fría gracias a los verdes campos. El Báculo metió en mi cabeza unas imágenes de un pueblo a dos días de mi posición, también quería que lo usara para fabricar una espada la cual me ayudaría a derrotar a Maximiliam y recuperar a Pyro y a Helenia.
            — ¿A ella también? —pregunté.
El Báculo había sido utilizado para asesinarla, así que el capturo su esencia y alama, por lo tanto, necesitaba el cuerpo de mi esposa para poder regresarla a la vida y un poderoso hechizo que solo podía aprender en la Montañas Heladas del Norte.
            Me puse de pie y tomé el Báculo para dirigirme a dicho pueblo; tenía que viajar al este por dos días enteros y al amanecer o en este caso, al anochecer, podría ver a lo lejos el pueblo. Mi mente solo pensaba en esa horrible imagen de Helenia siendo atravesada por el Báculo, causándole una muerte dolorosa, podía sentir su dolor, su impotencia al haber sido víctima de su magia y posteriormente asesinada. Todo eso me lo proporcionaba el Báculo.

 

            Las noches se hacían frías cada vez que avanzaba, el invierno se hacía presente, por fortuna a lo lejos alcance a divisar el pueblo del que el Báculo me hablo. Los dos días pasaron y no tuve comida ni agua en ese camino, no me detuve a descansar ni un poco. Entré al pueblo por las puertas principales, me dieron la bienvenida y me llevaron ante el líder de dicho pueblo, me sentaron en la entrada hasta que el líder me diera el paso. Me sentía cada vez más cansado, sin ánimos, sin fuerzas para continuar, sin embargo, el alma de mi esposa me daba fuerzas para continuar, sentía su hermosa y cálida presencia en mi mano derecha, también sentía como poco a poco entraba en mí ser y me abrazaba. Sabía que no estaba completamente solo en esta cruzada peligrosa a la que me enfrentaba.
            Por fin el líder abrió la puerta y me ayudó a entrar; dicho hombre era alto, fuerte y bastante bronceado, el sol del este era más poderoso durante el verano, así que los habitantes de estas regiones eran más bronceados que el resto.
            —Siéntate aquí amigo, te traeré agua y comida, debes estar hambriento —dijo el hombre.
La mesa a la que me había sentado está hecha de una madera muy antigua, de árboles muy antiguos de los Primeros Bosques Blancos de los Elfos, antes de su guerra con los Enanos y los Hombres del sur. La habitación era la sala principal de su casa y había varios muebles en los que descansaban libros, gruesos y la mayoría eran sobre magia y hechicería, también sobre viejas leyendas de antiguos guerreros que salvaron el mundo en algunas ocasiones. En alguno de esos libro, mi padre se escondía entre as letras.
            —Tienes un Báculo bastante intuitivo —dijo el hombre con un cuenco en una mano y una jarra de agua en la otra—. Durante uno de mis sueños hace una noche, me visito, me advirtió de tu llegada y de lo acontecido en tu pueblo.
            — ¿A sí? —pregunté sorprendido—. Eso no lo sabía.
El hombre me entrego la comida y el agua y sin decir nada me dispuse a comer. Al terminar me recargue en el respaldo de la silla y miré el Báculo.
            —Muchas gracias —dije poniéndome de pie al entregar el cuenco y la jarra.
            —Es un placer ayudar a un mago como tú —dijo.
            — ¿Cómo yo? Parece que me conoces —dije.
            —No como yo quisiera, pero escuchamos de tus acciones de hace veinte años. El cómo derrotaste a un dragón que mató a tu padre y tú lo convertiste en huevo y posteriormente tu hijo —respondió. Los rumores de mis hazañas no eran solo rumores, se habían hecho cuentos, historias que al parecer viajaron por todos lados.
            —Si bueno, no podía dejar a un huevo indefenso caer en malas manos —dije—, pero ahora está en manos de un imbécil que asesino a mi esposa.
            —Siento mucho lo de tu esposa —dijo ya conmigo a la mesa.
Él se sentó del otro lado de la mesa y puso ambos brazos sobre la mesa. Me miraba fijamente, buscando algo, algún indicio de mentira o algo que hiciera mal.
            —Perdona que lo pregunte así como así, pero, ¿tienen herrero? Necesito forjar una espada con el báculo, es importante.
            —Lo estás viendo —dijo—. Yo forje ese báculo y forje cientos de armas que se leen en las leyendas por todo el Reino Blanco.
Nuestro reino, el Reino Blanco era el reinado más grande y poderoso del mundo, también tiene sus leyendas y muchas otras cosas más. También se dice algo de un Zorro-demonio que salvó una tierras; Las Tierras Encantadas para ser preciso.
            —En ese caso no hay tiempo que perder —dije—. Después tengo que partir a las Montañas Nevadas del Norte.
            —Intentaras aprender el Hechizo de la Vida —dijo el hombre poniéndose de pie—. Acompáñame, te llevare a mi fragua.
Lo seguí rumbo hacia su fragua. Salimos de la casa y la rodeamos. Detrás había un enorme edificio con un yunque ya bastante viejo, calderas, un pozo con agua cristalina y otro con lava y un hechizo que evitaba se enfriara e irradiara calor extremo. Dentro de todo esto, detrás de los instrumentos, una casa de piedra se escondía al bajar por unas escaleras, dentro un montón de espadas y armas que jamás había visto en mi vida.
            —Nosotros, el Pueblo de la Herrería sobrevivimos de esto —dijo—, además de los cultivos masivos que manejamos y el ganado.
            —Ya veo. Esto es muy impresionante —dije.
            —Pon tu Báculo en el horno —pidió.
El horno era de piedra, una llama poderosa ardía desde su interior y donde lo tenía que colocar era una especie de recipiente donde los metales se fundían.
            —Las enormes propiedades mágicas que el Báculo posee no se perderán de hecho se multiplicaran al tomar otra forma y ser manejada por mi martillo.
Sostenía un martillo que emitía brillo, una cálida luz que apneas y se dejaba mirar.
            —Con permiso, el metal está listo —sacó el recipiente con unas pinzas, luego vertió el metal fundido en un molde y espero a que este se enfriara. El metal tomo la forma de la espada y la llevo a otra parte. Primero la metió en la lava por un instante y así mismo la comenzó a moldear en el yunque, la golpeaba y cada vez, chispas rojas saltaban, también la espada comenzaba a tomar un brillo similar al del martillo. Al terminar la metió en el agua liberando mucho vapor, después fue a una piedra que giraba con ayuda de magia y la afilo tanto que al dar un corte en una piedra esta se cortó en dos.
            —Está lista, solo debo ponerle una empuñadura —dijo y entre todas sus cosas apareció una—. Yo suelo hacer un hechizo de vínculo a la persona para la que un arma es forjada. Ahora pon tu mano derecha sobre la empuñadura y la izquierda sobre la hoja. Así lo hice y un círculo mágico color azul apareció sobre la espada. El Herrero hablaba en Élfico mientras tenía sus manos extendidas sobre la espada—. Ahora la espada es tuya, solo tú podrás empuñarla. Antes de morir, debes ceder la espada o el hechizo se encargara de dejarla petrificada por el resto de la eternidad.
            —Entiendo y muchas gracias, de verdad muchas gracias —dije.
            —Siempre es un placer ayudar a alguien a salvar el mundo —dijo—. Solo no me olvides cuando consigas lo que buscas.
            —Por supuesto que no lo hare —dije—. Dime tu nombre.
            —Me llamo Arthur, El Herrero de Fuego.



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En el texto hay: hechiceria, peleas, dragones

Editado: 29.12.2019

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