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Capítulo 4

Amy

Entrecierro los ojos y me fijo en que el cuadro haya quedado perfectamente alineado, no hay nada peor que un cuadro torcido, dice papá. Eso siempre me hace reír. Bajo las escalerillas y voy por el siguiente cuadro. No hago parte del personal que da recorridos, mucho menos atiendo clientes, porque soy demasiado joven; diecinueve años resulta ser muy poco para tener el conocimiento y experiencia necesaria para guiar a las personas a encontrar lo que quieren y desean. Mi gusto en pinturas no es importante, a pesar de que llevo desde los once años estudiando a los pintores más importantes del renacimiento, comenzando con Caravaggio y su descarado naturalismo. Mi época preferida.

Me enamoré de la pintura cuando papá nos llevó a Paris, a todos, a unas reales vacaciones de verano cuando mamá estaba recién embarazada de Jule y tío Adam la despidió de su trabajo; tenía unos cuatro meses. Christian había terminado la escuela y saltaba por toda la casa porque iría a la universidad. Al fin. Así que ese viaje fue nuestro regalo de cumpleaños. Recuerdo haberme quedado parada como una estatua admirando a una mujer pintar en una calle llena de artistas, pero ella se veía tan mágica y maravillosa para mí a esa edad que no me pude mover por un largo rato, tanto que me perdieron. Christian y Jake me encontraron, pero fue Christi quien se quedó allí conmigo por horas, sólo admirando a la mujer trabajar. Papá compró el cuadro para mí y, desde ese día, mi vida transcurrió alrededor de la pintura.

Ahora me doy cuenta de lo sumamente importante que ha sido Christian en mi vida, todas esas veces que ha estado para mí, y todos esos momentos especiales que he vivido gracias a él. Era capaz de dejar lo que sea si yo lo llamaba, no importaba qué.

Ahora ha hecho que sea consciente de él y no me lo puedo sacar de la cabeza, mucho menos su calor de mi cuerpo.

—Odio a Chelsea —gruñe Olivia, bajo las escaleras y miro hacia la mejor vendedora de la galería—. “Si compra un cuadro, le encimamos una loca noche de sexo”.

Rio por su imitación nasal de Chelsea. Olivia es una chica graciosa y encantadora, le encanta divertirse y vivir la vida. Eso me hizo admirarla mucho, aunque casi tanto como a tía Paula con toda su belleza femenina, su lengua viperina y su independencia. Pero Olivia nos es ni de cerca de avasalladora como tía Paula. Le agradecí que me llevara a divertir para iniciar mi cumpleaños, y le creí cuando me dijo que ella jamás haría algo para lastimarme, o para permitir que alguien me daño.

Vuelvo a tomar otro cuadro y estudio cuál sería su mejor ubicación. Es una perfecta imitación de “El Cristo Amarillo” de Gauguin. Creo que mi jefa moriría si le digo que papá tiene un Gauguin original en casa que nunca exhibe porque mamá, por alguna extraña e incompresible razón, lo detesta.

—¿Tu hermano ya se fue? —pregunta, ruedo los ojos.

Todos los días pregunta lo mismo y me recuerda lo mucho que mi hermano debe estar odiándola por haber permitido que un sujeto cualquiera me drogara. Esa noche estaba lo suficientemente alcoholizada como para percatarme de eso y agradezco que Christian haya llegado o estaría en graves problemas.

—No —murmuro, y me alejo de ella para que no siga con las mismas alucinaciones alrededor de él.

Mi querido hermano mayor que, aunque es cierto que no se ha ido, no lo he visto estos últimos cuatro días. Al levantarme él se ha ido, dejando su aroma almizclado y mentolado en mi cama y en mi cuerpo, como si lo estuviera marcando poco a poco, y detesto bañarme; y cuando regreso por la noche, no está. Hace dos noches desperté para sentirlo abrazarme conmigo sobre él, mis labios cosquilleaban, pero acarició mi cabello con esa paciencia que siempre me ha tenido y logró que me durmiera otra vez.

Claudia Arteaga, la administradora de la galería, nos llama a todos para hablar de la próxima exhibición que está planeando para final de mes. Una recaudación de fondos para una obra de caridad que organiza el dueño de este lugar para un orfanato y traerá unos fantásticos Paul Klee que serán prestados desde museos y coleccionistas privados, para así llamar la atención hacia algunos nuevos artistas que estamos promocionando y que son geniales.

Si hubiera regresado a casa este verano me estaría perdiendo de algo increíble como esto. Amo a mamá y a mis hermanitos, pero ¿esto? Este lugar es el cielo para mí y no me importa que me pongan sólo trabajos de acomodar cuadros, limpiarlos y repartir bebidas a los potenciales clientes.

Cuando la señorita Arteaga termina de impartir trabajos, yo acomodando sillas y haciendo pedidos de champán, nos despide a todos para seguir nuestros alucinantes trabajos. Aquí trabajamos ocho personas, la jefa, su secretaria, cuatro consultores, la señora de la limpieza y yo, que también limpio.



Marcia Cabrero (Skinny Heart)

Editado: 04.11.2019

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