Entre el amor y el temor

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Capítulo 11

La cabeza me da miles de vueltas, me siento como la peor basura del mundo.

¿Cómo es posible que esa mujer me haya orillado a caer tan bajo? Sí, lo sé, pero no lo logro procesar porque a la verdad, independientemente de que haga esta aberración por los niños que Idara y Paolo planean dejar sin ayuda y sobretodo, por costear los gastos de mi padre y cuidar a Alberti, me siento como el ser humano más miserable.

Recuesto mi cabeza en el escritorio de mi padre y alboroto mi cabello con ira porque me siento sucia, podrida y maldita.

Quiero correr y decirle a alguien lo que me sucede, pero no tengo a nadie. Mi madre no puede ayudarme y si le cuento todo, terminaré enfermándola. Con Alberti no cuento para que me dé consuelo ya que lo único que lograré es que Idara rompa nuestro trato y que él me odie.

Golpeo con mi mano la mesa por la ira, la impotencia y el miedo.

¿Por qué ésa malvada bruja me chantajeó con que si le decía una sola palabra a Mosconi de una o de otra forma le haría daño y que le hablaría de mis orígenes?

¡Maldición! ¿No le bastó acaso con sus otras demandas?

Muerdo mi labio con impotencia y levanto mi cabeza para mirar la hoja de vida del chico que escogí por el estúpido trato con Idara. Me da vergüenza con el tal Fabio Sabatini, pero Idara no dice las cosas porque sí y conociendo los alcances de su maldad, sé que no le temblaría la mano para dañar a Mosconi y menos, para hablar acerca de mi pasado. Al final todo se resume en Fabio Sabatini o Alberti y yo; no dudé ni dudaré en a quien salvar.

―Steph ―dice Adrienna mientras entra repentinamente al estudio―, ¿qué haces? Parece que tienes los ojos enrojecidos. ¿Estabas llorando? ¿Es por papá?

―No estoy haciendo nada y no te preocupes ―contesto mientas escondo los papeles con la información de Fabio en uno de los cajones―, es una pequeña alergia.

Rápidamente, finjo que me inclino con el objetivo tirar unos papeles arrugados en la papelera que está debajo de la mesa para arreglar mi cabello y limpiarme la cara.

Tal vez en este mismo instante no esté llorando, pero no hace ni veinte minutos que lo hice. Aunque si soy sincera, estos días han sido de llantos ahogados cada vez que pienso en mi padre y en que Mosconi se enterará de mis primeros años de vida. Cada vez que reparo en lo último, es cuando más lloro porque con él he compartido muchas cosas, más nunca he sido lo suficientemente fuerte para decirle aquello pues temo su rechazo. Me he repetido mil veces que él es como su madre y no me mirará por encima del hombro, pero ¿si me equivoco y lo pierdo para siempre?

―¿Estás lista para ir a visitar a papá, Adrie? ―Le pregunto con una sonrisa, desviando mis pensamientos negativos.

―Sí, pero, ¿estás segura que estás bien?

Asiento y me levanto de la silla, tomo su mano y la apresuro a salir pues no quiero ningún interrogatorio de su parte ya que no estoy en las condiciones mentales para negar algo por mucho tiempo.

Cuando hemos salido de la casa, saludamos a Lucas y subimos con él al automóvil.

Una vez que el vehículo está en marcha, llevo mi vista a la ventana para ver el paisaje, las personas y los distintos sitios que dejamos atrás ya que esto siempre me ha provocado un extraño sentimiento de tranquilidad.

―¿Me ayudarás a convencer a mamá de que es malo para ella estar tanto tiempo en el hospital? ―Me pregunta Adrienna y volteo a verla―. ¡No me veas así! ―Chilla pues es obvio que recuerda lo irónico de que me pida esto ahora―. Sé que al principio me oponía a que ambas nos separáramos de papá, pero es que ella no se ve bien.

―Haré el intento ―respondo acariciando las puntas de sus cabellos negros―. No aseguro resultados, pero me esforzaré.

 Ella asiente y me dispongo a pensar en qué decirle a mi madre pues sólo en una ocasión he logrado que regrese a casa descansar apropiadamente. Ella es terca y me preocupa que siga con su intransigencia y no duerma lo que es recomendable y se hunda en la tristeza.

―A todo esto, tú también ayúdame. Adrienna, promete que ni siquiera volverás a pensar lo que me expusiste ayer ―digo y ella abre la boca para refutarme, pero yo levanto mi mano para callarla―. Tu trabajo es seguir con tus estudios. No puedes dejar de estudiar para cuidar a mi papá y que así nuestra madre se sienta segura. Papá no querría eso ¿Entiendes? Aunque no nos guste, no podemos hacer nada. Debemos limitarnos a estar en casa y visitarlo todos los días por un par de horas cuando salgamos de clases. Las enfermeras son las encargadas de cuidar a papá y lo harán bien.

―De acuerdo, Stephanie, como tú digas.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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