Entre el amor y el temor

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Capítulo 15

Reviso el reloj de pared para asegurarme de que aún tengo un par de minutos antes de que Fabio venga por mí a la casa para que salgamos juntos. Y, al observar que restan diez minutos de la hora acordada, bajo rápidamente a la sala a despedirme de mi madre.

―Mamá, ya me voy ―expongo mientras le doy un beso en la mejilla―. Regresaré en una hora.

―Está bien, pero ten en cuenta que no me tienes contenta ―habla con esa seriedad que ha tenido conmigo desde que le hablé de mi relación con Fabio―. No me gusta ése chico. No obstante, guardo la esperanza en que abandonarás tu locura y recapacitarás.

Guardo silencio y niego con mi cabeza. Realmente, me estoy empezando a cansar de esto. Estoy hastiada de la semana que he bautizado como los días del enojo porque, ¿con qué otro nombre llamarlo cuando mi madre está enfadada por mi noviazgo, mi propia hermana no me habla por la misma razón y Alberti, también me ha sentenciado con la ley del hielo por mi comportamiento? Me lo merezco, sí. Aunque duele demasiado.

En estos instantes, no tengo deseos de contradecir a mi progenitora, pero analizando todo, supongo que debo optar por el papel de mujer enamorada y defender a mi novio para que ella no sospeche.

―Por favor, mamá, no utilices ese término porque no es adecuado y… sé que no sabes nada acerca de Fabio Sabatini y que para ti es una sorpresa el que te diga que es mi novio, pero te aseguro que es un buen muchacho. Todo es cuestión de tiempo y cuando menos lo pienses, te simpatizará.

―Pues no lo creo ―objeta acomodando su cabello negro―. ¿Qué clase de chico pide una relación seria de noviazgo cuando el padre de la novia está enfermo?

―Mamá, por favor.

Escucho sonar el timbre y maldigo en mis adentros. Me percato de que una de las muchachas de servicio va a abrir la puerta e intento marcharme, pero no lo hago al mirar que mi madre reprueba mi actuar. Por ello, inicio a rogar que este encuentro con Fabio, no termine de una forma que perjudique mi tarea.

―Buenos días, mi amor. ―Saluda Fabio y aunque me asquea que diga eso, me contengo y dejo que me dé un beso en el hombro―. Buenos días, señora Danielli, es un placer volver a verla. ―Toma la mano de mi madre y la besa―.  Me imagino que su hija ya le habrá informado de nuestra relación.

―Efectivamente ―contesta sin disimular su descontento―, aunque me hubiera encantado que pidieras permiso para estar con ella. Quizás no lo hayas pensado, pero mi hija no es cualquier mujer; otro hombre se habría presentado ante sus padres primero y haría las cosas como se deben.

No reconozco a mi madre. Niego, la veo con enfado e intento hablar.

―No me veas de esa forma ―reniega ella, interrumpiéndome―. Yo sólo estoy diciendo lo que pienso acerca de esto. Además, considero que un hombre educado y de principios, hubiera pedido permiso a los padres de la joven. Pero bien, eso es algo que un verdadero caballero como Alberti hubiera hecho.

Un silencio incómodo se extiende junto a una atmósfera densa que me hace querer taparme la cara con las manos como una niña o meter mi cabeza en la tierra como un avestruz por la vergüenza con Fabio. ¿Cómo se le ocurre a mamá decir algo así? Eso fue un golpe que nadie podría tolerar. Ya tenía suficiente con que mi novio haya especulado que Alberti me quería de otra forma y con esto… es como si mi madre expusiera a mi mejor amigo como su yerno ideal. ¿Qué le sucede? Porque una cosa es que ella lo quiera como a su hijo y otra, que llegue a este extremo.

―¡Es tarde! ―exclamo de una forma exagerada y sujetando a Fabio del brazo―. Mamá, regreso temprano. Adiós.

Huyo de la escena de forma estúpida y salgo con Fabio de casa a toda velocidad.

Una vez afuera, veo su automóvil y nos acercamos a donde está estacionado sin decir una sola palabra y es normal, porque yo estoy avergonzada y él está enfadado, se nota en cada una de las facciones de su rostro y a la verdad, no lo culpo. ¿De qué otra forma podría reaccionar? Sólo pido que no quiera terminar nuestra relación.

Suspiro y observo cómo Fabio se dirige a abrir la puerta de su vehículo y la extraña forma en la que se arrepiente y voltea verme con sus ojos cafés.

Ambos nos quedamos en silencio. No tengo idea de lo que pasa por la cabeza de Sabatini, pero por mi parte, pienso en darle una disculpa aunque aún no hallo la forma.

―Tenemos que hablar ―habla él repentinamente con voz gruesa y mostrando su enfado―, acerca de nosotros y de Alberti.

Reniego en mi mente y no disimulo mi fastidio al hacerme el cabello hacia atrás.

―Entiendo que quieras hablar acerca de nosotros, pero no comprendo por qué deberíamos conversar de Alberti. Él no tiene nada que ver en nuestra relación. Si es por lo que mi madre expuso, te pido disculpas y dejemos eso a un lado.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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