Entre el amor y el temor

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Capítulo 16

Siento un dolor punzante en mi cabeza y tengo la sensación de encontrarme en un remolino que hace girar mi cuerpo en círculos. Soy consciente de que esto último no puede ser cierto y es inverosímil, pero tampoco recuerdo a ciencia cierta lo que me ha ocurrido para sentirme de esta forma.

Trato de abrir mis ojos, pero no puedo. Los párpados me pesan demasiado y de un momento a otro, percibo una tierna caricia en mi rostro que me es maravillosa. A pesar de que no tengo ni la menor idea de quién lo está haciendo o si es producto de mi imaginación, lo único que sé es que me fascina sentir esos suaves dedos recorriendo mi rostro.

Me inundo más en ese toque y después de unos minutos, lo primero que se viene a la mente es su nombre: Alberti Mosconi, quien es el chico atractivo, raro y tierno que he conocido en mi vida y que a la vez es mi mejor amigo, mi confidente y…

«¡Estúpida!» Me grita mi consciencia y estoy de acuerdo porque, ¿en este momento pienso en Alberti? ¿En sus caricias y en su cariño después de haberme portado tan mal con él? Soy una completa tonta, él no se merecía que lo tratara de esa manera y mucho menos por algo tan tonto.

Dejo de sentir ese suave tique y trato de abrir mis ojos una vez más. En esta ocasión lo logro y me doy cuenta que estoy en un lugar desconocido.

Me levanto un poco y miro a los lados tratando de ubicarme ya que no recuerdo absolutamente nada. Lo único que sé es que estoy acostada en una cama grande y que me encuentro en un enorme cuarto el cual está arreglado a la perfección, con todas las cosas en perfecto orden y en donde además, resaltan los colores gris y beige. En frente de mí, hay un televisor enorme y una mesa de vidrio; a mí derecha, veo un hermoso librero lleno de libros de toda clase como literatura, historia, arte, ciencia, entre otros; a mi izquierda, un buró donde posan unos cuadros que se me hacen conocidos.

Me muevo un poco sobre la cama para tomar las fotografías entre mis manos y apreciarlas. En la primera imagen, la protagonista es de una hermosa mujer de ojos verdes y cabello negro. En la segunda, en cambio, se encuentran dos niños abrazados. El niño tiene una mirada de felicidad, posee unos hermosos ojos verdes y un cabello castaño precioso. La niña al igual que el chico se ve feliz, tiene ojos castaños oscuros y el cabello rubio. Simplemente, los dos se ven adorables y contentos, sólo que el chico parece algo tímido debido a un leve sonrojo en sus mejillas. 

Escucho un ruido, coloco las fotos en su sitio y dirijo mi atención hacia la puerta donde lentamente, entra el que para mí es el chico más atractivo del mundo con cierta preocupación en su rostro. En cuanto él me mira sentada en la cama, corre hacia mí y me encierra en un enorme abrazo.

―¡Stephanie! ¡Despertaste! ―exclama con alegría pero también con un tono nervioso―. Pensé que te había asesinado.

―¿Asesinado? ―Interrogo sorprendida―. ¿De qué hablas?

―Estuve a punto de asesinarte ―confiesa sin soltarme―. Había salido de la empresa, iba en mi auto cuando de repente miré que una mujer salió corriendo de la nada, frené en seguida y me bajé del carro para asegurarme que estaba bien. De inmediato, noté que la que estaba en el suelo eras tú y juro que casi muero de un infarto.

El abrazo de Alberti se intensifica, pero no le pongo atención ya que a mi mente viene una oleada de imágenes que me hacen recordar todo. Así, evoco que fue tal y como Mosconi explicó, que yo estaba cruzando la calle sin fijarme y un automóvil estaba a punto de atropellarme.

Quizá, debido al choque emocional, perdí el conocimiento.

―Princesa, pensé que te había asesinado. Yo…

―Alberti ―lo llamo interrumpiéndolo―, ¿qué estoy haciendo en tu casa? ¿Qué hago en tu habitación? ¿Por qué me trajiste aquí?

Él me suelta y me mira a los ojos.

―Especulé que no había pisado el freno a tiempo y te había impactado con el automóvil. Entonces, empecé a registrarte para…

―¿Registrarme? ¿Me tocaste?

Me sonrojo de inmediato ante la posibilidad de que hubiera tocado mi cuerpo. Inclusive, cuando me percato, me doy cuenta que estoy sosteniéndome mis senos.

―¡¿Qué?! ―Se sonroja y sale de la cama―.  ¡Por Dios! Stephanie yo no soy ningún pervertido. ¡¿Cómo se te ocurre decirme eso?! Jamás aprovecharía una situación así para tocarte. Soy un caballero.

Ahora soy yo la que se sonroja porque él tiene razón. ¿En qué estaba pensando?

―Discúlpame ―pido mientras bajo la mirada―, no era mi intención.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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