Entre el amor y el temor

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Capítulo 26

—Henry, por milésima ocasión, no debes sentirte culpable —escucho la voz de mi madre en tanto bajo las escaleras—. Compréndelo, no te despido por el accidente que te ocurrió a ti y a Giovanni.

En cuanto llego al primer piso, observo a mi madre sentada en el sofá de la sala hablando con Henry quien yace en una silla de ruedas.

—¡Buenos días! —Saludo acercándome a ellos y me dirijo a abrazar a Henry—. Me alegra saber que estás bien pero, ¿no deberías estar descansando? Tu pierna necesita reposo.  —Señalo el yeso que cubre su lesión y posterior, observo a su hija de cabellos castaños y ojos del mismo color, que es un par de años mayor que yo—. Sé que es testarudo, más no deberías dejarlo salir fácilmente.

—Lo siento, señorita, pero debía ofrecer disculpas por lo de su padre. Acepto la culpa y creo que es idóneo el que me despidan y no me den mi liquidación.

Niego y observo a mi mamá. Es obvio que a diferencia del resto del personal de la casa, no le ha explicado a Henry, que no estamos prescindiendo de sus servicios porque estemos enfadados con él sino por el problema económico que nos abate.

Sostengo la mano de Henry y trato de hacerlo entrar en razón, diciendo:

—No quiero que te sientas culpable. El accidente ni tú ni papá, desearon que ocurriese. Un accidente es algo que no es premeditado y que sólo ocurre. Tú has servido a la familia durante años y créeme, cuando te digo, que ni mi mamá ni Adrienna o yo, te guardamos rencor. —Mi celular suena y al imaginarme que es un mensaje de Alberti, agrego—: Tengo que irme, pero te lo repito, no quisiéramos que dejaras de trabajar con nosotros. Sin embargo, hay razones de peso para ello. Mi mamá te explicará la situación. Acepta, por favor, tu liquidación. Pronto, iré a visitarte.

Le brindo una sonrisa, esperando haberlo convencido un poco. Me acerco a mi madre para despedirme con un beso de ella. A continuación, con un leve movimiento de la mano, salgo lo más rápido que puedo de la casa con el objetivo de esperar a Alberti quien me prometió venir a traerme para irnos juntos a la universidad.

Mientras leo el mensaje de mi novio con el cual me informa que estará en mi casa dentro de cinco minutos, una mano que es colocada en mi hombro, me asusta.

—Buenos días, Steph —habla Adrienna con una galleta en su mano—. ¿Te asusté?

—¿Tú que crees? ¿De dónde saliste? ¿No vas tarde a la escuela?

—Salí por la parte trasera de la casa, de la cocina y sí, voy tarde, pero es que me quedé dormida. —Ríe—. Y me marcho antes de que venga Alberti. No sería bueno que me viera sin uniforme porque, ¿qué inventamos para salir del problema? —La sonrisa se borra de su rostro—. Steph, no me gusta mentirle.

—A mí tampoco. No obstante, debemos hacerlo. Es tal y como tú dijiste. —Suspiro y aprieto mi bolso—. Sólo pensemos que dentro de unos días, ya no le mentiremos. Hemos seguido casi todo el plan que nos propusimos. Lo único que falta es mudarnos a otro sitio con el dinero que obtengamos de la venta de la mansión y cuando eso suceda, yo misma le diré la verdad.

Mi hermana aparta el rostro y se muerde los labios. Percibo la duda en ella y casi puedo adivinar lo que está a punto de decir.

—Respecto a lo de la venta, ¿crees que Idara tenga relación en que nadie desee comprar la casa a un precio justo?

Esta vez, me molesta haber acertado en el blanco ya que no tengo idea de cómo responderle a Adrienna y quedo en silencio. Una parte de mí, desea decirle que no es verdad y que probablemente, sea un asunto de bienes raíces, pero no estoy segura. Si Idara ya hizo un movimiento sagaz al también despojarnos de nuestras acciones en Danielli SRL, no me sorprendería que también fastidiara nuestra oportunidad para terminar de liquidar a nuestros trabajadores y seguir pagando la estancia médica de mi padre.

—Esperemos que no sea eso, Adrienna.

Ella asiente y al estar a punto de dar un paso adelante, miro aquello que temíamos y de inmediato, me quejo.

—¿Qué pasa? —Pregunta mi hermana mirándome fijamente.

—Es Alberti, ya vino por mí.

—¿Qué? Pero ese no es el… ¡Diablos! ¿Ese es su nuevo automóvil?

Mi hermana da media vuelta para volver a casa, pero yo tiro de su bolso.

—No puedes entrar. ¿Crees que es tonto? De seguro ya te vio. Ahora sólo nos queda sacar algo de la manga.

Adrienna refunfuña, pero se detiene. En cuestión de segundos, Alberti estaciona su vehículo lujoso de color rojo frente a nosotras.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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