Entre el amor y el temor

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Capítulo 29

Me cambio el uniforme lo más rápido que puedo en tanto reviso mi celular por milésima vez con la esperanza de tener algún mensaje o llamada de Alberti. No obstante, no hay nada y, con el dolor que he llevado conmigo desde el día de ayer, termino mi turno y me dirijo a una de las mesas de la cafetería en la cual me espera Enrico.

Rápidamente, me siento frente a él y aunque sé que me presentaré como una maleducada, la desesperación hace que omita los usuales saludos.

―¿Has visto a Alberti? ¿Está bien? ―Pregunto con verborrea―. Hoy se me acabó el crédito del celular que mi padre había pagado, pero antes le dejé como cien mensajes en Messenger y unos doscientos en WhatsApp, pero ni siquiera los leyó. También lo llamé unas trecientas veces por los mismos medios sociales, a su celular y a su casa, pero no me responde. Por si fuera poco, ayer y hoy lo fui a buscar a su mansión, pero no me permitieron entrar. Por favor, dime que tú si lo has visto y que él está bien.

―¿Por qué no te calmas primero? ―dice y desliza un vaso con agua frente a mí, invitándome a que beba y yo lo hago, porque lo necesito―. Me sorprendes. ¿Realmente hiciste todo eso? ―Asiento y lo miro a los ojos―. Por lo que veo, no estás tranquila. ¿Cómo es que has logrado trabajar en este estado?

―Por necesidad ―respondo bajando un poco mi cabeza―. Necesito el dinero para mantener los gastos de mi familia. No estoy en condiciones de encerrarme en mi cuarto y llorar a gusto porque debo buscar el pan de cada día. Además ―digo con la voz quebrada por completo―, creo que soy buena actuando.

―Y no tienes idea de lo claro que me ha quedado lo excelente actriz que eres. ¿No has pensado en buscar trabajo en alguna telenovela?

Las palabras de Enrico me lastiman y el deseo de llorar vuelve a mí. Mi vista se empieza a nublar y llevo mis manos a mis ojos para limpiar las lágrimas.

―Lo siento ―declara él con un tono de arrepentimiento―. No quería sonar grosero, pero es que me molesta todo lo que le omitiste a Alberti. Perdón, a veces soy un poco hiriente. La verdad es que la mitad del tiempo soy un idiota.

Me río por lo bajo y él me ve sorprendido.

―Alberti ya me había dicho eso de ti. ―Levanto la mirada― Y, te juro que yo nunca quise hacerle daño. La mitad de las cosas que dijo Fabio, son una total mentira.

Él me observa y prueba su café.

―Lo sé ―dictamina soltando un suspiro―. Hoy me encontré con tu amiga Janet y me dio la versión corta del problema.

Una lágrima se corre por mi mejilla y la limpio en tanto recuerdo, que por fin les declaré a Janet y Ava mi situación.

Siendo franca, no fue fácil, pero ellas se merecían una explicación tras el escándalo que armó Fabio. No podía con la probabilidad de perderlas con mis mentiras a como creo que perdí a mi príncipe. Por ello, luego de que Alberti se fue del club y después de que lloré como una hora en la cancha de tenis, les conté mis problemas. Lo único de lo que no les hablé fue del inicio de todo, del comienzo del odio de Idara, pero porque quiero que el primero que lo sepa sea Alberti y nadie más.

―¿Creíste mi versión?

―Sí, más no voy a decir que por eso la creí en totalidad. La verdadera razón es porque no me pareces del tipo de mujer que va por la cuenta bancaria de un hombre. Yo no soy de una familia tan rica como Alberti o tú. ―Toma una pausa para rectificar―. O más bien, como eras tú, pero el punto es que mi padre tiene una empresa en Italia dedicada a la farmacéutica. Por tal razón, cuento con una vida holgada y de lujo y por eso mismo, puedo reconocer a kilómetros, a una mujer interesada.

―Pues, gracias por creerme.

Bebo un poco más de agua en tanto veo a la nada, deseando en lo profundo de mi corazón que Alberti me crea. Mi parte de ensueño dice que hay una posibilidad porque después de todo, si un completo desconocido me ha creído, ¿cómo podría no hacerlo el chico que me conoce desde los siete años y que hasta hace dos días me juraba amor? Sin embargo, sé que la situación es difícil ya que por culpa de mi estupidez y mis miedos de no decir la verdad, Alberti se hizo la peor idea acerca de mí. Me duele concebir el simple pensamiento, de qué el piense que el amor que le profesé era mentira y que soy una especie de prostituta.

―No te preocupes, él te va a creer ―comenta Enrico dejándome aturdida―. Respondiendo a tu pregunta, por la cual me citaste aquí, no he visto a Alberti. Tú sabes que fui tras él cuando se marchó luego del incidente con tu ex, pero no me permitió entrar a su casa. Al igual que tú, he tratado de llamarlo, más ha sido en vano. Pese a ello, estoy seguro que está bien. Pienso que quizá está enfadado y quiere tomarse un tiempo a solas para pensar.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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