Entre el amor y el temor

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Capítulo 31

Mi bolso negro que sostenía sobre mi hombro derecho, cae al piso debido a la impresión. El sentir la mano de Alberti en mi muñeca izquierda es lo que también produce que el tiempo se congele.

Despacio, volteo mi rostro hacia él y al observar sus cándidos ojos verdes, me quedo sin aliento y mis músculos se tensan. Lo siguiente que percibo es un pequeño jalón de su parte y a continuación, que caigo sobre él en la cama.

Coloco mis manos sobre su pecho sorprendida y lo primero que se me viene a la mente es que o es un broma o, él es bipolar. Sin embargo, esas hipótesis no valen nada cuando Alberti lleva una de sus manos a mi cintura y la otra la sitúa sobre mi cabeza.

Quizás parezca estúpida, pero siento que no hay necesidad de palabras entre nosotros. Este mi Alberti, el chico precioso y tierno del que me enamoré, él ha regresado a mí.

Lloro con fuerza. Me abro a la oportunidad de llorar todo lo que puedo sin restricción. Ya no me contengo como tantas otras ocasiones en mi casa sino que lloro y grito como nunca. Mis sentimientos se desbordan en tanto él me brinda ese cariño que sé es sólo mío y que nunca se lo dará a nadie más.

―Alberti… Alberti…

No puedo decir otra palabra. Me limito a apretar su camisa con fuerza y continuar llorando sobre él mientras acaricia mis cabellos rubios con su mano. Pero llega un momento en el que me quedo sin voz para gritar, por lo que sólo disfruto del momento mientras tiemblo como una niña sobre Alberti.

A diferencia de antes, amo este silencio. No comprendo el rotundo cambio de Alberti, pero no me interesa. Lo único que me importa es saber que mi príncipe me ha creído y perdonado.

―Gracias por perdonarme ―digo con voz apagada―. Te amo mucho Alberti.

Él hace mi cabello a un lado y con ternura y pasividad, levanta mi rostro que estaba escondido en su cuello para que nos miremos a los ojos.

―Yo también te amo, princesa ―responde acariciando mi mejilla a la vez que limpia mis lágrimas―. Y no seas olvidadiza, si hay alguien a quien se debe perdonar, es a mí. Recuerda, no importa lo que me hagas, yo siempre te voy a perdonar.

Niego fervientemente y dejo escapar un par de lágrimas sobre su rostro.

―Eso no es cierto, yo fui la que te lastimó y…

Alberti me da un tierno beso en la frente y cuando tomamos un poco de distancia, noto que sus ojos se están llenando de lágrimas. Él nota mi sorpresa y atrae mi cabeza para que la coloque en su cuello.

―Perdóname por haber tomado distancia estos tres días y por haberte tratado con tanta frialdad hace unos minutos, pero es que… ―Su voz se quiebra y se aferra a mí con fuerza―. Era necesario para ambos.

―Lo entiendo, o al menos, lo primero ―comento y le doy un beso en el cuello―. Tú necesitabas pensar. Lo que querías era pensar las cosas con calma.

―Sí, ¿cómo sabes eso?

―Enrico me lo dijo. Hace unos días lo cité para preguntarle si tenía noticias de ti y me explicó que existía la probabilidad de que sólo quisieras pensar y que quizá, te contactarías conmigo en tres días. ―Sonrío al recordar aquello aunque no pienso exponerle a Alberti las otras cosas que Enrico me contó―. Eso me dio esperanzas aunque también tenía mucho miedo. Pensé que él se había equivocado.

―No habló acerca de nada vergonzoso, ¿verdad? ―cuestiona preocupado.

―No, al menos para mí, no ―Tomo una pausa y me muevo un poco para besarlo cerca de la oreja―. No tienes idea de cuánto agradezco de que él haya acertado. Me alegra saber que tu enfado contra mí, lo olvidaste.

Hay otro silencio entre ambos. Alberti acaricia un mechón de mi cabello y siento que traga grueso.

―Yo no estaba enojado contigo. Yo nunca me enojaría contra ti ―confiesa sorprendiéndome y añade―: Si tomé distancia era porque estaba enfadado conmigo mismo. Mi ira era por haber sido tan estúpido. Me sentí como el peor de los novios y amigo por no haberme dado cuenta de lo que te estaba sucediendo. Fui demasiado negligente. Te vi tantas veces triste y nunca te pregunté si había otra razón aparte de la situación con tu padre que te estaba dañando. Soy un verdadero idiota. Incluso, cuando Enrico y yo te encontramos trabajando como mesera en esa cafetería, me engañé solo al inventar una excusa barata.

―No tienes por qué sentirte culpable. Yo fui quien debió decirte la verdad.

―Sí, pero yo también tuve la culpa. Además, eso se aplica únicamente a ese caso porque tú no tienes relación en que yo… Por un segundo, creí que lo que dijo Fabio acerca de que estabas conmigo por interés, era cierto ―anuncia con tristeza y eso hace que me quede sin respiración―. Perdóname, mi amor. Jamás quise dudar de ti. Sin embargo, con toda la información que recibí de golpe y el hecho de que cuando te pedí que te defendieras no lo hiciste sino que…



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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