Entre el amor y el temor

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Capítulo 3

Me duele la cabeza, me siento mareada y lo peor es que no recuerdo nada desde que me subí al auto con Alberti. Quiero abrir los ojos pero me pesan; logro hacer un esfuerzo, los abro y veo a un hombre alto de ojos azules, tez blanca y cabello rubio que es mi padre junto a mi delicada madre.

Llevo mi vista a recorrer la que reconozco como mi habitación y vislumbro en el sofá a mi adolescente hermana sentada frente al médico de la familia y a Alberti.

Trato de levantarme de inmediato ya que no quiero que se preocupen por mí, pero mi padre se apresura y me detiene.

—Stephanie, no intentes levantarte, necesitas descansar.

—Papá, estoy bien. —Lo contradigo y mis ojos castaños oscuros miran al especialista—. ¿Verdad, doctor Bostick?

—En efecto —contesta acercándose a mí—. Stephanie, está bien. Sin embargo, tiene que descansar. Las luxaciones que tuvo en su tobillo y brazo derecho no son un juego y pudo haber llegado a convertirse en una fractura muy grave. Por fortuna, Alberti supo qué hacer. —Le dirige una sonrisa a mi amigo y luego sus ojos negros se posan en mí—. Por cierto, te apliqué una inyección para el dolor. Pueda que te sientas algo mareada, así que mientras tanto, tienes que estar en completo reposo.

—Está bien, gracias doctor.

—De nada, será mejor que me vaya pues creo que ustedes tienen que hablar.

—Adiós, Richard —dice mi padre cordial.

Una alarma mental suena en mi mente. Antes de dormirme en el automóvil, estaba pensando en mi respuesta y admito que se me ocurrió una muy buena. No obstante, una cosa es concebir la mentira y otra, hacer que esa falacia sea lo suficientemente fuerte como para ser creíble. Claro que también, debo de contar con que Alberti me sea tan fiel como siempre y que no se le haya ocurrido decir algo.

—Jovencita, tenemos que hablar. ¿Qué sucedió? —Pregunta mi padre para iniciar con el interrogatorio con un tono lleno de enojo—. Alberti no nos ha querido decir nada.

—Disculpe, señor Danielli, pero creo haberle dicho que es un asunto que su hija debe hablar directamente con usted.

Festejo en mis pensamientos ya que lo dicho por Alberti me brinda una buena noticia ya que ha mantenido sus labios cerrados. En definitiva, él es mi apoyo incondicional.

—Hija, por favor. ¿Qué fue lo que te sucedió? — Expresa mi madre con preocupación en su voz y en sus ojos que son del mismo color que los míos.

—Sí, habla acerca de lo que te ocurrió. —Señala mi hermana de forma dramática—. Nos preocupamos mucho cuando vimos a Alberti contigo en brazos.

—Tranquilos —indico y hago un leve movimiento de manos—. Adrienna, por favor, no agregues dramatismo al asunto. Les explicaré lo que pasó.

—Eso estamos esperando —indica papá aún más exaltado—. Dilo de una vez.

Suelto un gran suspiro para prepararme para calmar los ánimos y una vez lista, inicio a exponer con la mayor tranquilidad que puedo aparentar:

—Como ustedes saben, salí a un antro con las chicas a divertirme. —Doy énfasis con sarcasmo a la palabra «divertirme» porque obviamente no lo fue o al menos, no para mí—. Me sentí un poco mal, con algo de mareo y creo que fue producto de los altos decibeles a los que fui sometida debido a la música extremadamente ruidosa. Así que decidí irme, me despedí de las chicas y salí del lugar. Henry, se tuvo que estacionar a tres cuadras del sitio ya que no encontró un lugar donde estacionarse, por lo que cuando salí del antro, me dirigí hasta donde estaba el auto para regresar y…

—Hija, pero ¿por qué no llamaste a Henry para que fuera por ti? —Puntea mi madre entre inquieta y enojada.

—Pues porque como te dije madre, el auto estaba a tres cuadras, prácticamente cerca y pensé que podría llegar sola.

—Sí, pero no lo hiciste —reclama mi padre.

Me retengo de lanzar un suspiro. ¿Por qué no me dejan continuar la historia? ¿Por qué me hacen las cosas tan difíciles?

—Prosiguiendo, cuando iba a una cuadra y media salió un ladrón a mi paso e intentó robarme. No iba a dejar que me quitara ni medio centavo y pensé que el saber defensa personal me ayudaría y así me las arreglaría sola, pero no conté con que mi tacón se rompería y me luxara el tobillo. Cuando eso me sucedió, el ladrón tomó ventaja de la situación y me acorraló contra la pared. Allí fue ahí donde me luxe el brazo y por supuesto, lo demás ya es de su conocimiento, como el hecho de que Alberti me salvó, me trajo a casa y aquí estamos.



Julissa Snchez Arias

Editado: 12.08.2019

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