Entre el cielo y el infierno -Trilogía cielo o infierno #1©

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Amargos secretos

«Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias,

sino para los hombres; pero si los hombres las sienten

demasiado, se vuelven bestias».

—Miguel de Cervantes—

 

— ¿Dónde estamos? —le Aíma preguntó a Daniel, quien aprovechándose de su cercanía la transportó fuera del callejón.

—En un lugar seguro. Necesitaba curarme—respondió dulcemente.

 

Se encontraban en un enorme departamento, las paredes estaban pintadas de marfil; en cada una de ellas colgaba un espejo redondo, sábanas de seda blanca pendían del techo de cristal y grandes vitrales, permitían que el sol iluminara cada rincón. La pelirroja se sentó sobre un sillón de terciopelo blanco, con pequeñas plumas bordadas con hilo dorado. Le miró mientras se quitaba la camisa, tenía varias quemaduras, que iban desde sus brazos hasta su abdomen; las tocó con sus manos, de estas brotó una luz blanca, que pasó cerrándolas; hasta desaparecerlas por completo, como si nunca hubieran existido.

—¿Impresionada o solo eres curiosa? —preguntó mientras se ponía una camisa limpia.

—Yo también puedo curarme—le recordó.

—Lo sé, Aíma y también sé que no necesitas matar a más personas.

— ¡Basta ya! Soy un demonio, matamos humanos por placer; ¿no lo entiendes?

—No es cierto—suspiró Daniel cansado.

—Lo es, lo disfruto mucho. ¡Me encanta ver como se retuercen! ¡Ver sus caras implorando piedad! Amo hacerlo, nadie me obliga—admitió. Daniel se veía perturbado, sin duda le afectaron sus palabras.

— ¡También eres humana! Tu madre lo era, ¿acaso eres incapaz de sentir un poco de humanidad? —señaló Daniel disgustado.

— ¡Basta! —gritó iracunda.

—Es cierto, físicamente eran muy parecidas; aunque si estuviera viva, moriría de dolor al ver tus actos —añadió Daniel, sus palabras no eran groseras, pero dolían con mil bofetadas.

— ¡Cállate ángel! —chilló para callarle. Estaba a un paso de perder el control; sus ojos tenían destellos rojos, no pudo controlarse más y le empujó contra uno de los ventanales, el cristal se fragmentó en mil pedazos; vidrios volar en todas direcciones. Ella miró por el agujero del ventanal, tratando de encontrar a Daniel.

—Aquí estoy, cariño—comentó Daniel, posando su mano sobre el hombro derecho de la pelirroja.

— ¡Idiota! —bramó quitándose su mano de encima.

—¿Preocupada cielito? —bromeó él reconstruyendo el ventanal, hasta dejarlo exactamente igual.

—Solo comprobaba tu muerte—respondió sin inmutarse.

—Tú madre te amaba, Aíma. Yo la conocí, su cabellera era tan roja, como la tuya; en verdad te le pareces—aseguró él.

— ¡Era una tonta! ¡Fue demasiado imbécil! Una niña tonta que se metió con un demonio, por eso está muerta—respondió enojada. Nunca en vida había hablado de ella y no pensaba hacerlo con su enemigo.

— ¡No era una tonta! Era una jovencita inocente y buena; siempre supo que darte a luz le costaría la vida viviría, pero aún así, te quería. Era tanto su amor que no le importo morir, por ti, recuerdo que su nombre era Nadia; significa la esperanza, es ruso.

— ¿Sabes lo que significa mi nombre? —preguntó y él asintió—. Significa sangre, es griego, mi padre me lo puso, ¿sabes por qué? Yo asesiné a mi madre a sangre fría, le rompí las entrañas con mis uñas, desgarré su vientre desde adentro, lo hice para nacer, ¿aún crees que hay bondad en mí, ángel? Soy una asesina, desde antes de pisar este mundo, una bestia salvaje—añadió con malicia.

—No fue tu culpa, no sabías lo que hacías—le defendió con una mirada amable.

—En ese entonces no, pero mi naturaleza es asesinar. Nos vemos pronto ángel, ten pesadillas conmigo—susurró y desapareció, era demasiado para ella.

 

Llegó a su casa, se senté en el borde de la cama. Claro que lo recordaba, siempre lo sintió; su madre estaba asustada, pero siempre le cantaba tranquilizarla; nunca se lo contó a nadie, ¿quizás ella la amaba? Pero la había matado, en su mente estaba grabado el día de su nacimiento, mis manos cubiertas por vísceras y sangre, el abrazo firme de su padre, mientras susurraba la palabra Aíma en su oído, escogió ese nombre, porque yo estaba bañada de sangre. Llevó las rodillas hasta su pecho y les abrazó fuertemente. Ese maldito ángel no tenía el derecho de remover sus heridas; ¿fue ganaba con ello? Dejó que las lágrimas brotaran sin control; lloró tanto, hasta quedarse dormida.



E.I.S. SERRANO

Editado: 18.02.2018

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