Entre sueños y letras

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Una de las tantas cosas que adoro de ti.

El cómo me miraba era una de las cosas que adoraba de él.
Cómo sonreía cuando le pillaba de improviso la mirada.
Cómo se le formaban esos hoyuelos cuando estallaba en carcajadas.
Cómo desplazaba sus manos por las curvas de mi cuerpo.
Cómo se mordía el labio cuando le impedía besarme.
Cómo me susurraba palabras de amor en mi oído.
Cómo celebraba cuando su equipo de fútbol favorito marcaba un gol.
Cómo tomaba el café de buena mañana.
Cómo se pasaba las manos por el pelo cuando estaba nervioso.
Cómo se le formaban esas arrugas en la frente cuando se enfada.
Cómo intentaba hacerme reír cuando me cabreaba con él.
Cómo me abrazaba por detrás, de improviso.
Incluso el cómo roncaba era una de las cosas que adoraba de él.
Cómo me hacía sentir como una niña entre guerras de almohada y no tan niña perdiéndonos entre ellas.
Cómo suspiraba cuando faltaba algo, alguien. Yo.
Cómo lloraba cuando sentía que estábamos perdiendo aquello por lo que habíamos luchado.
Cómo me abrazaba queriéndome hacer sentir protegida.
Cómo me contemplaba mientras yo fingía dormir.
Cómo me acariciaba sin venir a cuento porque no podía apartar las manos de mí.
Cómo me contaba los chistes más malos y yo se los reía.
Cómo me apartaba el mechón de la cara para besarme.
Cómo dejaba de mirar a otras para mirarme a mí un poquito más.
Cómo fumaba sabiendo que eso acotaba su vida sin importarle que eso significase menos días conmigo.
Cómo me decía que me quería sin importar lo que la gente le decía.

Todo eso era la mínima parte de todo aquello que yo podía llegar a adorar de él. Podría tirarme horas y seguir diciendo todo aquello que me gustaba, podría dar por cada lunar de su cuerpo y el mío una razón por la cual le adoraba, pero entonces me doy cuenta que sólo me falta mirarle a los ojos para saber la única razón por la que también le odiaba.

Nunca te quedabas, esa era la única razón por la que te odiaba.

Y sí, a la larga esa única razón pudo más que todo aquello que en su día llegué a adorar, aún sabiendo que si me iba ya no habría besos, ni abrazos, ni miradas, ni sonrisas que me hiciesen pensar que todo valía la pena. Tuve que ser fuerte y darme cuenta que las noches en las que te lloraba, que eran muchas, no compensaban a las sonrisas que un día me sacaste, porque llegaba a casa y nunca estabas.

Venías, me querías un rato y te ibas sin saber que a cada rato, yo acababa rota.



Laura G.

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En el texto hay: amor, desamor, amistad

Editado: 11.02.2019

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