Epifanía

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Epílogo

A ella siempre le habían gustado los cuentos de hadas y las historias de amor porque, a pesar de que su vida carecía de ese sentimiento, los libros la persuadían para creer que en realidad existía y que, en algún momento, ella encontraría a su príncipe azul y vivirían felices por siempre. Y así había sido durante un tiempo, pero nada dura para siempre, ni siquiera la felicidad.

Había conocido a David Stigman, su príncipe de ojos plomo, de una manera bastante peculiar. El tiempo que pasó con él la habían llevado a descubrir sus cualidades y, poco a poco, había llegado a amarlo. Había luchado a su lado contra las terribles historias que ambos cargaban y habían comenzado una propia. Se habían amado miles de veces, se habían besado muchas otras más, habían reído y llorado juntos, habían discutido y se habían reconciliado otras tantas más. Las historias que ella leía le habían enseñado que un amor como ese, tan fuerte y duradero a pesar de las adversidades, nada podría destruirlo.

Sin embargo, hay una sola cosa que puede hacer que el ‘felices por siempre’ carezca de esencia… la muerte.

***

Permanece sentada en la gran cama, esa que compartió con David durante tantos años. Donde se amaron durante noches y días. Donde mezclaron amor, pasión y ternura entre besos, caricias y promesas de amor susurradas en el oído. Elizabeth se abraza las rodillas y descansa su barbilla temblorosa en ellas. Contempla su foto con melancolía. Recuerda cada momento que pasaron juntos, lo felices que fueron. Pasa los dedos por el rostro del hombre, solo que lo único que sus manos tocan es un frío pedazo de cristal con el que está cubierto la fotografía. Suelta un gemido melancólico, a veces cree que olvida como se sentía acariciar el rostro de su esposo. Antes de darse cuenta sus mejillas ya están empapadas de lágrimas y sus manos aprietan aprehensivamente el retrato contra su pecho. Habían ideado todo un futuro juntos, ¿cómo era posible que esos planes quedaran reducido a meros sueños expresados a mitad de la noche?

Aleja el retrato para observarlo una vez más, los ojos de David. En la fotografía él aun la observa con sus ojos llenos de luz, esos ojos como las tormentas en las que tantas veces se perdió. La comisura de la boca de Elizabeth se estira ligeramente hacía arriba cuando mira la sonrisa de su esposo, esa sonrisa que tanto la fascinaba, de medio lado y con un deje divertido implantado en los labios. Luce tan apuesto. Alrededor del cuello tiene la corbata gris que ella le dio como regalo de Navidad. A su memoria llega también el momento exacto en que se dieron su primer beso, debajo del muérdago.

La mueca parecida a una sonrisa pierde fuerza una vez que los buenos recuerdos se terminan y a su mente llega la memoria del día en que se quedó esperando al hombre de su vida y jamás llegó. Y ahora, después de tanto tiempo, jamás lo haría.

***

Apenas había colgado el teléfono tras otro intento fallido para contactarse con David cuando pasos apresurados recorrieron el vestíbulo. Elizabeth se puso de pie y se apresuró en recibir a su esposo para que le contara que lo había retrasado tanto; sin embargo, no fue David quien se detuvo en la sala sino su hermano. Henry tenía una mirada preocupada y a Elizabeth se le disparó el corazón antes de que si quiera dijera las palabras.

—Elizabeth… es David.

 

No había llorado. Henry le había dicho que David había sufrido un accidente de auto y que lo estaban trasladando al hospital, a pesar de que Elizabeth se encontraba terriblemente afectada sus ojos permanecían secos y perdidos en algún punto. Habían llegado al hospital justo cuando las ambulancias donde trasladaban a los involucrados del accidente también llegaban. Tanto Elizabeth como Henry se habían apresurado en estar cerca de la camilla donde David estaba.

—Eli-zabe-th —había susurrado David mientras ella le sostenía la mano con fuerza.

Fue en ese momento, mientras veía como los ojos de David perdían el brillo, mientras sostenía su mano ensangrentada y mientras escuchaba a los médicos hablar sobre fracturas múltiples, hemorragias internas y otros tecnicismos médicos que ella no entendía pero que parecían bastante serios que las lágrimas comenzaron a salir incontrolables a través de sus ojos. Se llevó una mano a la cara limpiándose el líquido salado con furia, sin importar dejarse una mancha de sangre en la mejilla, no deseaba que su vista se nublara y le impidiera ver el rostro de su marido.

 —¡David! —gritó con la voz entre cortada—. David no puedes dejarme, me dijiste que te esperara. Sigo esperándote, cariño. ¿Me escuchas? ¡Estoy esperándote!

La mano de David le dio un apretón como confirmando que lo sabía, Elizabeth casi se tropieza con sus propios pies al tratar de seguir el paso que el resto de los médicos y enfermeros llevaban.



Shecid Lovelace

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En el texto hay: romance, secretos, alcoholismo

Editado: 13.09.2019

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