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Prefacio "Noche de llanto"

San Salvador, El Salvador, 1995

Observó las luces navideñas que iluminaban el camino que guiaba hasta el umbral de aquella enorme casa, de la cual brotaba música, voces y risas. Asimismo, frente a los tempestuosos vientos que se habían desatado en el exterior, decidió terminar el trayecto que lo separaba de su cometido.

Decidió, solo por curiosidad, entrar a aquella pintoresca, cálida y familiar casa. Notando como todos los presenten disfrutaban de la celebración, enfrascados en conversaciones superfluas, ajenos a todo lo que, fuera de eso, se estaba concatenando.

Un corto tiempo después; cuando el remordimiento comenzó a acecharlo, decidió que era el momento para dar continuidad a su plan. Se escabulló de un par de conocidos y colegas del trabajo que lo habían abordado, y comenzó a abrirse paso entre todo ese mar de gente, que celebraban la terminación de un año más.

Sin embargo, cuando creyó que nadie más había notado que estaba saliendo, su hermano si lo hizo.

Santiago, divisó a su hermano, llamado Martín, salir por la puerta de atrás. Tomó de hombros a su mujer y le avisó que saldría a coordinar el espectáculo de fuegos artificiales que se daría en apenas unos minutos. Pero la realidad era que algo en su interior le exigió que saliera en busca de su hermano, una necesidad imperiosa que le dictaba que debía hablar con él.

—Amor, volveré pronto —prometió el anfitrión de la fiesta a su esposa, quién le dedicó una sonrisa conciliadora y un leve asentimiento de cabeza, al tiempo que se movía suavemente de un lado a otro.

—Está bien, pero vuelve pronto porque ya te extrañamos…, verdad qué si preciosa —murmuró, jugando con la mano de la pequeña bebé que llevaba en brazos y observando a su marido por debajo de sus pestañas. El hombre sonrió, se acercó con cuidado y besó la frente de su esposa y luego la mano de la bebé. Entonces se fue.

Santiago anduvo por el salón; deteniéndose apenas unos segundos para saludar a los presentes, empleados de su empresa, amigos y algunos familiares, hasta que por fin llegó a la parte trasera de la casa, encontrando a Martín conversando con el señor encargado de quemar la pólvora. No obstante, no le prestó mayor atención y prosiguió su camino hasta ellos, los cuales se hallaban ajenos de su presencia, ya que, estaban enfrascados afinando detalles.

Cuando Martín se percató de que Santiago se acercaba. Sintió una punzada más fuerte de remordiendo, sin embargo, el odio, el desprecio y la envidia que lo carcomía desde mucho tiempo atrás, obstruyó ese tenue sentimiento.

― ¡Santiago!, ¿qué haces afuera de la fiesta? —le cuestionó Martín, fingiendo tranquilidad, dedicándole una mirada de soslayo al otro hombre, y cómplice, exigiéndole, con tan solo ese gesto, silencio.

—Solo vine a ver lo de los fuegos artificiales —respondió Santiago, dirigiendo una mirada rápida al encargado de llevar a cabo el espectáculo pirotécnico, ignorando todo lo que se había estado confabulando casi en sus narices. Entonces añadió—: Ya casi es media noche, ¿tiene todo listo? —inquirió, de inmediato dicho encargado asintió con la cabeza y se alejó de trompicones, dejando a solos al par de parientes—, ¿qué haces acá afuera, Martín? —preguntó de vuelta. Lo observó titubear y un tanto ansioso, lo cual lo alertó.

—Quería un poco de aire fresco, ese mar de gente, los problemas del divorcio y la custodia de mi hijo me están agobiando… —confesó, una parte de todo. Pues, en realidad, algo más oscuro, más mezquino lo tenía hecho una bola de nervios y ansiedad, por semanas, desde que aquella idea se incrustó en su corazón. Santiago palmeó su espalda y le dijo un par de palabras de aliento, demostrando su genuina preocupación—…, sí, claro, muchas gracias hermano. —Unos cuantos minutos después, los invitados comenzaron la cuenta en reversa. Ambos miraron hacia la casa, al mismo tiempo que un viento helado se desató, helándoles los huesos.

—Deberíamos entrar… —sugirió Santiago, sonriendo de lado y deseando que la situación familiar de su hermano se solucionara.

—Ve tú, yo quiero…, llamarle a mi hijo para desearle feliz año… —contestó Martín.

Resignado, Santiago terminó asintiendo y tras observarlo por un par de segundos, notando oscuridad en el semblante de Martín, optó por darle la soledad que quizá necesitaba. Pensando en lo mal que, seguramente, la estaba pasando: lejos de su hijo y con un divorcio a las puertas. Cuando, en realidad, era otra cosa lo que lo tenía en aquel estado.



Therinne

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En el texto hay: therinne, pasado, amor en el trabajo

Editado: 04.07.2019

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