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Capítulo 1: Colisión

San Salvador, El Salvador, 2019

«Tranquila, tranquila, tranquila», me repito mentalmente.

«No todo está perdido», pero en el fondo sé que no es verdad.

La respiración se atasca en mi garganta y el pecho se me aprieta; la lengua comienza a dolerme y a adormecerse pues mis dientes no han dejado de detenerla, evitando que llegue a decir algo que, a la larga, pueda perjudicarme, « ¿más de lo que ya lo estás?, creo que eso es imposible», murmura mi consciencia con tranquilidad.

Cierro los ojos apenas un segundo, en una forma de controlarme y no soltar los improperios que tengo en la punta de mi lengua. Asimismo, ignoro las miradas que los presentes me dedican, sobre todo una que esta que hierve del enojo.

Pronto, alguien me da la palabra y es cuando llega mi turno de explicar todo lo que ha pasado, de defenderme en pocas palabras. Así que, no sintiendo remordimientos, pues ¿cómo yo iba a imaginar con quién había estado tratando?, y además, sabiendo que yo solo había actuado en defensa propia. Abro la boca para hablar, no obstante, alguien me interrumpe.

— ¡Ni siquiera le hice algo, padre! —exclama con rabia el causante de todo aquel revuelo. Y son esas palabras las que encienden mis alertas y me obligan a hablar, a terminar con el teatro que ese hombre prepotente ha forjado, un teatro absurdo. Me levanto de mi asiento y me aclaro la garganta, llamando la atención de todos y tomando la palabra.

«Solo di la verdad», me insto. Y es lo que voy a hacer, corriendo el riesgo de que no me crean y me despidan.

—Con el respeto que todos ustedes merecen y mi persona también —enfatizo—, voy a explicar las razones por las cuales hice lo que hice… —Paso saliva con dificultad, sintiendo la mirada de aquel tipo taladrando mi espalda, pero me obligo a ignorarla.

—Si es tan amable, señorita Irania, creo que a todos nos gustaría saber qué fue lo que pasó y que hizo que usted agrediera a mi hijo —dice Martín Baldocchi, el dueño de la empresa en donde, recién, comencé a trabajar. Doy un leve asentimiento y miro de soslayo a su hijo, quien se ha situado a uno de mis costados, con una cara que indica que se siente en ventaja.

«Bueno, si me iré de aquí, lo haré con dignidad», pienso. Entonces comienzo a hablar.

Todo se dio gracias a mi nuevo trabajo.

Llevaba dos semanas de estar laborando en Grupo Baldocchi; una empresa gigantesca que creció gracias a la compra de compañías pequeñas, ya sea del rubro hotelero, supermercados, restaurantes, entre otras. Y fue de esta manera que logró convertirse en un gran emporio, y que también es promotor de una importante cantidad de empleos, como el mío. Yo llegué a trabajar a Grupo Baldocchi gracias a que se volvió a expandir, específicamente en el área vinícola. Y es aquí donde entro yo, pues fui contratada como la Ejecutiva de Mercadeo para el lanzamiento de la nueva línea de vinos.

Y debo decir que este es el trabajo de mis sueños, y que creí que jamás obtendría. Sin embargo, la oportunidad se dio y ahora estaba a punto de perderla. Todo por los caprichos de un hombre irrespetuoso y acostumbrado a tener todo lo que deseaba.

El caos empezó cuando; saliendo de una junta, se me antojó comer un cupcake, apenas y había ingerido algo en el desayuno, por lo que me fue inevitable no ir a la cafetería por uno. Entonces, cuando iba de regreso a mi piso, tomé el elevador y estando ahí…, fue cuando lo vi.

Un hombre alto, esbelto y atractivo; de piel morena, dueño de unos increíbles ojos verde olivo, cabello al ras. Con presencia imponente, derrochadora de seguridad y dueño de una sonrisa seductora. Un hombre encantador a primera vista, no obstante, tal encanto desaparecía tan pronto abría la boca.

—Buenos días..., qué delicioso se ve ese panecillo —comentó, torciendo la sonrisa y dedicándome una mirada llena de sugestividad. Sentí un pichanchazo en el estómago y seguidamente el nerviosismo hizo su aparición. Correspondí la sonrisa a como pude; pues el tipo era sumamente sorprendente y era imposible no quedarse pasmada, menos cuando dicho espécimen usaba un traje azul marino que acentuaba el color bronceado en su piel y que lograba que sus ojos fueran una explosión refrescante entre tanta incandescencia. Mis mejillas se abochornaron, pero nada escandaloso.

—Buenos días, supongo que sí lo estará… —respondí, elevé la comisura izquierda de mi boca y fije mi atención al frente, sintiendo la imperiosa necesidad de salir de ese elevador lo más pronto posible.

— ¿Qué dices si lo averiguamos? —inquirió segundos después, rompiendo el silencio. Giré a verlo, fruncí el ceño develando la confusión. Y él en respuesta paseó uno de sus dedos por debajo de su labio inferior, sacando la lengua apenas un poco para relamer su carnosidad.



Therinne

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En el texto hay: therinne, pasado, amor en el trabajo

Editado: 04.07.2019

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