Érase una vez un cupido

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I

—¿No te dan miedo los aviones? —pregunto con un hilo de voz a mi compañero de vuelo. Él, me observa durante unos segundos, como si estuviera estudiándome, pero antes de que hable continúo—, claro que no es que yo le tema a los aviones, no. Lo que temo es que haya un desperfecto y quedemos estampados en alguna superficie de un país extraño, o aún peor, que nuestros cuerpos queden en el océano y tarden meses, tal vez años en encontrarnos. ¿Tú no?

Suelto una risita nerviosa, me sujeto a los bordes del asiento y respiro profundamente. No miro a mi compañero de fila, pero siento que sonríe como si todas mis palabras fueran un chiste. Tal vez lo son, pero debería tenerme paciencia, solo es mi segunda vez en un avión. Y estoy al otro lado del mundo contando mi posición global inicial, no tengo a nadie que me ayude a controlar mis nervios, es por eso que no dejo de hablar.

Mi interlocutor, aunque todavía no ha dicho palabra alguna, pero lo ha intentado y lo he interrumpido, abre su boca y no dice nada. La que habla nuevamente soy yo.

—¿Crees que el verdadero amor exista?

Vuelve a sonreír, casi puedo decir que es una sonrisa coqueta.

—No es porque piense, ahora mismo, que estoy enamorada de ti. Y no, no es porque me parezca poco atractivo o una persona con una belleza física repulsiva, lo que pasa es que todo esto inició porque estoy empecinada en creer que el amor verdadero sí existe. Y no cualquier amor, sino el amor romántico, el pasional, el de parejas, y todo eso. —Vuelvo a respirar profundamente para seguir con mi verborrea: —lo que pasa es que cuando yo era una niña mi mamá siempre me contaba los cuentos de los hermanos Grimm. Pero no esos que terminan con un final feliz simple, sino esos en los que usualmente un grupo de gente terminaba en verdad mal. Como en El músico prodigioso, que al tocar su instrumento lleva a otras personas a una muerte muy cruel. O Juan-mi-erizo, con un cruel final para la primera princesa por la actitud de su padre. También en La cenicienta, donde las dos hermanastras son obligadas a cortarse parte del pie para pretender engañar al príncipe.

»Pero en todas ellas siempre hay un buen final. Tienen su, en pocas palabras, y vivieron felices para siempre, así que me ilusioné en encontrar el amor.

—¿Y por eso estás aquí, viajando en busca del amor? ¡Qué romántica! Pero no creo que vayas a encontrar a tu verdadero amor simplemente recorriendo el mundo y teniendo un ataque de nervios.

Pongo los ojos en blanco y suspiro ruidosamente.

—¿Quién dice que no? ¿O es que acaso eres experto en el amor? —bufo lo más alto que es posible, —además yo no estoy aquí para encontrar a mi pareja perfecta, sino por otra cosa.

—¿La pareja imperfecta entonces?

—No, señor cascarrabias, estoy aquí para volver a casa.

Esas palabras lo aturden un poco. Nos quedamos callados por un par de minutos, el capitán del avión da las últimas instrucciones y las azafatas indican algunas cosas más a la gente que les recurre. Agito mis dedos, los nervios están volviendo.

—¿Ya te rompieron el corazón y vuelves a casa tan pronto?

Dejo de mirar a la parte posterior del avión justo cuando un niño pequeño lanza un oso de peluche a la azafata, y vuelvo a enfocarme en mi compañero.

—Primero, ¿crees en verdad que la gente pueda romper el corazón de otra? Y segundo, no... bueno, no lo sé.

Esta vez se ríe con ganas, tantas que varios pasajeros se vuelven para observar y tratar de descubrir cuál es el gran chiste.

—Es usted muy grosero, ¿sabe?

—Sé muchas cosas, niña, pero ser grosero no es lo mío. Y respondiendo, sí, creo que hay personas que son capaces de romper el corazón de otras, figurativamente, ya que hacerlo físicamente significaría un gran crimen. Aunque apuesto a que las personas que han sufrido de desamores estarían de acuerdo en que aquello contase como un delito.

Y aunque no quiera admitirlo en voz alto estoy de acuerdo con ello. ¿Cuántas personas afirman que les han roto el corazón? Y si fuese posible contabilizar como crimen el hecho de dar falsas ilusiones a la gente respecto al amor, ¿cuánto tiempo sería la condena? ¿O tendrían que hacer trabajo comunitario mientras intentan reparar sus acciones?

Sería difícil llegar a una conclusión.

—¿Alguna vez le han roto el corazón?

—Creí que hablábamos del tuyo, no del mío. Además, no nos conocemos lo suficiente para que te cuente cosas privadas.

—Yo sí le conté algo, ahora le toca a usted.

—Sí, pero yo no te pedí que me contaras tu vida, niña. Solo te ayudo a que no te de un ataque mientras duran las dieciséis horas de vuelo— concluye encogiéndose de hombros.

Y es la verdad.

Bueno, una parte.

Podría haberme tocado sentarme junto a otra persona que no hubiese respondido de la misma forma.

—Apuesto que fueron los minutos más divertidos de su aburrida vida— murmuro por lo bajo.

O tal vez no tan bajo ya que acaba sonriendo, tal vez sea como un tic nervioso.

—¿Alguna vez hizo algo tan estúpido y luego se arrepintió?

—¿Seguirte la corriente cuenta como una? —ríe y niega con la cabeza—, tal vez. Pero no lo recuerdo ahora. Prefiero enfocarme en cosas realmente importantes ahora que puedo, el amor puede llegar después. Yo que tú no desperdiciaría mis fuerzas en alcanzar a un amor imposible de que ni estás segura de obtener, ¿por eso vuelves a casa, no?

—Ay. No es por mí que viajé dieciséis horas, es por alguien más— ahora que lo pienso eso suena igual de tonto. Es como si me pusiera en el papel de loca enamorada que es capaz de desobedecer las órdenes directas de su padre y, con los recién cumplidos dieciocho años compró un boleto de avión a Tivoli para seguir a una persona que terminó rompiéndole las ilusiones sobre un amor verdadero. —¿Por qué la gente se empeña en hacerme parecer como una loca? Si tan solo los demás no hicieran estupideces todo estaría bien.

—Si la gente no hiciera estupideces y se atuviesen al guion la vida sería aburrida. Tal vez por eso estamos conversando, ¿no crees?

Sus palabras me molestan, quisiera cruzar mis brazos, fruncir el ceño y no volver a dirigirle la palabra, pero como en muchas cosas deseo tener una última palabra. Presiento que él es igual. Ninguno de los dos quiere perder.

En lugar de girarme y terminar con esto le enfrento, él está concentrado leyendo una revista aburrida. No se inmuta por la forma en que lo observo, y tampoco por el enojo que parece brotar de repente con tanta fuerza.

—¿Sabe por qué realmente estoy aquí, o qué cosas tuve que hacer para impedir que alguien cometa un error que a pesar de todo mi esfuerzo probablemente igual lo hizo?

No dice nada, sigue leyendo un artículo, o tal vez solo ve las imágenes de las páginas.

—Es usted un señor demasiado arrogante, maleducado y malhumorado. No cree en el amor...

—La cuestión no es creer en el amor, sino tener la confianza para hacer que la otra persona lo sienta. —Sigue sin levantar la vista—, mira esto. No recrimino tu esfuerzo que haces por tener a la persona que disque amas contigo, pero solo debes entender que tal vez no sea el momento para ustedes dos, simple.

Abro la boca, y la cierro.

La vuelvo a abrir, y una vez más la cierro.

—No fui a Tivoli por mí, ya lo dije. Fui a ese lugar para impedir una boda.

Ahora si levanta la vista: —¿una boda?

Asiento. Y las imágenes de un año atrás comienzan a aparecer tan nítidas en mi mente. Mis labios esbozan una sonrisa, pero va decayendo cuando recuerdo lo que pasó hace unas horas.

—¿No lograste impedirlo, verdad?

Me encojo de hombros.

—Si te refieres a que tal vez llegué tarde, no. Llegué justo en el momento en que se requería, le di todo un discurso de por qué creía que la persona que estaba a su lado no era la correcta, le dije todo lo que estaba perdiendo por haber aceptado aquello —suspiro—, pero ella no quiso escucharme. Dijo que lo que estaba a punto de hacer la hacía feliz, y que la persona que estaba reclamando era la incorrecta. Y puede que tenga razón. ¿No cree?

Froto mi cara tratando de olvidar esa mirada triste, esos ojos castaños que lucían tan distintos hace un año.
¿Por qué la gente suele ser tan idiota? ¡Nunca se da cuenta de lo que tienen hasta que lo pierden! Y otros lo dejan ir dos veces, ¡qué idiota!

—¿Y qué? Eso no afecta tu vida, si esa persona no quiso escucharte arruina su vida, no la tuya.

Sonrío de lado, giro un poco la cabeza para poder verlo, ¿por qué no deja esa revista? ¡Oiga, es muy maleducado hablar con alguien sin mirarlo a la cara!

—De alguna forma si la afecta. O sea, arriesgué mucho para poder venir, y no creo que al final del arcoíris me espere una felicitación tampoco.

—¿A qué te refieres, niña?

¡No podría dejar de llamarme niña, anciano!

—Que mi padre puede que me mate por desobedecerle.

Eso hace que gire, me escudriña de arriba hacia abajo con una intensidad que parece que podría incendiarme con ella.

—¿Te escapaste de casa por impedir una boda? ¿No podías simplemente ir a una iglesia de tu barrio y entrar gritando? —Lo más curioso es que yo lo había hecho, la semana pasada habían celebrado una boda y entré gritando a la parroquia, todos se voltearon a verme y de pronto tuve que correr para que no me descuartizaran; todo eso fue una forma de practicar si llegaba a tiempo—, no me digas... ¿sí lo hiciste?

¿Qué, es brujo?

O tal vez las expresiones de mi cara son tan obvias que prácticamente le gritan un "sí" a la cara para que vuelva a reír a carcajadas. ¡¿Por qué la gente no deja de vernos?!

—Solo fue una práctica, quería estar segura de que podía gritarlo para que todos me escucharan. ¡Fue tan vergonzoso!

—¿Y qué hiciste después?

¿Ir a llorar a mi casa?

Por suerte no fue en una parroquia de mi barrio y afuera me esperaban mis mejores amigos, Alina y Han, este último tenía auto y licencia de conducir un par de meses antes así que no tuvimos problemas a la hora del escape.

—¿Realmente estabas tan convencida de que la persona que se iba a casar y... quien sea, debían de estar juntas? ¿No sería solo un capricho?

—No dirías eso si hubieses visto como ellos dos se complementan. Además de cuando hablan del pasado, o cuando estuvieron juntos en aquel campamento de estudio; ellos daban esa sensación de que fueron el uno para el otro.

—Tal vez no los conocías lo suficiente.

—¿Y cuánto tiempo es el suficiente, eh? Viví toda mi vida con uno de ellos, y Bella parecía ser tan feliz antes de que todo se estropeara. —Recordar aquellos días era un tormentoso dolor que me hacía sonreír. ¿Cómo podía existir tal tipo de recuerdo? —Ellos dos eran novios antes de que mis padres se casaran, al parecer lo hicieron porque mis abuelos los presionaron cuando se enteraros que estaba embarazada de mí. Bella se fue a estudiar al extranjero después de la boda y no volvieron a verse hasta hace un año y dos meses.

Aún recuerdo la cara de mi padre cuando se presentó en la puerta de nuestra casa, había sido difícil contactarla, y después de ello hacer que creyera que yo era una representante de una revista famosa que iba a hacerle una entrevista, pero todo valió la pena para reunir a esos dos. Y los meses siguientes me lo confirmaron, mi papá se veía más feliz que nunca. Incluso que cuando estaba con mi madre. Ellos no discutían, ellos hablaban y a veces dormían en habitaciones separadas cuando se enojaban, era como un acuerdo que habían llegado al ser obligados a casarse; pero con Bella era distinto, ambos parecían adolescentes enamorados. Todo iba viento en popa, hasta que chocamos con el témpano. Un golpe estrepitoso que causó que se separaran, mi padre fue de gira y Bella volvió al extranjero y conoció a su actual, y para estas horas, esposo. Un mes atrás nos llegó la invitación a su boda.

—Mi padre la rompió y la tiró a la basura, pero sé que esa semana fue tortuosa para él, su semblante me lo decía, es por eso que traté de disuadirlo de ir al evento e interrumpirlo. No me hizo caso.

—Y esto te trajo hasta aquí.

—Así es —asiento—, aunque creí que volvería a casa con Bella y no sola, y menos me imaginé contándole todo esto a un extraño gruñón.

—Ja, ja, niña. Yo no soy gruñón, pero ¿qué esperabas, cómo actuarías en mi lugar?

—Pues es seguro que sería más amable que usted.

¿Alguna vez se han topado con esas personas que a todo lo que sucede responden con una sonrisa o se ríen de la situación? Yo sí, ahora mismo.

—No creo que ser amable con una chica ingenua que imaginó que tomar un vuelo a un país que, probablemente, nunca visitó antes e ir a impedir una boda fuese la mejor idea para contentar a su padre haga algún cambio en su ser.

—La amabilidad no mata, ¿sabía?

—No estés tan segura. Tenía una vecina que odiaba a un vecino nuestro porque era demasiado amable y educado, a ella eso no le agradaba y terminó suicidándose—, lo miro extrañada, y un poco asustada. Sus ojos parecen tristes al recordar el suceso, y luego ríe—, no era cierto. No te vayas a poner histérica.

—¿Cómo que no, usted cree que es divertido burlarse así de la gente y jugar con la vida?

—No, yo creo que deberías hacerte a la idea de que el amor no es manipulable y menos durable.

¿Durable? ¿A qué se refiere, quiere decir que el amor se desgasta? ¿Eso les había pasado a mis padres? Probablemente, sino jamás hubiesen terminado y no habría comenzado a salir con Bella; ¿tal vez los momentos que vivió con ella los habría pasado con Margie, no?

No.

Sí.

Puede ser.

Aunque era difícil imaginar todas las historias que ella me contó sombre ambos sustituyendo su rostro por el de mi madre. Me era casi imposible pensar en ella hablando con palabras extravagantes a los amigos de mi padre por solo el placer de verlos confundidos, o empezar una discusión intelectual sobre el uso de ciertos recursos. O siquiera disimular que la persona con la que te habías hecho cercana nunca te gustó de la forma romántica; no. Mi madre habría hecho todo lo contrario.

La verdad parece ser que más que durable el amor es...

—¿Mutable?

—Sí, cambia con el paso del tiempo. No se puede negar que mi padre y Bella sentían algo cuando eran más jóvenes, y ahora sienten lo mismo, pero de una forma distinta, tal vez menos arriesgada que antes.

—De todas formas no importa. Ya viste lo que pasó. Tal vez su destino es no estar juntos.

—¿Eso significa que el señor gruñón cree en el destino?

—Lo que yo creo es que te gusta hablar conmigo, un ser tan bello, que quieres sacar tema de todo pero ya es hora de dormir. —Toma la manta que nos habían entregado y se tapa con ella, antes de cerrar los ojos me dice: —Además eres muy pequeña para mí, así que no te ilusiones.

Miro atrás, no era el único tratando de conciliar el sueño, después de todo no podías estar dieciséis horas seguidas sentado sin descansar un poco. Me cuesta hacerlo, solo duermo un par de horas, las pesadillas llegaron, eran extrañas y en ellas estaba el señor gruñón. ¿Por qué trataba de impedirme que llegara a la boda de Bella? ¿Qué ganaba él?

Despierto y lo primero que veo es su perfil, está concentrado nuevamente en la revista. Leo el título pero no comprendo de qué temas se tratan en el mismo, ¿cosa de hombres serios? ¿O en realidad solo trataba de disimular que se tomaba el tiempo de leerlo?

—¿No crees que mirar a la gente de esa manera es rara?

—No, yo creo que más raro es usted.

—Sí, creo que sí. Después de todo es muy normal casi tener un ataque de nervios y contarle tu vida a un extraño que se sienta junto a ti en un vuelo de dieciséis horas, muy normal. —Bostezo, no porque su regaño me aburra, aunque sí lo hace, sino porque el sueño, el cambio de horario, las miles de emociones que siguen presentes, hacen que mi cuerpo se sienta pesado—, ¿ah, sí, ahora te aburre mi charla? Creí que te estabas enamorando de mí.

—¿Es normal para usted ir coqueteando con la gente y decirle eso a todos?

Se lo piensa un momento.

—No diría que a todos, solo a chicas que me parecen atractivas —me ruborizo un poco— y a ti claro, pero solo lo hago por molestar.

—Es usted un grosero, señor gruñón.

—Y tú una chica ilusa que al bajar del avión probablemente tenga un castigo que le dure hasta los cuarenta años. Tal vez deberías volver a dormir, seguro que son tus últimas horas de paz.

El extraño podría tener razón. Cuando mi padre se entere de lo que hice, aunque a estas alturas ya lo sabrá, me castigará de por vida. No importa que haya cumplido los dieciocho años y legalmente sea una persona que pueda tomar sus decisiones propias, no cuando soy una chica que vive con su padre, cursa el segundo año de universidad y perdió uno de los exámenes más importantes porque tuvo la esperanza de que lograría lo que su padre no.

Ser valiente, osado y arriesgado muchas veces no trae buenos frutos.

La siguiente hora ya no estaba tan nerviosa, estaba más bien cansada, mis ojos no dejaban de parpadear, no pedí nada cuando las azafatas pasaron ofreciéndonos algo de comer. Tal vez era cierto que debía descansar un poco más, pero una voz me interrumpe.

—El destino no existe, no uno totalmente escrito, tenemos posibilidades de cambiarlo, así que no es algo a lo que podría llamarse realmente destino, ¿no?

—No. Más bien se llama terquedad. —Bostezo una vez más, me estiro en mi lugar y me acuesto de lado, con los ojos medio cerrados lo miro—, por cierto, ¿cómo se llama?

—¿No crees que ya es tarde para preguntar?

—No —me encojo de hombros aunque la posición se sienta incómoda—, después de todo aún nos quedan seis horas de vuelo. Y podría conocer un poco de usted.

Y deja la revista en su sitio, toma un pequeño caramelo del bolsillo de su saco y lo lanza al aire, lo atrapa y vuelve a repetir la acción.

—A comparación tuya mi vida parece ser aburrida, así que no.

Me enderezo, le quito el caramelo porque ya logró hartarme lo mismo. Pido disculpas por eso y se lo regreso.

—¿Por qué te gustan los cuentos de los hermanos Grimm? Son raros, excéntricos, hasta un poco petulantes respecto a sus personajes principales; casi siempre terminan bien, aunque hagan la mayor estupidez. —Creí que no volvería a hablarme, y no sé a qué viene su repentina molestia respecto a mis gustos literarios. Le respondo como siempre, le digo que era parte de mi niñez y me recordaban a mi madre y a esa inocente niña que creía que todo tenía su orden natural—. ¿Y creíste que reuniendo a tu padre con esa chica sería lo correcto? ¿En este caso Bella no sería la malvada madrastra que trata de asesinarte? ¿No crees que es extraño hacer todo esto por nada?

Suspiro de forma cansada cansada mientras él ríe al recordar mi pequeño desliz.

Sí, interrumpí en una boda de unos extraños solo para saber reconocer el sentimiento que tendría al impedir una boda que realmente afectaba a alguien que yo amo. ¿Es malo creer en el amor? Yo no pienso como las otras personas, tal vez porque estuve rodeada de personas que realmente me hacían sentir querida, estimada y protegida.

Antes de mis nueve años contaba con mis dos padres, mis cuatro abuelos, un montón de tíos, primos —algunos más extravagantes que otros—, amigos, también tenía a los amigos y compañeros de banda de mi padre. Ellos siempre se esforzaban en hacerme reír, contarme historias graciosas, incluso mi mejor amiga es la prima de la hija del mejor amigo de mi papá, —sí, suena enredoso, pero nació de esa manera—. Después de la muerte de mi madre la alegría no abandonó mi casa, claro que había una cierta desazón por la falta de un ser querido, pero el apoyo de los otros hacía que este fuese más llevadero, ¿había tenido más suerte que otras personas después de la muerte de un ser apreciado?

—Pero sí hay algo, una lección, aunque no muy bonita, es que por amor se puede hacer las mayores tonterías de la vida. ¿No harías, en serio, ni remotamente, algo tan idiota como esto por alguien a quien amas? Yo lo hice, y aunque no me fue bien, no me arrepiento de nada. —La verdad es que me siento calmada, ya no importa el castigo que me espera al bajar del avión, o si este mismo llega a tener un desperfecto y nos estrellamos contra el mismo Illimani, hice lo que tenía que hacer.

Es como dar ese examen que te costó semanas de estudios, ese en el que no dejabas de pensar hasta que lo diste y te convenciste que lo hacías bien. Ya no le temes a que sea la mitad de tu calificación semestral, porque sabes que diste todo.
Me da miedo volar, me da miedo incluso nadar y mucho más ahogarme, pero soy ese alguien que enfrentó sus miedos por algo en lo que creía, y sé que mi recompensa llegará. Tal vez no es la esperada, tal vez fue conocer a un extraño y hacerlo sonreír; ¿sentirme satisfecha? Sí, la sonrisa que me dirige me permite experimentar esa sensación de placer. Después de todo no volví con nada.

—¿No me dirá su nombre?

—¿No me dirás el tuyo o tendré que recordarte como "la chica que casi tuvo un ataque y me habló de su vida"?

—Ay, ¿siempre es así de sarcástico? —piensa una vez más y asiente; desenvuelve el caramelo y se lo mete a la boca—, apuesto que nunca tuvo una mascota y por eso es algo amargado. Y también es seguro que no le gusta su trabajo y anda aburrido la mayor parte del tiempo.

—Ja, ¿una mascota? Un animal no determina el nivel de felicidad que tendrás al crecer. Tampoco si rieras más a menudo. Y sí soy feliz en mi empleo, me gusta demasiado, a decir verdad, aunque a veces sea pesado y no soporte a mi jefe. Sobre lo aburrido que soy, creo que esa es otra historia.

—¿Y es una historia que nos tomaría otro vuelo de dieciséis horas?

—No, —lo dice con una sonrisa, pero esta es distinta, a pesar de que su voz denota melancolía, es la mueca de felicidad más sincera que pueda expresar— puede que dure un vuelo a París y un café con croissant.

La señal para ponernos los cinturones es lo que me lleva a la realidad; llegamos a nuestro destino, los últimos minutos son puro silencio, no hay revistas, no hay miradas, ya ni siquiera ese sonido molesto del envoltorio del caramelo. Lo único que escucho es la indicación de la azafata, por donde debemos salir, tomo mi mochila y me la cuelgo. La fila de pasajeros intenta avanzar rápidamente, una señora algo gordita me empuja hacia adelante mientras se disculpa y me dice que su nieto la espera en el aeropuerto.

El camino desde las escaleras para bajar del avión hasta la sala principal donde puedo ver la cara malhumorada de mi padre las hice sin sentir nada más que un vacío extraño. Mis pasos son lentos, ¿quiero retrasar una charla incomoda?, su mano se agita para indicarme que me apresure, pero una palmada en mi hombro me asusta, me doy vuelta y veo un caramelo de azúcar y chocolate delante mío.

—Suerte, niña.

Se va, pero grito tan alto que sé que me gano otro castigo cuando lo digo: —¡suerte a ti también señor gruñón!

Al girarme la mirada molesta e irritada de mi progenitor me hace saltar un poco hacia atrás.

—Luego hablamos de esto, ahora camina. Bella te está esperando en casa.

Me detengo, mi padre tiene que empezar a empujar mis hombros para que me mueva.

—¿Bella?

—Por supuesto, ¿no viajaste para irrumpir en su boda con un discurso sentimental?

—Entonces ella no... —lo miro, sus ojos lucen distintos, algo enojados por mi causa pero... está feliz, y su asentimiento me hace feliz a mí.



AetB

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En el texto hay: amor, romance tierno, aviones

Editado: 07.12.2018

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