Eres un cliché

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3: Bullying a Aubrey

Al final Rhett aceptó quedarse a cenar. El problema era que en mi casa, mi mamá aprovechaba este momento para conversar como familia y entre todos ayudarla a hacer la cena. Eso significaba que Rhett también ayudaba.

Y era demasiado incómodo.

Mi Tata lo miraba de vez en cuando mientras pelaba las papas. Rhett, a mi lado en la cocina, no se percataba de ello porque estaba más concentrado en picar los tomates que mamá le había pedido que hiciera. Yo picaba las zanahorias, mientras mis padres controlaban a mis hermanitos que no hicieran un desastre con el postre. Algo imposible.

—Entonces Rhett... —dijo el Tata tratando de hacer conversación en la ruidosa cocina gracias a los repetidos—, ¿sabes cocinar?

Rhett dejó de picar los tomates para mirar a mi Tata. Esperaba que el Tata no dijera nada grosero, cruzaba los dedos para ello.

—Sí, señor —respondió Rhett volviendo a su trabajo—. Yo cocino en casa.

El Tata rio, burlesco. —Oh chico, ¿tus padres no cocinan?

Rhett negó. —No vivo con ellos.

—Mierda. —El Tata dejó de pelar las papas—. ¿No estarán muertos verdad? Ah, perdón por la indiscreción, jovencito.

Cerré los ojos mortificada.

—Tata...

El Tata sacudió su mano. —Mi pastelito, tengo que saber las cosas de tus amigos. Para saber cómo son.

Rodé los ojos pero no dije nada.

Rhett no parecía afectado con la pregunta del abuelo.

—No se preocupe, señor. No están muertos. Solo que... decidí mudarme solo.

El Tata asintió.

—¿Tienes hijos? —bromeó.

Rhett frunció la boca pero no dijo nada. Segundos después abrió la boca para hablar pero los repetidos corrieron a mis pies haciendo bulla.

—¡Auby! —gritó la pequeña Astrid—. ¡Cálgame!

—¡Nu Auby! ¡Cálgame a mí! —Austin intentó trepar por mis piernas pero no podía. Lo tomé por sus bracitos y lo cargué.

Astrid también levantaba sus bracitos para que la cargara mientras hacía pucheros. Rhett a mi lado se agachó a la altura de ella.

—Hola, pequeña. Yo te puedo cargar si quieres.

Astrid lo miró y sus ojos brillaron. Sus mejillas regordetas de bebé se sonrojaron. —Shi, por favol.

Rhett la cargó y la sujetó en su brazo mientras que con la otra mano le acariciaba el cabello rojo. Astrid rio encantada. Le sonreí a Rhett agradecida.

—Bien, chicos, eso fue suficiente. Cuídenlos mientras terminamos la cena —dijo mamá entrando a la cocina seguida de papá.

Asentí hacia ella. Llevé a Rhett a la sala de juegos de los mellizos, y estuvimos jugando con ellos hasta la hora de la cena. Era increíble la manera en cómo Rhett se portaba con mis hermanitos, era muy bueno con los niños y parecía que ellos lo amaban. Se peleaban por su atención, a lo que Rhett les hacía cosquillas distrayéndolos de su pleito.

Él sería un buen padre.

Nunca creí que el famoso Rhett Saunders, jugador de fútbol del instituto y mujeriego empedernido, vendría a mi casa y jugaría con mis hermanitos. Pero aquí estábamos, y era divertido cómo se desenvolvía con ellos y conmigo. Ya no parecía ese chico creído del instituto ni mucho menos engreído que todos sabíamos que era desde el año pasado. Había cambiado. Algo lo había cambiado.

Mamá me llamó para que ponga la mesa mientras Rhett se quedaba con mis hermanitos. Cuando todo estuvo listo, los llamé para que se sentaran. Mis padres y el Tata ya estaban en sus sitios. No me tocó de otra más que sentarme al lado de Rhett.

Mientras comíamos se escuchaba el sonido de los cubiertos. Mamá le daba de comer a Astrid y papá a Austin.

—Y Rhett, ¿cómo conociste a nuestro pastelito? —preguntó el Tata removiendo su comida.

Rhett sonrió.

—Es una graciosa historia. Yo llegaba tarde para mi clase de Química y estaba buscando el salón, choqué con alguien y al mirar al piso, vi una cabeza roja, era su pastelito. —Rio divertido—. Ella también había estado buscando su salón, que resultó ser también Química. Y luego en la clase nos emparejaron.

En la mesa mis padres y el Tata rieron comentándole a Rhett cuan torpe era.

—Eh, por si acaso estoy aquí. Puedo escuchar sus comentarios —dije algo malhumorada.

Papá me ignoró, continuando con su relato a un divertido Rhett.

—Cuando mis pastelito tenía ocho años, le gustaba saltar en la cama. Una vez, Aubrey saltó cuando le habíamos dicho que no lo hiciera, y se cayó de cabeza. La llevamos de emergencia al hospital porque su cabeza estaba abierta.

El Tata rio. —Ah, me acuerdo de eso. —Se dirigió a Rhett, dejando su plato a un lado—. Estaba saltando en la cama de sus papás y se cayó de cabeza. Creo que por eso ahora es como es.

Miré al Tata con el ceño fruncido.



MarieJenn

Editado: 01.03.2019

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