Escape de la colina

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Sin dejar pistas

Mi cabeza iba a estallar con las pruebas finales, entré directo al aula sin siquiera saludar a nadie, frotaba mis sienes para contestar lo correcto, había estudiado por horas pero de nada me sirvió, mi mente vive atormentada constantemente, necesito respirar un poco o enloqueceré.

Taché a tientas lo que creí cierto, escribiendo un pequeño resumen, mi cerebro ahora mismo estaba cerrado.

Guardé mis cosas colgándome la mochila en el hombro, miré a la profesora que observaba el lugar con detenimiento, seguramente era ciega porque puedo captar perfectamente como los de la esquina superior se pasan las preguntas, en fin, me levanté entregándole el examen, Rachel y Edward no dejaban de mirarme, eso me ponía un tanto tenso.

Salí del salón caminando por los largos pasillos, en uno de ellos había una cartelera inmensa de fotos, paré un instante prestandole atención al contenido, eran fotos de alumnos desaparecidos, no conocía ni a la primera ni al segundo, pero los siguientes si, estaba Clara, una chica que se destacaba genial en el baile, Justin, solo era drogadicto que empezó a acosarme desde el primer instante que entré a esta universidad, por último, mi querido Christopher, sonreí acariciando su foto, era tan tierno que me daban ganas de ir y desenterrarlo para guardarlo solo para mi en una pequeña caja, pero seguramente ya no quedaba nada de su cuerpo.

Los asesinatos me han perseguido por mucho tiempo, no me voy a poner a recordar, mucho menos los de mi padre, ellos tenían una manera mágica de atormentarme, venían a mi cuando más necesitaba descansar, en mis momentos de soledad atacaban más fuerte y mi ansiedad crecía, desvié la mirada de la cartelera siguiendo mi camino, llegué al estacionamiento encontrándome con Mario.

—Al fin te veo — me dijo un poco agitado.

—¿Tiene alguna gracia? — pregunté enarcando una ceja.

—Quiero disculparme — dijo poniendo sus manos por detrás.

—Esta bien, cualquiera haría esa pregunta, el problema soy yo — dije suspirando —Podemos seguir hablándonos—

—Me alivia escuchar eso, no deberías estar molesto con tus mejores amigos—

—Estoy muy normal créeme — sonreí haciéndolo a un lado para llegar a mi camioneta.

—¿Quieres unirte a la fiesta de esta noche? — me preguntó desde lejos.

—No — respondí sonriendo, encendí el motor partiendo del lugar.

Revolví los cajones, tire todo al piso, jale las cortinas y aún así el coraje no me pasaba, necesitaba quitar tantos recuerdos de mi mente, esta casa me tiene atrapado y yo ni siquiera tengo fuerzas para dejarla, volver aquí, es como volver a revivir todo.

Grité un poco más dando golpes en la pared y contra mi cabeza, ¿que sentido tenia seguir viviendo? apreté mis ojos sin ganas de querer llorar, no volví a llorar desde que murió mi madre, seria decepcionante que lo hiciera ahora, me recosté de la pared tratando de calmar mi pulso, no quería perder el control cuando estaba solo a días de graduarme, me repuse, caminando hacia mi habitación, quité mi camisa volviendo a observarme el tatuaje, me gusta tanto.

Localice el sonido presionando play, amaba las canciones de los 80, una que otra letra no me hacia daño más de lo que podía hacérmelo yo mismo, busqué unas tijeras sentándome en la cama, me miré en el espejo que quedaba hacia el lado derecho, era uno de cuerpo completo que podía mover a cualquier lado, apreté la tijera viendo mi propio aspecto uno momento, agarré correctamente el objeto y con mi otra mano tomaba mechones pequeños de mi propio cabello, di unos cuantos cortes dejándome un look diferente a lo que solía ser, cada pedazo lo deje en picos que caían por mi rostro, el cabello largo me ayuda bastante, los flecos resultaron una maravilla, el cabello deshecho se regó por todo el suelo, di un ultimo corte un poco detrás donde cayó el mechón en mi cuello, tomé respiraciones profundas volviendo a mirarme al espejo.

Este era yo, el verdadero Dylan, mi cuerpo sudoroso y mi aspecto cansado, con mis ojos apagados, mis manos desgastadas, mi piel pálida con marcas de guerras vencidas, el cabello despeinado como acostumbraba hace un tiempo, aveces me amaba, aveces me odiaba, aveces sentía orgullo por mi mismo, otra veces solo quería morir.

Guardé la tijera buscando una escoba y recogedor para limpiar el espacio donde me había cortado el cabello, me sentía renovado a decir verdad, tiré la basura en el bote de afuera viendo hacia la ciudad, algunas casas se encontraban cerca de la mía, pero no tan cerca, podría hacer lo que quisiese aquí, nadia iba a oír, ni hablar como mucho menos ver, lo único que retumbaba en mis oídos era el sonido del viento que golpeaba con fuerza hacia los arboles, vi a todas las direcciones refrescandome con el ambiente, así como odiaba los recuerdos de estar aquí, también amaba sentirme bien, porque aquí podía ser yo mismo sin esconder nada.

Bajé con prisa hasta el sótano donde tenia guardadas muchas herramientas y armas, estaba la escopeta con la que solía cazar mi padre una vez que nos mudamos aquí, dos pistolas calibre 25, también estaba una de calibre 40, mi padre había robado tantas armas que ya no recuerdo el numero que se encuentran acá abajo.



Kimberly Zamora

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En el texto hay: suspenso, dolor

Editado: 26.03.2018

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