Escape de la colina

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Decisiones correctas

La mañana estaba nublada como mi alma, busqué el traje vistiéndome después de bañarme, el día más esperado ha llegado, después de hoy ya no volvería a esa estúpida universidad, amarré la corbata roja excediéndome con la presión en mi cuello, la dejé allí que apretara con fuerza mientras me miraba al espejo, mi rostro se iba enrojeciendo con venas a casi explotar, respiré profundamente desatando el nudo con rapidez, esto me quitaba la ansiedad que parecía crecer cada día con descontrol.

Pulí los zapatos viéndolos brillar, ya estaba listo, solo tenia media hora para estar allá, hace rato que ya no le contesto los mensajes ni las llamadas a nadie, parecía como si estuviese perdiendo a mis mejores amigos y eso dolía, ¿pero para que atenderles?, en la universidad no hacen mas que ignorarme después de lo que pasó en la finca, ¿para que fueron mis amigos tanto tiempo?, ¿para abandonarme así?, ¿les daré mucha vergüenza?, si, ha de ser eso, lo que ellos no toman en cuenta es que eso esta consumiendo mi alma poco a poco, ahora no era una sensación de protección, ahora solo había una sed hacerles muchas preguntas.

Cogí los lentes poniéndolos perfectamente, solo tomé un poco de fruta antes de irme.

El sitio estaba repleto de personas, todos con sus familias, algunos tenían pareja, me senté en los primeros asientos después de que me entregaron la túnica y el gorro de graduación, me acomodé los lentes que habían resbalado por el puente de mi nariz, veía la interacción entre todos tratando de lucir calmado, mi mente enferma no dejaba de hacerme malas jugadas, tosí sintiendo mucho calor, no quería desesperarme por estar rodeado de amor y alegría, no pertenecía a este entorno, nadie me quería acá, era tan invisible que ni siquiera sé para que vine, me removí un poco en el asiento viendo a Mario desde lejos, él gentilmente agito su mano saludándome, le devolví el gesto con una débil sonrisa, tal vez iba a ser el único que me notaria, prácticamente estaba solo, mientras los demás disfrutaban con sus seres queridos, moría por asesinarlos a todos en este instante, pensé con claridad negando ante esos pensamientos, ellos no tienen culpa de mis desgracias, sin embargo estaría muy mal si se metiesen en mi vida, gracias al cielo eso no ha llegado a pasar, no han corrido con la misma suerte de mis fantasmas en la colina.

La ceremonia empezó con algunos maestros hablando, me mantenía callado con la vista perdida hacia cualquier lado, llamó de a poco a todos los estudiantes incluyéndome, solo me pusieron la medalla junto con el diploma, sonreí falsamente hacia todos sin decir ninguna palabra como lo habían hecho algunos, hubieron lagrimas, emociones, risas, temas entretenidos de los cuales no estaba realmente interesado.

Al terminar me quité la túnica y el gorro dejándolo encima del escenario, guardé la medalla en mi bolsillo enrollando el diploma entre la palma de mi mano, ya tenia mi certificado como excelente en mecánica, de pronto me pregunté para que me serviría esto, era un asesino serial, uno muy listo y astuto por cierto, ¿para que quería otra profesión?, las expectativas de tener una vida normal no existían, tal vez tarde o temprano me iban a descubrir, pero haría lo posible para que eso no fuera tan pronto.

Fui por mi camioneta observando a Rachel y Edward conversar con un grupo de chicos, ellos me miraron sin ninguna expresión, quise levantar mi mano e ir allá, esas eran mis intenciones, pero ellos solo tomaron sus cosas yéndose de allí, como si mi presencia los hubiese espantado por completo, ¿que estaba pasando?, tenia que averiguarlo.

Tomé el camino a casa quitándome el estúpido traje el cual llevé a mi patio trasero quemandolo en un bote, seria nefasto conservarlo, volví comiendo un poco de pizza recalentada recostándome al acabar en el sillón, solo me puse a mirar las paredes, las cuales eran de un tono blanco, estiré mi brazo encendiendo la tv sintonizando el canal de música, sonreí suspirando disfrutando de la melodía, simplemente había sido un día más, mi cerebro se apagó impulsándome en un profundo sueño.

 

—¡Vamos jala el gatillo! — me gritó mi padre sentando en el sofá.

—No me obligues — susurré furioso apretando el arma, mis ojos se inundaban de lagrimas, pero no, de nada valía llorar.

—Acaba con este monstruo de una vez por todas — gruño mirándome fijamente.

—¡Cállate! — exclame apretando los ojos.

—Vas a quedarte bien, no tienes que preocuparte en hacerlo — dijo burlándose.

—¿Porqué? dime porque me convertiste en esto—

—Algún día me lo agradecerás — dijo irónicamente.

—Tienes la culpa de todo — escupí con rabia.

—¡Matame ahora! — gritó intentando levantarse.

Cerré los ojos presionando aquel gatillo, un enorme destello de luz cegó mis ojos.

—¡No! — grité desesperado abriendo mis parpados, al ver bien todo mi alrededor me calmé, estaba cansado de esto, no podía dormir un instante tranquilo.



Kimberly Zamora

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En el texto hay: suspenso, dolor

Editado: 26.03.2018

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