Espejo Roto: Nebun

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I- El Paraíso.

Saltó. Nadie escuchó los gritos previos, pero sí el impacto de su cuerpo contra el pavimento. Allí estaban todos mirando su desmadejado cuerpo en el suelo. Un charco carmesí tiñó su ropa.

«Era tan buena» decían entre lágrimas frescas. «Se merecía el cielo», se lamentaban. Pero de su vida habían hecho un infierno. Ignorando sus gritos previos, anulando su esencia y censurando sus palabras. Ignorada en vida.

A los tres días se preguntaban qué era la mancha de sangre en la calle. Al mes, la tumba estaba cubierta de yuyos. Para los diez años ya su nombre estaba olvidado.

Era tan buena, se merecía el cielo; quiso volar de su infierno y el pavimento abrazó sus entrañas y el frío de la indiferencia la arropó. Allí donde los yuyos crecían salvajes, donde nadie recordaba su nombre, Nebun sonreía, con la cara desfigurada y ya sin lágrimas en los ojos.

Cada noche, cuando el manto estelar cubría el firmamento, Nebun se levantaba y abandonaba de su lecho húmedo,  y recorría el Camposanto. A veces, acompañada de las alimañas nocturnas, a veces sola con sus pensamientos. Pero siempre con una sonrisa en su desfigurado rostro. Siempre con la locura brillando en sus ojos velados. En poco tiempo había recorrido de palmo a palmo el cementerio, conocía cada tumba y nicho, se alegraba por las flores que decoraban las tumbas, y al mismo tiempo una punzada de dolor la recorría cuando se encontraba frente a alguna sepultura nueva. Su tumba yacía cubierta completamente por la salvaje vegetación.

Comenzaba a aburrirse de la monotonía de este paraíso, el eco de sus gritos ya no espantaba a las aves nocturnas, su cabello cada vez que se lo arrancaba a tirones, reaparecía cuando la luna volvía a reinar.

Una noche, cerca de la hora de las brujas, mientras observaba el vaivén del viento en las desnudas ramas de los árboles, escuchó un sonido. La sonrisa medio desdentada centelló en la oscuridad, y emprendió un paseo en busca de aquel  sonido. Esperaba que fueran excursionistas, pues hacía tiempo había notado que, de vez en cuando, algún grupo de niñatos paseaba por el Camposanto de noche en busca de fantasmas. Cuando eso sucedía  ella les daba el show que buscaban y más; pero hacia un largo tiempo que no aparecían esos grupitos. Se agazapó tras un nicho y observó manteniéndose lo más quietita que su tembloroso cuerpo le permitía.

Frente a una tumba fresca, había una persona arrodillada. Desde la distancia podía notar la leve sacudida de aquel cuerpo. Sus ganas de montar un show desaparecieron. Nebun volvió a su lugar, caminando a paso lento. Iba pensando en que nadie nunca se había arrodillado en su tumba, nadie nunca le había dejado flores o arreglado el césped. La vegetación la abrazó cuando se recostó en posición fetal a la sombra nocturna de su lápida.

Quiso sonreír y no lo logro. El frío del amanecer le caló los huesos rotos. Nebun lloró hasta que el sol acarició el nombre tallado en la piedra.

Cuando despertó, la noche siguiente, volvió a escuchar un sonido cerca, pero no se movió. Pasó varias noches más sin moverse de su tumba, dejando que los gusanos retozaran en su carne fétida, mientras el sonido se repetía cada noche un poco más cerca.

Le tomó un par de días reponerse del festín de los gusanos.  Cuando emergió al fin, una rosa blanca decoraba su tumba. Nebun sonrió con la cara desfigurada y la sonrisa iluminó la locura en sus ojos, más allá de los dientes partidos y los huesos rotos. Estaba feliz como jamás en su vida se había sentido. Porque había vivido un infierno en su vida, porque su muerte, era el más hermoso de los paraísos.

 

 



Catalina Jacob

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En el texto hay: drama, amistad, zombies

Editado: 21.02.2018

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