Essentia

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Essentia

—Vengo a que me digas la verdad… Toda la verdad, y más te vale que esta vez no omitas nada.

Jason se hizo a un lado para dejarme pasar, sin demostrar más que una absoluta indiferencia. Cerró la puerta después de echarle un último vistazo a la calle, asegurándose de que no hubiera nadie. Tomé asiento en una esquina del sofá mientras él ocupaba el sillón más cercano.

Repasé sus facciones y guardé para mí cada detalle, como si en cualquier momento fuera a desaparecer de nuevo. El impulso de saltar de mi puesto y abrazarlo era fuerte, pero más lo era mi curiosidad por saber lo que había pasado.

—Sabes más de lo que nos hiciste creer la otra vez —rompí el silencio sin moverme del lugar—. Y espero que confieses ahora que solo estoy yo.

Enarcó una ceja y se reclinó en el asiento, apoyando los brazos a cada lado.

—¿Y por qué te diría algo ahora? —preguntó tranquilo, pero pude detectar un brillo de esperanza en sus ojos.

—Pues la familia va primero… Destino —le recordé el apodo que hace años no había utilizado. Él suspiró aliviado y se relajó en el asiento.

—Aún lo recuerdas —comentó con una sonrisa. Yo también me relajé en el sofá; no me había percatado de lo tensa que estaba, considerando que tal vez había confundido a Jason, y que las marcas en su espalda solo eran la muestra de un pasado similar al de mi hermano.

Pero no. La verdad es que tenía enfrente a mi hermano mayor, lo poco que quedaba de mi familia, y la sensación de abandono que me invadió tras la muerte de mamá se alejó de mi pecho.

—Elizabeth, no sabes lo mal que la he pasado todos estos años.

Jason pasó a narrarme la historia de su estadía en la clínica de salud mental, experiencia de la que solo podía salvar como buenos los momentos de descanso que le permitían, y en los cuales se dedicó por completo a la lectura de libros de química y biología para conseguir lo que tanto había buscado desde que era un niño: revivir las almas de los muertos.

—Pero un día me dije que estaba siendo muy egoísta —confesó—. Solo pensaba en mis intereses, mientras tú estabas por ahí en cualquier lugar, desprotegida… —Apretó las manos en puños y frunció el ceño. Luego estiró los dedos tensionados y levantó la cabeza—. Pero entonces tuve una revelación. Ya tenía la fórmula para traer el alma de una persona, pero me faltaba el recipiente que pudiera albergarla. Consideré las ventajas que tendría compartir tu cuerpo con otro ser: si escogía bien, podrías conservar la fuerza, los conocimientos o las habilidades de quien te ocupara temporalmente.

Se levantó del sillón y fue a sentarse a mi lado. Tomó mis manos entre las suyas y me miró a los ojos.

—¡Era la solución perfecta! El único precio a pagar sería que te controlara por unas horas para cumplir su último propósito, pero no es nada en comparación con lo que su esencia haría por ti.

Pasó a explicar todos los intentos fallidos que tuvo antes de dar con el procedimiento adecuado; ya tenía preparada la mezcla que me convertiría en un receptor de almas —decidió llamarla Essentia—, pero no sabía cómo llevarlas a mí.

—Estás loco —interrumpí su relato, sacudiendo la cabeza sin poderme creer todo lo que decía. No era posible que alguien tan joven y con educación tan escasa pudiera hacer algo así. No quería lastimarlo, pero traté de hacerlo entrar en razón. De seguro solo se estaba llevando el crédito por un suceso natural e inexplicable.

Me miró incrédulo.

—¿Solo por tener una revelación? —Se levantó del sofá y comenzó a dar vueltas por la habitación… es decir, por toda la casa—. Ahora dime, ¿cuál es la diferencia entre alguien que asegura haber visto a Dios, y yo? A ellos los llaman santos por exponer sus fantasías religiosas, pero a mí me tacharían como un demente por revelarles algo humano, algo científico y comprobable.

No respondí nada y lo insté para que continuara su monólogo. No es que no creyera en sus capacidades, pero recibir tanta información de golpe no era cosa fácil.

Pero antes de continuar su investigación tenía que escapar del hospital en el que lo tenían cautivo. Recibió ayuda de una doctora, que se encargó de eliminar todas las fotos o retratos que se tuvieran de él para evitar futuras persecuciones. Hizo un trabajo impecable y al final lo ayudó a salir del hospital sin levantar sospechas. Cuando se percataron de su ausencia, Jason ya estaba lo suficientemente lejos de Melbourne y contaba con una nueva identidad.



Elena Grey

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En el texto hay: ficcion juvenil, asesinatos, obsesion

Editado: 01.01.2020

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