Estoy contigo.

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 6. Padres.

Cuando Rafa se recuperó volvimos a retomar las visitas a la psicóloga. Sonia hacía pequeños avances con Rafa y él se mantenía feliz siempre que yo estuviera a su lado, por lo que todos contentos, incluso yo. Aquellos días en los que me entregué por completo en vigilar la salud de Rafa llegué a cogerle cariño, a él y a su aniñada y cándida forma de ser. Sin pretenderlo me había convertido en una, entre comillas, madre que mimaba demasiado a su niño. Le compraba cuanto me pedía mientras que estuviera en un precio razonable. El hombre había salido goloso, cada vez que iba a comprar, él terminaba con algo dulce en la boca y yo, desobedeciendo mi norma anti-azúcar, me acostumbré a picar entre horas algo dulce. Cuando Rafa me pedía salir solo hacía falta que me lo pidiera con la mirada para que ya tuviera un pie fuera de la casa. Aquellos paseos que en un principio se resumían en vueltas a la manzana se alargaron hasta llegar al parque de <<El delfín>>, un lugar preparado para los niños, con columpios y toboganes suficientes para quemar sus energías y, preparado para los adultos en el simple hecho de un paisaje florecido y verde donde no faltaban los bancos para disfrutar de la tarde.

A pesar de todo, nuestras continuas visitas al parque ayudaron a Rafa a hacer amigos, todos los días lo llevaba allí y jugaba con un niño de pelo oscuro y ojos redondos que parecía no importarle las diferencias físicas entre ambos.

Aquel día, al igual que todos los días en los que habíamos pasado la tarde bajo los rayos de un sol que invitaba a la utilización de camisetas de mangas cortas y pantalones piratas, vigilaba a Rafa desde un banco bajo la sombra de un enorme árbol del cual desconocía el nombre. Una señora de unos cincuenta años se sentó junto a mí, en un principio no hizo otra cosa que saludar con una sonrisa, pero no tardó en acercarse, en más o en menos de cinco minutos ya habíamos establecido una conversación.

Por su acento y porque su cara no me sonaba deduje que no era de aquí y tenía razón. Aquella mujer, Patricia, según se había presentado, era una mujer del norte que se había mudado algo más al sur junto a su esposo y sus tres hijos, dos de los cuales correteaban por el parque. De mí la verdad es que se enteró bien poco, yo no soy una persona que le guste hablar de su vida y menos a alguien que no llevaba ni quince minutos hablando conmigo.

—Mi hijo, el pequeño, está obsesionado con los tigres, se lleva todo el día rugiendo. Pero eso es normal, a todos los niños le da por algo, ya te darás cuenta.

De lo que me di cuenta era de que Patricia se había hecho una idea errónea de mí. Yo para ella era una madre normal que venía a llevar a su hijo al parque. Qué distinto de la realidad.

—Mira, ese de rojo es mi Miguelito, el mediano. Crecen tan rápido —<<Y tanto>>, pensé para mis adentros—. ¿Y tu hijo quién es?

—Bueno, yo... eso... —sí, me quedé en proceso de buscar las palabras, ¿cómo se suponía que debía explicarlo? No hizo falta hacerlo.

Corriendo hacia mí con la respiración acelerada y empapando en sudor llegó Rafa. Se paró enfrente mía y me enseñó con ilusión el regalo que su nuevo amigo le había dado.

—¡Laura! ¡Laura! ¡Mira lo que Carlos me ha regalado! ¡Un tattoo de Spiderman! —en su brazo había un pequeño hombre disfrazado de azul y rojo de una postura bastante incómoda.

—Qué bonito —Rafa se fue feliz y yo me volví a quedar sola con Patricia—. Si que crecen rápido... —musité tomando sus palabras como mías.

Recuerdo los siete minutos contados en los que aquella mujer fue incapaz de pronunciar palabra, creo que en su mente intentaba entender la situación. Cuando su boca se cerró supe que ya lo había comprendido más o menos a su manera, no volvió a hablar porque no sabía cómo comenzar una conversación y yo que no era persona de hablar, me mantuve callada. Cuando se despidió, con tiento, me dio un consejo <<Algunos niños son más difíciles de criar que otros pero todo se consigue con paciencia>>. Y con eso tenía yo que alimentarme, unas cucharadas de paciencia cada mañana en el café me ayudaban a llevar el día. Aunque a decir verdad Rafa era un niño/hombre bueno y obediente, en pocas ocasiones tenía que regañarle y cuando lo hacía yo misma me sometía a una presión enorme por reprenderle sin gritos ni enfados.

Pero aquella mañana me encontraba más nerviosa que nunca y pensar que Rafa pudiera comportarse mal con los que nos visitaban me estaba volviendo loca. Limpié la casa de arriba a abajo dos veces y a la tercera vez me di cuenta de que si seguía quitando el polvo de los muebles los terminaría por desgastar, me duché para despertarme y lo volví a hacer después de comer, me peine de mil maneras diferentes y terminé quitándome todo los peinados. Obligué a Rafa cepillarse los dientes una vez tras otra, le quité la barba de la cara que recién cortada del día anterior no había tenido tiempo a salir... Y así con todo lo que hice desde las claras de la mañana hasta la hora de la merienda.



AllisonMonroe

#5123 en Novela romántica
#941 en Chick lit

En el texto hay: recuerdos, memoria, amistad amor

Editado: 01.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar