Estrella Fugaz

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Introducción

El invierno está tocando a la puerta. Me encanta esta estación; llena de días nublados, a veces con neblina, otros con ligeras brisas. Es la estación de la que más gusto. Las calles normalmente vacías; la mayoría de personas se resguardan en sus hogares, se entregan a sus celebraciones y jamás se percatan de lo que pasa fuera. Hasta la policía evita hacer sus rutinarios rondines. Son estos días perfectos para andar por ahí, vagando sin rumbo, observando tranquilo sin levantar sospecha alguna. ¿Quién caminaría en el gélido viento sin propósito alguno? ¡Correcto! Nadie. Así que caminar por ahí no es sospechoso, más bien, necesario.

Aún es temprano. El sol lo baña todo con esos rayos blancos suyos que poco calientan, pero que mucho incomodan. Las palomas comen grano a mis pies, entre los charcos que reflejan el nublado cielo. Tiene rato que me encuentro sentado en la banca más alejada del centro del pequeño parque, de la pequeña ciudad a la que pertenezco, por el  momento. <<No daré el nombre del lugar donde vivo, tampoco daré grandes detalles de ningún sitio, sería poco inteligente si lo hiciera>>. Creo que así debe empezar el escrito. Sólo describiré lo necesario para que el relato tenga sentido. Miro las palomas picotear las baldosas húmedas, algunas no pueden hacerse con el grano que es muy pequeño y se levantan sacudiendo la cabeza, creo que les ha dado jaqueca de tanto golpe infructífero. Dirijo la mirada hacia el grupo de cafeterías que en un tiempo me significaron nada y me estremezco al recodarla, la chica de los labios rojos. Por un momento creo que estará por ahí esperando a que la vea para regalarme una sonrisa. Sería estúpido creer que la encontraré a ella, pero cabe la posibilidad de encontrar a alguien similar, de labios rojos y cabello negro intenso. Pero no me apetece levantarme y comprobarlo, su recuerdo aún está fresco, aún duele. Aunque no fuimos nada, debo guardar luto. También evitaré pasar frente a aquella tienda.

No acostumbro llevar un diario para anotar cada paso que doy y si pienso en llevarlo ahora es para dejar constancia de lo cerca que estuve de la redención divina, de una cura a la enfermedad que me aqueja antes siquiera de mi razón. Lo empezaré esta tarde cuando madre duerma. Tal vez así, sellando su recuerdo, pueda olvidarla. Cuando a un recuerdo se le pone nombre es más difícil de olvidar, pero tarde o temprano, si se hace buen esfuerzo y de verdad se quiere, el recuerdo termina por ceder, por difuminarse, aunque no lo hace del todo, nada desaparece por completo, pero al menos deja de doler, de eso estoy seguro.

Levanto el periódico a la altura de mi rostro, dispuesto estoy a empezar a leerlo mientras espero que llegue la hora de entrar a misa. <<Domingo, 25 de noviembre>>, ha paso una semana y entonces siento como me hundo de apoco en los recuerdos…

 



Oscar H

Editado: 29.12.2018

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