Estrella Fugaz

Tamaño de fuente: - +

Domingo, 18 de noviembre

Domingo, 18 de noviembre

Las mejores aventuras y experiencias se viven los fines de semana y un viajero consolidado lo sabe. Incluso aunque no esté comprobado aún, creo que los descubrimientos más destacables para la humanidad, se hicieron un domingo.

Como todos los domingos a las once de la mañana salimos de la iglesia. Desde pequeño mi madre me inculcó lo importante y necesario de la oración para lograr la paz en la vida adulta. Y ahora que ya no puede caminar, debido a que la diabetes le ha quitado ambas piernas, soy quien la trae a misa. Empujo todos los domingos la silla de ruedas diez cuadras hasta la iglesia con la mirada clavada en la llantas de ésta, imaginándome una rueda de la fortuna, nunca he estado en una, madre dijo que era muy peligroso para mí.

La mañana es magnífica, al menos a mí así me parece. Las familias salen de la iglesia, juntas, sin dispersarse, sus rostros meditabundos reflejan que la misa ha cambiado algo en ellos. Sé que no es así.

Mi  mejor parte del día, sin duda, es ésta. Vienen muchas mujeres y aunque ellas no lo saben, las conozco bien. El difícil tapar el sol con un dedo. Sólo se necesita las fuentes correctas, saber dónde buscar, para conocer un poco a las personas. Pero los cuchicheos no son mi fuente, no necesito investigar, no es mi caso. Ninguna lo sabe, pero las he visto actuar de tal manera que una mujer decente no se prestaría y mucho menos una casada. Suelo estar parado por ahí, tras el árbol del bosque más cercano, tras las enormes rocas de los ríos, en los que no suele haber nadie por las noches, en medio de los autos en un estacionamiento; suelo estar ahí, en el momento indicado de la consumación del pecado. Así que no, no hay intermediarios en la información que poseo.

Evito mirar a esas pecadoras en las inmediaciones de la iglesia. Pero aun observándolas con detenimiento, es raro que despierten en mí, algún tipo de interés de carácter sexual. Sin en cambio alguna de sus hijas sí logran hacerlo. Pero me detengo y me reprendo por la osadía de mirarlas. Hay que ser lo bastante idiota para no saber los problemas legales que conlleva el intentar mantener una relación con una menor de edad. Por no contar con el problema en el que me metería con ella, al poder joder sus planes. Pero todo esto no es lo que en verdad frena mis intenciones; el carácter aún no bien forjado, el miedo a experimentar cosas que para un adulto son normales y el comportamiento tan infantil, por no hablar del irracional miedo que las paraliza, es lo que me ha llevado a alejarme de ellas con todo el dolor de mi corazón, y no de buena manera debo admitir si me lo preguntan. Lo único que me consuela es que, tarde o temprano crecerán y estoy tan seguro que cuando llegue el día, estaré ahí; esperando, afinando pacientemente mis métodos, helando los sentidos. Jamás termina uno de acostumbrarse a los gritos.

Madre posa la cálida mano sobre la mía y al mirarme como últimamente lo hace, veo lo débil que se ha vuelto su carácter y lo frágil de su cuerpo. Es casi increíble ver cómo una persona fuerte, activa, termina sus días de manera tan indignante. Detengo el paso y la silla de ruedas chirria en protesta. 

—Hoy cumples  treinta años —dice madre con voz castañeante y queda—. Hagamos algo nuevo para celebrar.

Asiento con la cabeza y dibujo en mi sombrío rostro una fingida sonrisa. No me gustó que me sacara abruptamente de lo profundo de los recuerdos que almaceno de aquella mujer que ahora camina de la mano de su marido  como si lo amara y lo respetara. Seguro que su esposo no la miraría como lo hace si supiera que las reuniones de su esposa con sus amigas terminan siempre en el auto del esposo de una de ellas, escondido en un lote baldío, entregados sin remordimiento alguno, a los bajos instintos. De verdad que toda esta hipocresía me enfurece, me enferma.

—¡Hijo! ¡Esteban! —Insiste madre y al posar mis ojos en los suyos prosigue— ¿En qué piensas? —Me encojo de hombros— Vayamos a aquel café.

Acatando la orden y arrastro los pesados pies tras la silla de ruedas, nos encaminamos hacia el establecimiento que madre, con jovial alegría, ha señalado con el dedo.

De un tiempo a la fecha pululan los cafés por toda la ciudad a tal grado que le parecería normal a un extranjero ver los establecimientos abarrotados de clientes.  El café al que nos dirigíamos esta recién inaugurado y lo nuevo siempre llama la atención no importando su simplicidad. Sin en cambio no puedo apartar la mirada de aquella infiel mujer.  Viéndole bien, es bastante guapa y atractiva y tiene un brillo en los ojos que llama mi atención. Si solo tuviera un par de años menos, seria perfecta. Hago un barrido visual, desesperado por encontrar rastro de alguna hija suya, pues no me hago una idea de lo hermosa que en su veintena lo fue. Pero mi búsqueda está destinada a fracasar. En ese momento vuelve la mirada hacia mí, por lo menos en la misma dirección en la cual me encuentro y con la mano me señala. El corazón se me estruja. Muchas cosas pasan por mi cabeza. No me da tiempo de desviar la mirada que tengo posada en ellos y lo único que se me ocurre es mirar el cielo en busca de un cúmulo de nubes, con la esperanza de que crean que compruebo que no lloverá pronto. Por fortuna no soy quien atrae su atención. Es ya normal para mí el pasar desapercibido ante las personas, no me disgusta en lo más mínimo, ser invisible tiene sus ventajas. Parece que el nuevo café fue lo que llamó su atención o por lo menos era el tema de la plática que imagino mantiene con su marido mientras se alejan.



Oscar H

Editado: 29.12.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar