Estrella Fugaz

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Martes, 20 de noviembre

Martes, 20 de noviembre

En cuanto he salido de trabajar me puse en marcha hacia una boutique. He encontrado varia ofertas ya aunque la ropa no es de mi completo agrado, me hace lucir presentable y un poco más interesante de lo que en verdad soy.

Nota: tengo que trabajar en mi ceño fruncido y en mi sonrisa; patéticos gestos tengo. No pude evitar reír mientras me probé la ropa frente al espejo y la señorita que me ayudó pareció incomodarse. Seguro le parecí un psicópata.

Me la he pasado buen tanto de la tarde sentado en una banca del parque, mirando levantar las cabezas de las desconfiadas palomas mientras picotean las migas de pan que les he aventado. No ha supuesto un reto enorme no volver la mirada, hacia el café donde trabaja, como he imaginado. Me siento orgulloso de mí, parece que tengo el control de nuevo. También tengo que dar merito a que he tratado de adivinar su nombre y eso ha mantenido mi mente ocupada. Pero ningún nombre que me vino a la cabeza me satisface. Tendré que esperar. Si me decido, tal vez mañana haga el primer movimiento.

Pero mi total optimismo es opacado al mirar una fotografía de ese hombre en el periódico que un niño pasó vendiéndome. Hay recuerdos que lleva tiempo suprimir y éste, es uno de los que aún no logra cuajar.

No fue culpa mía. Y cual quiera en mi posición me dara la razón. De verdad que no fue mi culpa… esa niña me mintió al inventarse una edad de la cual carecía. Fue completamente su culpa. Y al llegar al lugar acordado y comprobar que no era el chico que dije ser, se puso histérica y amenazó con contárselo a sus padres. ¡No podía permitírselo! Hubiera sido mi completa ruina.

Hay errores que uno no se puede dar el lujo de cometer, porque cuestan la vida.

Un día después de la desaparición de la adolescente, un hombre se las ingenió para contactarme y me citó en las inmediaciones de un campo de futbol poco utilizado en las afueras de la ciudad. No pude negarme, me tenía tomado por las bolas.

Pensé que iría hacia mi muerte, pero cuando divise al verdugo solo, comprendí que sus intenciones, tal vez, no eran las de tomar venganza contra mí.

La conversación se tornó acalorada al yo negar cada afirmación de él. Y fue sólo después de que reveló sus intenciones, y después de fingir que le comprendía, que se tranquilizó.  Quería un pago en metálico por su silencio. Aunque ya había negado, con bastante antelación y  ahínco toda relación con la joven, si hablaba con la policía, sería cuestión de horas para que me enjuiciaran. Pero ese hombre poco inteligente cometió una indiscreción, la última de su vida. Me confesó que no le había contado a nadie lo que había visto y que nadie sabía que vendría a verse conmigo en un lugar tan apartado. Supe que él no quería ser sospechoso. Tal vez de esa manera también ocultaba sus huellas de una actividad delictiva de la cual nunca conoceré. Pensó que era un inocente y marginado hombre reprimido y cobarde. Pero no, no soy tan cobarde, nadie es tan cobarde como para no enseñar los dientes aun sabiendo que puede morir de un momento a otro. Que tonto e iluso de su parte creer que no le haría daño sólo por tener una compleción física superior a la mía. Sólo el más grande de los idiotas deja bailando su destino en las manos de una suposición tan pueril.

Mi plan no era otro que el de morir rápido si la situación se complicaba. Pero jamás imaginé que la cosa resultara ser una transacción irrisoriamente simple.

 Sin otra intención más que la de darle lo que demanda, saco la cartera y extraigo todos los billetes y extendiéndole la mano, se los doy. No puedo borrar de mis recuerdos esa estúpida sonrisa suya.  Su nerviosismo aflora al ver en dinero. Tal vez no espera que reaccione de esa manera y por eso no puede ocultar su felicidad al tocar el papel moneda con esas gordas manos sudorosas suyas. Y fue eso, su nerviosismo, lo que le echa la última palada de tierra, sobre un cajón hecho de podrida madera, armado y asegurado con clavos viejos y oxidados que, espera en lo oscura de la fosa que será su morada hasta el día del juicio final. Es en ese preciso instante, en el intercambio del dinero que, uno de los billetes, el de mayor denominación, es arrancado de las manos avaras del hombre y vuela gracias la fuerza de una ventisca de frío viento que nos despeina. El billete flota primero hacia un lado y luego hacia el otro, dibuja una espiral hasta quedar junto a sus enlodados zapatos que hacía pocas horas habrían estado perfectamente lustrados. Me mira con esos grandes y nerviosos ojos y al ver en mi rostro el nulo interés que tengo de él o de cualquiera de sus actos, se dobla a recogerlo.

En ese momento experimento el estado tan familiar que aflora cuando llega el momento de terminar con el juego. Hasta el gato reconoce las señales que le envía el universo cuando llega la hora de terminar con la nauseabunda vida del triste y miserable ratón. Mi cuerpo se sume en un estado cataléptico al verle agachado, indefenso y a mi merced y una voz en alguna parte de mi turbada mente carcajea regocijándose ante la fortuna con la cual me sonríe la vida, como el malabarista que tanto ha sufrido por un truco y al final le sale tan satisfactoriamente que no puede parar de reír. En mis adentros un niño pequeño patalea, brinca y aplaude haciendo resonar el enorme salón vacío de mi cabeza.



Oscar H

Editado: 29.12.2018

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