Estrella Fugaz

Tamaño de fuente: - +

Jueves, 22 de noviembre

Jueves, 22 de noviembre

Ayer de verdad que fue un día genial. A la salida del trabajo con ropa nueva, rostro afeitado, ceño relajado y una sonrisa, me dirigí, sin siquiera haberlo planeado, a la cafetería. Tomé asiento en la esquina que a mi parecer,  mejor panorama me proporcionaba y saqué de mi mochila el que me pareció un buen libro para leer en público; no tan denso como para tener que concentrarse mucho, ni tan juvenil como para dar pena.

Una señorita no tan joven como la mía me trajo la carta y el periódico más leído en la región y  después de ponerse a mis órdenes se marcha. Como era de suponer el diario era el más reciente pero por instinto corroboro la fecha.  Y a juzgar por lo poco maltratado de éste, pocas personas se han atrevido a hojearlo. En primera plana se lee de encabezado <<Ya son seis las jovencitas desaparecidas. ¿Qué está haciendo la policía? >> Leo la nota rápidamente como lo haría cualquiera. No dice nada fuera de lo común. No se ha encontrado rastro de sus paraderos y la policía se compromete con familiares y con la comunidad a no dejar de buscarlas. La nota no dice absolutamente nada de importancia más que resaltar la ineptitud de la policía. Doblo el periódico siguiendo el patrón ya establecido y esto me entretiene tanto que no me percato de la presencia de la mesera que aguardaba a que termine con mi juego para que pueda preguntar si ya sé lo que voy a ordenar.

¿Qué ordenar? Bueno el ordenar una taza de café en un establecimiento que lleva el mismo nombre, no parece una idea tan descabellada. Pero al expresar mi pedido la mesera enarca las cejas como preguntando si es broma. Y después de un segundo de vacilación desaparece dejando una estela de perfume barato y hostigoso.

Escudriño el lugar palmo a palmo con la esperanza de encontrarla. Pero todo apunta a que ese día no ha trabajado y no me armo de valor, más bien, no encuentro la ocasión para preguntarle a la mesera por ella. Además de que habría sido una verdadera imprudencia hacerlo.

Así que después de media docena de tazas de café, con los nervios crispados por la cafeína a la cual no estoy acostumbrado y mirando como mi todo mi plan va cayendo al suelo, decido retirarme del lugar. Ya de pie, dejo un billete que cubre la cuenta y sacando unas monedad para la propina, miro el libro que creí serviría para acercarme a ella; ya no tiene caso dejarlo.

Cruzando el parque con libro bajo el brazo me pregunto si mi plan habría dado resultado, está claro que nunca lo sabré. Pero pensarlo me hace sentir mejor.

En primera instancia pienso en pasar todas las tardes, durante una semana a tomar por lo menos una taza de café y leer el periódico hasta que haya un tipo de relación entre nosotros, no importando que fuera exclusivamente trabajadora-cliente. Pero aquello llevaría mucho tiempo y nada me asegura que todos los días sería atendido por ella. Después pienso en escribir mi nombre, dirección y número telefónico en la contraportada de un libro y ausentarme unos días con la esperanza de que un día me llame y me diga: <<Hola habla Esther, de la cafetería F. Ha olvidado su libro y como no ha venido estos días quiero infórmale que lo tenemos a buen resguardo>>. Así obtendría su nombre con el cual la buscaría en Facebook, pues su hermoso rostro ya lo conozco. Pero esa idea me parece tan fantasiosa como improbable. ¿Además quién que se jacte de lector, en su sano juicio, raya un libro? Es una idea aborrecible y desesperada. Pero por la forma en la que iba vestida el domingo supuse que aún estaba a prueba. Así que ella ni remotamente tocaría el teléfono. Todo tenía que parecer casual, de lo contrario no  conseguiría que depositara su confianza en mí.

Al final decido poner mis datos en el separador; esa idea no la encuentro tan descabellada. Tal vez al día siguiente de olvidarlo, y si ella se encuentra en turno,  la mandarían a entregármelo al verme llegar. Y entonces aprovecharía para preguntarle su nombre.

Pero el plan se ha jodido. Al menos por hoy no lo llevé a cabo.

Y justo cuando empiezo a arrancar todo pensamiento sobre ella, mi vista la encuentra antes de siquiera darme cuenta que la buscaba entre la multitud. Ahí está ella, tras la vitrina de una pequeña tienda. Recarga el rostro sobre una mano, la mejilla se deforma y le oprime el parpado ocultando uno de sus ojos. Con la mirada fija contempla algún punto muerto en la calle.

Encuentro en esa mirada algo más que profundo aburrimiento y desidia. Veo una inteligencia dormida y desperdiciada. Sin duda un hermoso cuerpo poco explotado. Noto en esa mirada algo familiar que me recuerda a un yo más joven en vísperas de descubrir mi propósito en la vida. Tiene el pelo suelto y crispado y los labios pintados de un rojo llameante. Le calculo no más de veinticinco años.

La contemplo como quien contempla una pintura. Lo hago no sé por cuánto tiempo. Al ella descubrir que la miro, cruzo la calle instintivamente buscando monedas en los bolsillos. De haber tenido diez años menos, hubiera titubeado antes de dar otro paso. Pero sé que las personas al igual que las oportunidades sólo llegan una vez. Además ya la he perdido una vez y no me apetece una segunda.



Oscar H

Editado: 29.12.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar