Estúpidos enamorados

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2. Cálida bienvenida

Abro los ojos por la mañana sintiéndome algo confundido, todo da vueltas y mamá está tocando mi puerta insistentemente. Me quito la sábana y noto que estoy desnudo, así que busco mi boxer en la desordenada habitación. Cuando quito el edredón la veo y emito un grito ahogado, ¿qué demonios he hecho? Bel está ahí, totalmente desnuda. El sol que entra por el resquicio de la ventana le da un aire angelical y su piel despide un extraño brillo. Me parece la mujer más hermosa que he visto antes.

—¡Alex! ¿Estás ahí?

—Eh… Sí, mamá pero no entres que estoy desnudo —respondo intentando darme prisa.

Bel se mueve un poco y abre los ojos lentamente, como si tuviese toda una vida para admirar los árboles que asoman por la ventana.

—¿Qué demonios? —grita Bel cuando me ve haciéndole señas para que guarde silencio.

—¿Quién rayos está ahí? —pregunta mamá, mientras yo  insto a Bel a que se meta debajo de la cama.

—¡Nadie, mamá! ¡Es solo la radio!

—¡No me mientas, Alexander! ¡Ya te dije que por eso necesitas largarte a tu propio apartamento en donde puedes hacer lo que te venga en gana sin que nadie te diga nada! ¡Esta casa no es un hotel!

—¡Que no traje a nadie, mamá! ¿De acuerdo? —abro uno de los cajones de la encimera y saco un viejo boxer blanco que parece pantalón corto y abro la puerta con aire sereno.

Mamá entra y comienza a olfatear, nervioso, me llevo las manos al cabello para acomodarlo un poco.

 

—Huele a perfume de mujer.

Mi madre ha emitido su veredicto final y es tan obstinada que no se marchará hasta que haya dado con ella.

Bel, que no está acostumbrada a esconderse de nadie porque sabe bien quién es y lo que vale, sale de debajo de la cama y se cubre con la blanca sábana.

—Mucho gusto, señora, mi nombre es Belén Alfaro.

Mi madre la mira de arriba a abajo con la boca abierta, su hijito adorado jamás había tenido el descaro de traer a una chica a casa y precisamente tenía que elegir a la más desinhibida de todas.

Bel me sonríe encantadoramente mientras yo recojo lo poco que encuentro de su ropa y le muestro el baño para que entre a cambiarse.

—No sé en qué demonios estabas pensando cuando trajiste a esa mujer aquí.

—No voy a irme, mamá —le canto al oído con una tonadita que me acabo de inventar.

Mamá sale dando un portazo, está muy enfadada pero ya se le pasará.

Cuando Bel sale del baño está como nueva, no parece tener ni siquiera una mínima resaca.

—¿Qué fue lo que pasó anoche? —le pregunto mientras me pongo mis viejos jeans y una vieja playera gris de Harvard.

—¿En verdad no lo recuerdas, pichoncito? —pregunta acercándose provocativamente.

—No, creo que bebí demasiado.

—Bebimos, queridito, tu amigo Bar si que prepara tragos poderosos, ¿eh?

—¿Cómo demonios es que terminamos en mi casa?

—No parabas de decirme lo mucho que querías que conociera a tu madre.

Me echo a reír.

—¿Es en serio?

—¡Vamos, hombre! No puedes haberlo olvidado.

Muevo la cabeza negativamente.

—¿Nada de nada? ¿Ni siquiera el buen atracón que nos metimos?

Obviamente con lo de “buen atracón” no se refiere a comida.

—Nada —afirmo.

—Es una pena porque estuviste maravilloso. En fin, que debo irme, es sábado y le prometí a mi hijo que lo llevaría al parque de diversiones.

Como no estoy acostumbrado a traer bailarinas exóticas a casa, no sé si le debo algo de dinero.

—Em…. —dudo un poco—. No sé cuál fue nuestro acuerdo anoche pero… ¿te debo algo?

Bel me mira con los ojos bien abiertos pero luego sonríe abiertamente.

—¿Dinero? No, no, no me debes nada, la casa invita pero quizá para la próxima.

Bel es encantadora, quizá yo invite la siguiente ronda.

Cuando abro la puerta, noto que mamá está detrás, estoy seguro que debe haber escuchado nuestra conversación.



Aletor

Editado: 20.03.2019

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