Eternamente Efímero

Tamaño de fuente: - +

VIII

Pasó el domingo con Julián. Aunque él insistía en que todo estaba bien entre los dos, Lucas sentía que nada era lo mismo desde lo que había ocurrido aquel día en la casa de su amigo. Parecía que Julián intentaba hacer un esfuerzo por actuar de la misma forma en la que siempre lo había hecho con Lucas, pero eran los pequeños detalles los que delataban lo que en realidad sentía en su interior. Lucas, por suerte (o por desgracia, no estaba seguro) conocía tan bien a su amigo que notaba cada cambio en su actuar, por muy minúsculo que fuera, y sabía interpretar dichos altibajos en el comportamiento de Julián con bastante precisión, o al menos así era la mayoría del tiempo.

El lunes transcurrió rutinariamente. Lucas agradecía la interpelación de Fátima entre Julián y él cuando pasaban tiempo juntos en el colegio, o en cualquier lugar. Estaba seguro de que las situaciones que vivían los tres serían mucho más incómodas si se tratara solamente de Julián y él. Sabía que si Fátima no estuviese ahí para aligerar el ambiente todo sería un desastre, y eso lo lastimaba más de lo que le gustaría admitir. Extrañaba pasar el tiempo con su mejor amigo sin que una barrera invisible de incomodidad y sentimientos reprimidos se interpusiera entre los dos. Quería a su amigo de vuelta, pero no podía hacer nada al respecto. Varias veces cruzó por su mente la idea de intentar ceder frente a los sentimientos de Julián y tornar aquella amistad en una relación amorosa; sin embargo, no se sentía capaz de fingir sus sentimientos por el simple hecho de hacer feliz a Julián. Ninguno de los dos merecía eso. Solo quería que las cosas fueran como solían serlo antes, pero lo único que podía hacer era esperar que el pasar del tiempo mejorara la situación, en lugar de empeorarla. Después de todo, pensaba, aquel dicho popular que asegura que "el tiempo lo cura todo" debe tener una razón de ser.

Al terminar las clases se despidió de sus dos amigos y caminó hacia el estacionamiento en busca de su bicicleta, pero se detuvo al llegar a la salida y cruzó la calle rápidamente.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó.

—Solo quería verte —respondió David, quien se encontraba de pie, recostado sobre la puerta del auto, con los brazos cruzados—. Un "hola" habría sido lindo pero está bien.

—Creí que ibas a venir el viernes, como siempre.

—Pues quise venir hoy.

—Sí, me di cuenta —señaló Lucas.

David aproximó su mano a la mejilla de Lucas, pero él la apartó con un movimiento tosco, para después mirar a su alrededor rápidamente.

—¿Pasa algo?

—No, nada.

—¿Seguro? Porque estás actuando muy raro.

David intentó reducir el espacio entre ellos pero Lucas dio un par de pasos hacia atrás, alejándose.

—Está bien —exclamó David, frustrado y algo molesto—, ¿qué mierda te pasa?

—Ya te dije que no me pasa nada —aseguró Lucas, con la mirada fija en algún lugar de la carretera.

—¿Hice algo malo la última vez que nos vimos? —Disminuyó el volumen de su voz y su rostro reflejaba aflicción. Lucas suspiró.

—Es solo que... no quiero que nos vean y piensen que...

—¿Que estamos juntos? —interrumpió David en tono seco.

Lucas respiró hondo y levantó la mirada. David tomó la palabra antes de que él pudiera decir cualquier cosa:

—Mira, si te avergüenzas de quién eres y de estar conmigo entonces no tiene caso que si quiera intentemos llegar a tener...

—No es eso —intervino Lucas—. Es que no quiero... no quiero que...

—¡¿Qué?! —bufó David— ¡¿No quieres qué?!

—¡No quiero que mi mamá se entere! —chilló Lucas, y al haber notado que aquella oración había salido de sus labios casi en un grito, tomó aire para continuar en un tono más pausado y un volumen bajo—. Los rumores aquí corren muy rápido, solo basta con que una persona lo sepa para que todo el maldito colegio se entere. Si cualquiera se da cuenta va a iniciar un rumor que sin dudas va a llegar a mi mamá, no sé cómo, pero lo hará. Y ni menciono el barrio, ahí sí que se enteraría más fácil. David, si ella se entera, me echa de la casa, eso es seguro.

—¿De verdad crees que haría eso?

—Apostaría mi vida a que sí.

Ambos se quedaron un silencio por un instante, y Lucas suspiró, para después continuar:

—Mi mamá es bastante... extremista y conservadora. Una combinación que no es buena para nada —comentó—. Ella jamás aceptaría tener un hijo homosexual, preferiría que fuese un delincuente o un asesino, pero un hijo gay sería una desgracia.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé. Pero así es.

David se quedó en silencio un rato.

—Tienes razón, así es —afirmó David finalmente—. Cuando le conté a mis papás ninguno estaba feliz —dijo con una sonrisa nostálgica—. Mi mamá intentó pretender que no le importaba, pero yo sabía que sí. Y mi papá... ha pasado un año y todavía no me dirige la palabra. Rebeca lo supo mucho antes que ellos y tuvo una discusión con mi papá debido a su reacción frente a la noticia, pero todo fue en vano. Supongo que me detesta.



María Fernanda

#1855 en Novela romántica
#735 en Joven Adulto

En el texto hay: romance, lgbt, el primer amor

Editado: 14.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar