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Es una apuesta

—¿Y por qué piensas que me subiría a una moto contigo? —digo intentando mostrar cierta seguridad y decisión.

—Porque si no jamás nos iremos de aquí. Es lo único que tengo.

—Puedo pedirle a mi mamá que nos lleve.

Y claro, suelta una carcajada.

—Bien, pensé que eso de niña buena no era tan extremo. Mira, no te voy a matar, ¿sí? Tengo años manejándola y jamás me ha pasado nada. Además este vecindario parece ser tranquilo.

Con esa afirmación supongo que no sólo es nuevo en la escuela, sino también en el vecindario.

—Bien... Pero sólo porque el centro comercial está a cinco minutos — contesto cediendo.

—Perfecto —dice con una sonrisa de satisfacción.

Me dirijo entonces a pedirle permiso a mi mamá, y aunque cuesta un poco convencerla, parece estar tranquila con el simple hecho de que todo esto se debe a un trabajo escolar.

 

Su moto es... como cualquier moto. No sé mucho de motos. Dudo un poco al acercarme pero al final lo hago. Sin embargo, lo que más trabajo me cuesta es pensar que tendré que subirme con él. Me pasa su casco y no puedo evitar pensar lo raro que es esto. Digo, lo acabo de conocer hoy. Aun así intento culpar a mi maestro de literatura por meterme en esto.

—¿Vas a subir o no? —dice después de treparse y poner sus manos sobre el manubrio.

Entonces respiro hondo y me coloco detrás de él. Al principio me rehúso a rodearlo con mis brazos, pero entiendo que eso sí podría sacarme volando.
Él parece notar mi indecisión y hace rugir el motor, provocando que en menos de medio segundo lo abrace fuertemente del miedo. Se echa a reír y se pone en marcha.

Debajo de mis brazos puedo sentir su delgada camiseta y es inevitable notar sus músculos tensarse cada vez que cambia de dirección.

 

Una vez que llegamos al centro comercial buscamos una mesa y la encontramos afuera de un Starbucks.

—Voy por un café —comenta él después de que tomo asiento—. ¿Quieres algo?

«Paso, no estamos en una cita»

—Gracias, estoy bien —me recargo en el asiento y saco de mi bolsa una libreta.

—Vamos a estar aquí un buen rato, ¿por qué no lo aceptas? —insiste.

—No tengo sed —confirmo con sequedad—. En serio estoy bien.

—Como quieras —resopla y se dirige al mostrador.

 

Cuando regresa se sienta enfrente de mí con su bebida en la mano y apoya los codos sobre la mesa.

—Bueno, ¿y ahora qué? —me pregunta inclinándose hacia mí.

—No sé, fue tu idea venir —cruzo una pierna sobre la otra y sin querer rozo la suya.

Se ríe y yo ignoro lo mejor que puedo su infantil reacción.

—Podemos empezar a planear las preguntas —suelta entrecerrando los ojos y arrugando la frente, como en un intento "casual" de parecer sumamente atractivo.

—¿No que haríamos una pregunta sencilla y ya? —frunzo el ceño.

—Bueno, me refiero a pensar cómo vamos a organizar todo —explica dejando su café en la mesa y no puedo evitar mirar las grandes letras negras que deletrean lo que supongo que es su nombre.

Alex, se llama Alex.

«Tal vez dijo Pedro y lo deletrearon mal», todo es posible en un Starbucks.

Cuando lo toma nuevamente finjo que no vi nada.

Después de pensar un rato en técnicas para organizar nuestra encuesta por grupos, ya sea de edades o de géneros literarios, nos levantamos de la mesa y comenzamos a recorrer la plaza.

Terminamos con la primera parte de nuestro trabajo después de una hora, misma con la cual llegamos a la conclusión de que la mayoría de las personas ni saben lo que es un libro.

Lamentablemente, no tengo pista de cómo continuaremos con nuestro proyecto.

—Bueno creo que es todo por hoy — comento mientras pasamos de nuevo por donde estábamos sentados al principio pero seguimos caminando.

—Así es —contesta él disminuyendo el paso y llevando una mano a la mandíbula—. ¿Sabes? Creo que nos merecemos un premio.

Lo miro de reojo sin saber a qué se refiere. Con que no me salga con ningún comentario de doble sentido, me doy por victoriosa.



Tono Cristal

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En el texto hay: apuesta, amor, chicomalo

Editado: 29.07.2019

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