Euphoria

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Capítulo 1

Controlar tus emociones es tan fácil cuando la persona que las causa no está frente a ti. Te sientes fuerte, capaz de superar y seguir con tu vida sin él o ella. Es como si tu autocontrol, tu autoestima se recargaran. Toma días, semanas, meses e incluso años, tener esa sensación de fortaleza. Pero tan solo toma un segundo destruirla. Tan solo toma un segundo cuando, ese «alguien» se va de verdad… para siempre. Es más difícil, más doloroso. Y, sientes un vacío. Sientes que te han arrebato algo preciado, que ya nada importa y que tu vida es un constate ir y venir de cosas insignificantes. Todo pierde valor y, en ese momento, te das cuenta de lo valioso que fue ése sujeto. Te das cuenta que, no puedes —aunque quieras— desechar los recuerdos importunos que viviste con esa persona.

Una vez, cuando tenía 7 años, le pregunté a mi padre si era posible llegar olvidar. Él me dijo que sí, que al final la humanidad terminará olvidando que hubieron personas que aportaron a nuevos descubrimientos y al arte moderno; la leyes de Newton; los pliegues de Picasso; las sonatas de Beethoven… Todo se desvanecería. Tres años más tarde, cuando mi madre murió por una enfermedad terminal: leucemia, volví a hacerle la misma pregunta, y su respuesta fue diferente: El dolor es momentáneo y lento, pero la cicatriz que deja a su paso, lo hace insoportable y menos llevadero; porque en cualquier momento, sabes que puede volver abrirse. Nunca se olvida a las personas que marcaron tu vida, Bella.

Y por segunda vez lo sentí. Por segunda vez, pude sentir el paso estremecedor y desgarrador que dejó la perdida, e hice todo lo posible para superarlo, para seguir con mi vida, para dejar de torturarme y echarme la culpa, para dejar de sentirme inestable. Sin embargo, es imposible si hay una familia completa recordándotelo. Sí hay una familia que te cuestiona a cada rato cómo, cuándo y por qué lo has olvidado tan rápido. Si les soy sincera, nunca he tenido el valor para responderles que la herida está allí y que he tratado de ocultarla con varias máscaras de polvo. Llegados a este punto, luego de que han pasado más de 9 meses y medio, no creo tener la suficiente valentía para enfrentarlos, para sacarme éste peso de encima, para liberarme…

Y aquí, sentada frente a la mujer imperiosa y arrogante que fue mi antigua suegra, siento que mis demonios me atrapan, sumergiéndome en una plena oscuridad que trae consigo el momento en el que Spencer murió y ella me culpó de ser la causante de todo.

Mi estómago empieza a arder, las palmas de mis manos sudan y el nudo en mi garganta, el cual se había afianzado desde el momento que vi el cabello rubio y ondeante de Diana moverse de un lado a otro; mientras caminaba a la mesa que ella misma había reservado, se aprieta otro poco más y causa que un escalofrió me recorra el cuerpo. A pesar de eso, no se lo hago notar: Mi espalda está erguida, mis manos están sobre mi regazo y mi barbilla está alzada con seguridad. No quiero que piense que tiene ventaja sobre mí. No quiero que piense que tiene el poder de desarmarme de alguna u otra forma. No quiero dárselo.

Hace una semana había recibido una llamada desde mi trabajo de una de las secretarias de Diana, pidiéndome, con total respeto, una cita urgente con la señora Douglas para conversar de un asunto muy importante. Cuando escuché el apellido de la susodicha, mis entrañas se retorcieron; porque cuando Diana quería hablar de algo, ése algo terminaba siendo Spencer, y no podía simplemente oponerme. Así que acepté.

Y aquí estoy, con el corazón literalmente en la boca. Ansiosa por saber qué es, ahora, lo que hice mal. Hecha un manojo nervios y con la mandíbula apretada.

La sutileza y la jovialidad de sus movimientos la hacen lucir apática. Eso, sin mencionar, que el vestido rojo que se ajusta a su simétricas cinturas, las plataformas del mismo tono y sus despampanantes labios color carmesí, le dan un aire sofisticado y pavoroso sobre todas las cosas. En cambio, yo, unos jeans de mezclilla, una blusa amarilla que tiene el nombre de una banda de rock que ya no me gusta, unas botas de combate y el cabello recogido en una coleta extraña con varios mechones de pelo negro cayendo sobre mi cara, me hacen sentir desagradable y poca cosa ante ella.

—Entonces, Isabelle. —La vehemencia con la que pronuncia mi nombre hace que la ira se abra paso a mi sistema, al tiempo en que entierro las uñas en la carne blanda de mis palmas y dejo que el dolor lo solucione por unos instantes—. Me he enterado de que has estado saliendo con unos chicos de tu universidad —dice, mientras le da un sorbo a la taza con café que tiene entre los dedos—, ¿cómo es posible que…?

—Nunca he necesitado, ni necesitaré del permiso de mi padre para salir con alguien —la detengo, negando con la cabeza—. Entonces, ¿por qué crees, Diana, que necesito el suyo? —le cuestiono, con el mismo tono que ella utilizó para hablarme, y me sorprendo.

La expresión retraída y asombrada que se dibuja en su rostro, no dura por mucho tiempo; porque al instante siguiente se aclara la garganta y me lanza una mirada que destila odio y aberración.

—La cuestión, es, Isabelle, que no tolero los chismes —profiere, con hostilidad—. Y las cosas que me han contado de ti son tanto vergonzosas como bochornosas.



ItsEmiroSierra

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En el texto hay: amor, badboy, erotismo alto voltaje

Editado: 14.11.2018

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