Eureka / Encontrarte fue sólo el comienzo

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C A P Í T U L O 1. LA LEY DEL HIELO

LA LEY DEL HIELO

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OLIVER

Comenzar de cero.

Suena sencillo. Tan sencillo como pasar de cero a trecientos kilómetros por hora en tan solo tres segundos.

Pero la vida no es como las carreras, la vida puede llegar a ser una completa mierda, o al menos en eso se ha convertido la mía desde que dejé de ser el ganador que solía ser antes del último verano. Porque, aunque mi amigo se negara a recibir mis coches y mi dinero, al final, terminé perdiendo algo mucho más valioso que eso, algo que estaba seguro nadie me podría arrebatar jamás, algo nunca creí poder entregarle a otra persona a voluntad. Y ahora me siento tan vacío que duele.

Y eso me jode, eso está acabando completamente con todas mis fuerzas. Ese simple hecho me ha estado torturando incluso más que el haber conocido el oscuro pasado que mis padres estuvieron ocultándonos durante años. Eso me jode porque me convierte en una persona débil.

Y justo ahora recordar a la causante de que mi mundo este vuelto un completo lío de sentimientos contradictorios no es precisamente lo más sensato que debo hacer. Recordar lo que mis ojos vieron ese día, hace tres meses atrás, significa joderme la puta noche.

Y hoy precisamente, no pienso dejar que eso suceda.

Necesito mantenerme enfocarme en la carretera, necesito en controlar mis habilidades. Por eso decido disfrutar de los pocos segundos que me quedan sobre el pavimento, en los que me obligo a creer que todo sigue estando igual, que mi mundo está tal cual como lo dejé hace cinco meses atrás.

Me obligo a creer que sigo siendo el mismo rebelde que aquella tarde llenó una pequeña maleta con ropa, guardó su tarjeta de crédito ilimitada en el bolsillo, tomó las llaves de su Camaro y recorrió junto a su mejor amigo una carretera que lo llevó directo hacía los secretos más retorcidos de su pasado.

Respiro hondo y aferro una mano con todas mis fuerzas sobre el volante, tratando de sustituir la frustración por la adrenalina que se está apoderando de todo mi cuerpo ahora que maniobro la palanca de cambios aumentando la velocidad, al tiempo que mis ojos no dejan ni un momento de fijarse en la carretera oscura que se abre paso frente a mí, siendo iluminada únicamente por los faros del Ferrari con el que decidí competir esta noche.

Todo lo que voy dejando atrás se convierte en apenas en una mancha difusa. Y al fin logro sonreír. Porque hasta ahora esto es lo único que logra regalarme un poco de paz entre tanta maldita tormenta.

Luego de varios segundos, en los cuales de mi contrincante no veo ni la sombra a través del espejo retrovisor, finalmente aparece la línea de meta frente a mis ojos, que está siendo señalada con la presencia de una chica en mini falda que agita un banderín en el aire.

La multitud de idiotas que se encuentra a cada costado de la carretera levantan sus vasos rebosados de alcohol cuando me ven pasar, dando gritos de celebración que se oyen por sobre la música que revienta desde los altavoces de una camioneta. Eso, y la certeza de saber que he ganado me hacen largar un grito de emoción.

—¡Si, joder! —golpeo con mis puños el volante.

«Al menos en esto sigo siendo bueno»

Cuando me bajo del auto lo primero que siento es el brazo de Ed rodeándome el cuello.

—¡Eh, princesa, que gran carrera! —me besa la mejilla y despeina mi cabello con insistencia.

—Maldición Ed, deja las babosas ¿Quieres? —gruño. Definitivamente no hay un día en que no lo quiera matar.

Me limpio la mejilla con la manga del suéter que llevo puesto esta noche para contrarrestar la fría brisa que se viene sobre la ciudad cada que nos acercamos a los finales del año. Los demás chicos de mi círculo no demoran en acercarse para felicitarme también.

—¡Esto ha sido una autentica pasada, hermanito! —celebra un Nestor muy borracho a juzgar por como arrastra las palabras, entregándome una botella de cerveza—. ¡Anda Schumacher, tienes que celebrar!

—Celebraré cuando gane la final —le entrego la cerveza a Ed, quien con su típico gesto de Robert De Niro, no lo piensa dos veces antes de bebérsela completa.

El acto me produce un poco de envidia, a decir verdad, pero me contengo, para la última ronda necesito estar lúcido. Ya tendré tiempo luego para beberme un bar entero de ser necesario.

—Estuviste genial, bombón —se me acerca Vanessa, abrazándome por el cuello antes de dejar un beso muy cerca de mis labios. En su aliento percibo al menos unos cien grados de alcohol, y de no ser porque mi sistema está completamente limpio y mis cinco sentidos en perfecto funcionamiento, podría haber hecho que ese beso terminado sobre mis labios, estando consciente que la castaña lleva insinuándose conmigo desde que comenzamos el curso—. ¿Te quieres divertir conmigo esta noche? —me pregunta de manera sugerente. Y aquí vamos de nuevo con el dilema.

«¿Quiero?»

Medición, no. Aunque Vanessa esté tres veces mejor dotada que cualquier chica con la que ya me haya acostado antes, no quiero ni por asomo disfrutar de todas sus curvas. Y ya estoy comenzando a odiar mi poco interés en volver a ser aquello que realmente soy.



Pao Molina

Editado: 05.01.2020

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