Eureka / Encontrarte fue sólo el comienzo

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C A P Í T U L O 5. «GRACIAS MARÍA, POR EXISTIR»

GRACIAS MARÍA, POR EXISTIR

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EMMA

Recorrer las avenidas de Miami abrazada a su cintura, respirando un divino aroma a playa y liberad, siendo testigo de un cielo que se va llenando de estrellas conforme va cayendo la noche, las mismas que rápidamente son apocadas por el centenar de luces artificiales que le dan la bienvenida a la época navideña, pero que a más de cien kilómetros por hora producen un efecto que convierte a la ciudad en un lugar mágico y colorido, casi irreal; se siente perfecto.

Donde estoy, con quien estoy, el momento, todo el conjunto hace que la experiencia se convierta en una de mis favoritas, hace que sea memorable, simplemente me hace... feliz.

Y si soy feliz hago locuras como levantar el cristal de mi casco y...

—¡Buenas noches, Miami! ¡Soy la Salvajeeee! ¡NO SE METÁN CONMIGO, EH! —grito como una loca elevando mis brazos al aire—. ¡SIIII!

Cuando lo vuelvo a abrazar siento su cuerpo temblar y estoy segura que se debe a las carcajadas que le provocan mis delirios.

Y cuando finalmente se calma, lo escucho:

—¡Buenas noches, Miami! ¡Soy el Modelitoooo! ¡UNO MUY SEXY, RECUÉRDENLO! —vocifera a todo pulmón, imitándome, y no puedo evitar echarme a reír, muy segura de que lo engreído es una enfermedad que no tiene cura.

Pero no me importa su arrogancia, ya me he acostumbrado a ella, y debo admitir que a una pequeñísima parte de mi le gusta. Me abrazo mucho más a él, sintiéndome jodidamente viva otra vez.

Porque... ¿qué es la vida si no se te permite sentir, experimentar, y disfrutar de lo que tu mente y corazón tanto desea? Sin reglas, sin limitaciones, sin un juez.

Si a esto se le llama enamorarse, me declaro, sin lugar a dudas, una víctima del puto cupido.

«Y espero no estar hablando de Ed»

Por increíble que parezca, por mucho que me recrimine a mí misma lo débil que soy cuando estoy a su lado, no lo puedo evitar. Él destruye todas mis defensas, el penetra mis sentidos y me nubla la razón. Él me convierte en una bipolar que lo ama y lo odia en partes iguales, pero Dios, me hace tan feliz a la vez.

Tres jodidos meses de tortura por su terquedad ¿Como es que he podido ceder así de fácil?

Yo, que me jacto de ser una persona madura, con un carácter férreo, rencorosa, dura, incluso más de lo que he debido serlo con ciertas personas, ha sido probar sus labios y caer, caer en ese abismo de sensaciones que provoca dentro de mí. Ha sido de nuevo darle poder.

«Eres terco, eres prepotente, eres simplemente tóxico para mí»

Recuerdo haberle dicho minutos antes. Y no es que esté equivocada, pero quizás de eso se trate, de permitirle cambiar, de que muy en el fondo debo aprender a dar segundas oportunidades, debo aprender a no solo mirar los defectos de los otros sino también los míos propios.

No soy perfecta, también he sido testaruda, también he obrado mal, también me he comportado como una niña tóxica y salvaje, y aunque lo odie por no haber confiado en mí y darme la oportunidad siquiera de hablarle, entiendo que a los seres humanos muchas veces nos cuesta hacer eso, nos cuesta confiar. Y aunque me duele, que puedo decir... ¿no fue exactamente eso lo que yo hice con Eric?

Por eso estoy aquí por primera vez desde que pise Miami, dándole una oportunidad a él y dándomela a mí misma, porque lo quiero, lo quiero como una demente, lo quiero más de lo que me pude haber imaginado que podría llegar a quererlo aquella primera noche cuando me hipnotizó con su mirada. Por eso estoy atravesando el inmenso cercado de hierro forjado que nos abre paso a una de las más grandes y lujosas mansiones de todo Miami Beach.

La mansión de Richard Jackson.

Porque con esto no solo nos estoy dando una oportunidad a el modelito al que abrazo mientras su Ducati nos conduce a través de los hermosos jardines, y a mí. También estoy dándole una oportunidad al hombre que ahora debo aceptar como mi padre. A él y a esta nueva familia que la vida me está regalando.

—Estoy nerviosa —admito una vez bajamos de su moto frente a las escaleras que conducen a la entrada, mirándolo a los ojos con renovada preocupación cuando retira el casco de mi cabeza.

—No tienes nada que temer, ahí dentro no comen gente, salvaje —me dice para reconfortarme, antes de acercarse para besar mi mejilla, en un acto que me hace escozor en el pecho—. Lo que no te puedo asegurar es que yo no te vaya a comerte a ti como postre.

Le doy un empujón en el hombro haciéndolo reír, mientras voy sintiendo como el calor sube por todo mi cuerpo.

No es que me enorgullezca admitirlo, pero desde aquel encuentro durante el verano en su habitación, he comenzado a tener un montón de sueños que nos involucran a ambos en una cama y sin nada de ropa estorbando.

Ya perdí la cuenta de cuantas veces me he despertado acelerada y excitada a causa de eso.

Es vergonzoso, sí. Pero es la verdad. Es una necesidad humana de la que nadie está exento. Tengo deseos por él que se han venido acumulando y reprimiendo tanto dentro de mi vientre que sinceramente siento que estoy a punto de estallar. Incluso me he estado arrepintiendo de no haber llegado a más aquella noche. De no saber cómo se siente recibirlo dentro de mí. Porque joder, no por nada lo apodé modelito. Oliver es sinónimo de perfección, masculinidad e idiotez en partes iguales.



Pao Molina

Editado: 05.01.2020

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