Fallsville: cuando sale la luna.

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Capítulo V: Secretos

Los crujidos vinieron directamente de la ventana, fueron rasguños al principio, luego sintió el frío del viento que se colaba a la habitación, y por último uno de los larguísimos brazos emergió bajó las cortinas y se agarró de las sábanas de la cama de hospital. Annie despertó casi gritando, sintiendo unos afiladísimos dedos enterrarse y revolverse entre sus carnes. Su primer pensamiento fue algo alentador, había sido un sueño, pero cuando sus ojos pudieron ver en la oscuridad supo que esa no era su habitación en Sacramento, y peor aún, tampoco era su nueva habitación. Estaba en el hospital, parte de lo que pasó sí era real. Apelar a la lógica le resultaba imposible, aquella cosa no era humana, desde luego, pero tampoco era un animal. Lo que sea que haya salido de esa puerta no era de este mundo, y visto lo visto, sabía que era peligrosa y capaz de matar. Pensó erróneamente que su madre había sido tan inteligente como para dormir esa noche en uno de los hoteles de carretera que había saliendo de FallsVille, eso le dio algo de tranquilidad. Volvió a dormir y se despertó cuando el sol ya había salido, una enfermera le había traído el desayuno. Tostadas sin mantequilla, jugo de papaya y unas galletas saladas. Un insulto a su apetito.

— ¿Cómo va todo? —le preguntó su madre al sentarse a su lado y acariciarle un brazo.

—Cuidado con los moretones, por favor —se quejó.

—Pronto vendrá el forense.

—Pero todavía no me he muerto.

—Él es el que evalúa el origen de tus heridas, mi vida, para saber cómo te las hiciste. Viene también un inspector, tienes que contarle todo lo que pasó.

—No me van a creer —susurró para sí misma.

— ¿Qué dijiste?

—Nada. Hablaré con él.

—Te van a incapacitar toda la semana, no volverás al colegio hasta el lunes. Para que puedas descansar.

—Estamos a mitad del trimestre, mamá. Llegué un mes más tarde de lo normal, ya estoy atrasada con muchas cosas.

— ¿Y piensas ir así? Ni siquiera serás capaz de escribir —se llevó una mano al cuello—, no es discutible, son órdenes del doctor.

— ¿Ya revisaron la casa?

—La policía dijo que era segura.

—No podemos volver, hay algo allí.

—Sólo descansa. Te traje algo de ropa, ve a bañarte. Debo volver al trabajo.

Primero llegó el forense, le hizo un montón de preguntas, examinó sus heridas, sus hematomas, sus rasguños, todo lo que tenía.

—Muchos son golpes, señorita, pero estas marcas de aquí parecen ser de una mano humana.

Ojalá fuera sólo una mano, pensó.

—Es pequeña —continuó el forense y luego le miró las manos vendadas—, parece de mujer.

La mirada de aquel médico reflejaba un disgusto claro, negaba suavemente con la cabeza mientras anotaba todo lo que veía y pensaba. Manos de mujer, había dicho él, manos de una mujer pequeña, posiblemente una adolescente. Lo último que faltaba es que estuviesen echándole la culpa de lo que había pasado, como si acaso fuese una rabieta para regresar a Sacramento a toda costa. Con el inspector no le fue mejor, le hacía las mismas preguntas con las que la habían bombardeado desde ayer. Esto no iba a funcionar.

Cuando llegó el mediodía, después de haber almorzado un insípido caldo de pollo y verduras, la condujeron al ala de salud mental. Al principio creyó que habían conseguido un reemplazo para la psicóloga de familia que tenían en el sur, pero era un psiquiatra. Sí, un loquero.

Si antes había dudado sobre la pertinencia de contar la verdad, ahora esa posibilidad no cabía en su cabeza ni por asomo. Lo primero que harían sería diagnosticarle alguna cosa rara y luego la enviarían a uno de esos sanatorios antiguos que quedan en la cima de algún acantilado. Decidió acogerse a la idea de que un animal salvaje había sido el culpable. Sí, un oso, seguramente fue un oso. Dijo que había sentido el pelaje mientras la arrastraba, que sentía el aliento caliente en su espalda. A pesar de que no tenía mordidas en el cuerpo ni en la ropa, le creyeron.

—De todas formas, Annie —dijo el psiquiatra—, me parece importante que retome los controles de psicoterapia cuanto antes. Veo que está baja de peso, y una experiencia como ésta puede desencadenar un trastorno alimenticio que nadie quiere.

La dieron de alta al anochecer, justo cuando su madre había terminado su turno y juntas podían volver a la casa.

—La noticia se regó —mencionó Katty en tono amargo mientras conducía por el bosque.

—No entiendo.

—En un pueblo pequeño los periódicos se agarran de cualquier cosa para poder llenar sus columnas, y la noticia de que una niña había sido atacada por un oso les pareció muy atractiva. Querían entrevistarte, yo no lo permití. Me dijeron que harían el reportaje con o sin tu testimonio.

— ¿Es en serio?

—No tienen permiso de subir fotos tuyas, eres menor de edad. Sólo usarán tu nombre sin apellido.



GrajalesJuan98

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Editado: 26.07.2018

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