Fria como el hielo

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Prólogo.

Mi cumpleaños no puede ser peor. Primero soy humillada por dos personas que creí me querían, y ahora las dos personas que me dieron la vida están decepcionadas de mí. Están regañándome todo el camino, por lo mal que ha sido mi comportamiento estos meses, porque mis calificaciones bajaron, porque estoy más rebelde, por esto y aquello. Blah, blah y blah ¿Qué otra cosa puede salir mal hoy? Ya me siento lo suficientemente mal como para que me recuerden cada uno de mis errores.

De repente, mientras mi padre conduce, una luz lo ciega y pierde el control del auto. Comenzamos a dar vueltas y vueltas. Pierdo el conocimiento.

Cuando vuelvo en mí, me duele mucho la cabeza y el brazo izquierdo. Lo observo y tengo un pequeño vidrio clavado muy cerca de mi muñeca, cerca de mi vena. De pronto comienzo a escuchar las sirenas de la policía—o de la ambulancia—, no lo sé, un paramédico se acerca al auto y me saca con sumo cuidado, para luego llevarme a la ambulancia y comenzar a tratar mis heridas. 

Todo a mi alrededor es un caos, paramédicos, policías, y curiosos que se acercan a ver el accidente. Pero nada de eso me importa. Lo que me preocupa es no saber dónde están mis padres, no los veo por ningún lado y comienzo a ponerme nerviosa.

— ¿Sabe dónde están mis padres? ¿Por qué no los están atendiendo?—le pregunto al paramédico.

—No sé nada de sus padres señorita, espere que venga un policía a informarle. 

— ¿Por qué me informaría un policía? Se supone que usted es el paramédico y debería saber sobre el estado de salud de mis padres.

—Señorita, cálmese por favor—señaló hacia el frente—. Mire, allí viene un policía.

Miro al frente y efectivamente viene un policía. Aún no había llegado cuando le pregunto lo que me tiene tan preocupada.

— ¿Dónde están mis padres?

—Señorita primero debe calmarse—me dice el policía, pero hay algo en su mirada que no me gusta.

— ¡¿Calmarme?! No me calmaré hasta saber de mis padres.

—Está bien—dice el policía, de nuevo con esa mirada que no me gusta nada—Señorita… lo siento mucho pero sus padres fallecieron.

— ¿Qué? No… eso no puede ser verdad…no…

—Señorita…—comienza a decir el policía, pero yo no puedo escucharlo más. Mis padres han muerto y todo es mi culpa. Se me llenan los ojos de lágrimas por derramar.

—Dios no…no… ¡NO!

De repente una voz comienza a llamarme.

—Jade…

La voz me es muy familiar, comienzo a buscar a mí alrededor pero no veo de donde procede. Bueno, tampoco es que importe, mis padres han muerto.

— ¡JADE DESPIERTA!

Entonces despierto.

Estoy en mi cuarto—en mi cama—sudando, y Olivia, mi hermana mayor, está sentada observándome muy asustada.

—Estaba en mi habitación cuando escuché tus gritos, me asusté mucho, pensé que te había pasado algo ¿Qué ocurre?

—Descuida Liv sólo ha sido una pesadilla—le digo a mi hermana tomándole la mano para reconfortarla.

— ¿La misma pesadilla?

—Siempre es la misma pesadilla, y se hacen más frecuentes para estas fechas. Cada vez falta menos para el aniversario de sus muertes.

Me quedo viendo la cicatriz que está cerca de mi muñeca izquierda, esa cicatriz que es un constante recordatorio de lo que paso. Un recordatorio de que por mi culpa mis padres están muertos. Los extraño tanto y Liv también. Mi hermana debería odiarme, por mi culpa no tenemos a nuestros padres, siempre veo como le cambia la mirada cuando ve una foto de ellos, aunque cada vez que me ve cerca pone una falsa sonrisa para ocultar su tristeza. 

¿Por qué ellos? ¿Por qué no yo en su lugar?

—Jade basta, deja de pensar en ese día—dice Liv sacándome de mis pensamientos.

—Pero Liv…

—Liv nada, Jade. Mamá y papá se fueron, sí, pero la vida sigue y tú no puedes pasártela culpándote por algo que no fue tu culpa—dice, acariciándome la mejilla con dulzura—. Por favor hermanita, tengo ganas de ver a la Jade que tenía esa sonrisa que iluminaba todo a su paso, quiero verla de nuevo y ya han pasado casi cuatro años. No sé a dónde se ha ido.

—Tal vez, un día, la veas de nuevo.

—Eso espero, y si no te molesta cambiare los papeles. En vez de tu correr a meterte a mi cama como hacías de pequeña, yo voy a meterme hoy a la tuya y dormir aquí—dice Liv con una sonrisa.

—No, no me molesta—le digo regalándole una pequeña sonrisa.

—Te amo hermanita—me da un beso en la frente y luego se acomoda para dormir a mi lado.

—Y yo te amo a ti Liv.

Luego cierro mis ojos y caigo en un sueño profundo. Libre de pesadillas que me atormenten.



G. Spin

Editado: 22.07.2019

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