Fría como el hielo

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Capítulo 45

Alice

En cuanto lo vi, mi respiración se quebró y mi corazón apresurado estuvo a punto de salir de mi pecho e irse corriendo.

- Skay... - murmuré en un hilo de voz, tan bajito que su nombre en mis labios fue apenas audible.

El muchacho lucía una armadura que parecía pesar considerablemente y llevaba una espada parecida a la que Diana había estado sosteniendo con fuerza. Sus pómulos se encontraban sonrojados, tenía el cabello cobrizo revuelto por el viaje y sus ojos me miraban con un cierto brillo que no fui capaz de comprender.

Fue un momento mágico en el que ambos nos quedamos observándonos en silencio, tal vez intentando descifrar qué pasaba por la cabeza del otro. Sin embargo, no duró mucho ya que a Skay le siguieron otros tres hombres y dos mujeres, todos luciendo la misma armadura que el príncipe y armados por todas partes.

Tan solo habían pasado unas veinticuatro horas desde que le había visto, pero no había comprendido hasta ese momento lo mucho que había lamentado haberme separado de él y verlo de nuevo había resultado ser un alivio. No me había despedido de forma adecuada y al haberme encontrado a las puertas de la muerte, de forma tan reciente, sabía que poder despedirme esta vez de él correctamente era un regalo. No podía soportar recordar el momento en que le había dejado para irme con los dos fríos. ¿Se sentiría traicionado? ¿Acaso me miraba de aquella manera porque volvía a odiarme?

- ¡Diana! - exclamó uno de ellos a la vez que corría en nuestra dirección.
La muchacha sonrió al verle y ambos se fundieron en un abrazo amistoso que hizo que ella soltara su arma por completo y se apartara un poco de mí.

Ante este reencuentro apasionado, me quedé a un lado, con la mirada baja, consciente de que aquellas personas me estaban escrutando atentamente y sin querer perderse un solo detalle de mí.

"No puede ser ella" escuché una voz masculina y desconocida en mi cabeza, seguida de muchas más: "Es imposible que sea ella", "¿Cómo es posible?", "Su aspecto hace que quiera lanzarme sobre su pequeño y débil cuerpo para rajarle el cuello", "No la mato porque Skay nos ordenó que no le hiciéramos daño", "Es una abominación", "Un monstruo"...

Intenté buscar la procedencia de aquellas voces que me torturaban intentando acabar con cada terminación nerviosa de mi cerebro. Miré por todas partes y me tragué los gritos de dolor que hacían esmero en salir de lo más profundo de mi garganta. Cada frase que escuchaba me desgarraba, cada palabra hacía que me dieran pinchazos en distintas zonas de mi cabeza e incluso cada sílaba hacía que quisiera retorcerme de dolor.

Finalmente, no pude evitar caer de rodillas y como si estuviera poseída por el mismísimo demonio empecé a gritar:

- ¡No quiero escuchar nada más! No quiero... no, otra vez no. ¡No quiero!

Skay corrió al instante hacia mí, mientras yo me retorcía de dolor en el suelo.

"¿Qué le pasa? ¿Es que se ha vuelto loca?", "No te acerques a ella", "Te hará daño"...

Todas esas voces en mi cabeza acabarían matándome, ya me había ocurrido un episodio similar cuando me encontraba en clase de matemáticas, parecía que hubiera sido hacía una eternidad. Pero esta vez era más fuerte y cuando uno de los muchachos le gritó a Skay que no se acercara a mí, reconocí su voz ya que había sonado en mi cabeza hacía escasos segundos y lo comprendí al momento. Estaba escuchando sus pensamientos de odio, no sabía cómo, pero no le encontraba otra respuesta a no ser que hubiera perdido la cabeza de verdad.

El muchacho hizo caso omiso de sus advertencias y llegó a mí en pocas zancadas. Se agachó, colocó sus brazos por detrás de mi espalda que no dejaba de dar espasmos y me acercó a su cálido cuerpo con decisión.

- Por favor, haz que pare... - supliqué a voz en grito.

- Tranquila... - empezó a decirme con una voz dulce que no recordaba haberle oído emplear con nadie. - Estoy contigo.

"¿Por qué la mira así? Parece ensimismado...", "Esa bruja le ha hechizado, Skay parece enfermo", "¿Cómo puede abrazarle de esa forma y hablarle así?" - seguí escuchando en mi cabeza y lancé un alarido contundente.

- Dime qué te pasa. Por favor... - empezó a decir Skay, con el rostro casi tan desencajado como el mío, sin dejar de apretar mi pequeño cuerpo entre sus brazos.

Me llevé las manos a la cabeza, sin dejar de gritar incoherencias y tener espasmos y el muchacho al verme en aquel estado intento calmarme llevando sus manos a mi cara.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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