Fría como el hielo

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Capítulo 2

Alice

Cerré los ojos con fuerza y me tapé los oídos con el propósito de no escuchar las voces que estallaban en mi cabeza, pero seguían allí, machacándome por completo y cada vez con más fuerza, provocándome punzadas desgarradoras en cada nervio y en cada terminación de mi cerebro.

Me retorcí del dolor delante de todos y solté la tiza sin querer, dejándola caer al suelo estrepitosamente. No sabía qué me estaba pasando. ¿Por qué escuchaba voces? ¿Acaso me estaba volviendo loca?

Pude escuchar el sonido de la tiza resquebrajarse contra el suelo y hacerse pedazos y escuché cada cuchicheo como si estuviera al lado o como si fueran dichos a voz en grito. Las piernas me flaquearon y el dolor punzante en mi cabeza retumbó y retumbó, como si quisiera desgarrarme los sesos.

No pude soportarlo más, si me quedaba durante más tiempo en esa clase, mi cabeza acabaría estallando.

- Señorita Alicia. - me susurró el profesor Ignacio ignorando de nuevo que en realidad, ese no era mi nombre.

Acercó una mano con rapidez para tocarme la sien, pero la apartó en el último momento, ante el suspiro de alivio de los alumnos y alumnas presentes, recordando que yo tenía algo parecido a la peste invernal.

A continuación, salí corriendo del aula, abriendo la puerta con una rapidez increíble, como si me fuera la vida en ello. Nadie dijo nada al respecto, pero supuse que aquella escena sólo aumentaría mi mala fama.

Las lágrimas amenazaron con salir a borbotones, pero las contuve justo en el momento que pasaba por delante de una profesora que hacía guardia en el pasillo. Esta estaba ensimismada en el papeleo de exámenes que tenía delante, en una mesa grande y de color verde oliva. Se llamaba Ester y su vista era tan mala como sus oídos. Llevaba unas enormes gafas de culo de botella que hacían que sus ojos parecieran mucho más pequeños de lo habitual en una mujer y se decía que nunca escuchaba los teléfonos móviles en clase o los cuchicheos durante un examen. Por eso, no me sorprendió que no se enterara de mi presencia cuando pasé por delante suyo para inmiscuirme en el lavabo de chicas.

Justo cuando puse un pie dentro, un fuerte olor a marihuana me hizo querer dar media vuelta, ya que no había sido mi intención ir allí para convertirme en fumadora pasiva, pero era el único lugar donde podía esconderme, evadirme y olvidar lo ocurrido minutos antes. Tenía quince años y eso significaba que no me dejaban irme a casa sin el consentimiento de alguno de mis padres.

Sin embargo, el olor a porro era demasiado exagerado, por lo que decidí salir del lavabo. Estaba a punto de marcharme, cuando el grupo de chicas que había estado fumando me barrió el paso.

Las conocía muy bien, ya que no era la primera vez que intentaban hacerme la vida imposible con sus comentarios crueles.

Eran tres y todas ellas más mayores y altas que yo - aunque tampoco era muy difícil superarme en estatura, debido a que yo no superaba el metro sesenta -. Me miraron con una sonrisa maliciosa y comprobé que se debían encontrar tan aburridas que no tenían nada mejor que hacer que amargarme la existencia.

Cada una de sus pestañas estaba pintada de negro oscuro de forma exagerada, como si se hubieran pasado el rímel diez veces antes de venir a clase. Dos de ellas iban con el mismo pintalabios color rosa chicle y la restante tenía el cabello teñido de verde eléctrico e iba con un rojo muy chillón.

- Mirad chicas. - dijo una morena con el pelo muy rizado acercándose a mí, pero no tanto, ya que temía "contagiarse". - Es nuestra amiga: "Fría" - espetó con un odio incomprensible, ya que nunca les había dirigido la palabra ni hecho nada para convertirme en el centro de las burlas.

A continuación, sacó un cigarrillo con hierba del bolsillo y lo encendió con tranquilidad delante de mí, tragándose el humo y escupiéndolo a continuación. Tosí, ya que no soportaba aquel olor a marihuana.

Las chicas se fueron pasando el cigarrillo sin apartarse de la puerta. Quería salir de allí y en ese momento, no podía pensar en otra cosa.

Avancé un paso hacia ellas, pero se resistieron, no quería tocarlas ya que con un simple roce podría congelarles una capa de la piel. Una cosa tenía muy clara: no quería hacer daño a nadie. Ese había sido mi gran miedo durante toda mi vida y si nunca había decidido defenderme había sido principalmente por ese único motivo.

- Estás enferma, no te queremos en este instituto ni en ningún otro, deberías quedarte en casa para no hacer daño a nadie. - me escandió la chica del cabello verde eléctrico.

Y eso era precisamente lo que siempre había querido, poder quedarme en casa y que mi madre se ocupara de mi educación. Sin embargo, eso era totalmente inadmisible e imposible.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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