Fría como el hielo

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Capítulo 3

Alice

Corrí como jamás había corrido. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas como desbordantes cascadas sin fin y mi mano, producto de un acto que nunca había creído posible, se encontraba más pálida que la muerte. Incapaz de meterla en el bolsillo, ya que este se habría llenado de hielo, me puse la otra mano sobre la culpable y me llevé ambas al pecho antes de taparlas un poco con mi chaqueta de invierno.

Esta vez, la profesora de guardia del pasillo, que tan atentamente había estado corrigiendo exámenes segundos antes, elevó la cabeza al escuchar el griterío del lavabo. Eso sí que lo había escuchado, al igual que yo, y el alarido que había proferido la chica a la que había dañado sin querer, seguía retumbando en mi cabeza como si intentara hacer eco en ella o como si quisiera destrozarme todavía más.

- ¡¿Qué está pasando aquí?! - preguntó exaltada la mujer y, acto seguido, se levantó de la silla para ir tras de mí. Pero yo no dejé de correr, tampoco miré hacia atrás.

Tenía miedo, porque finalmente había demostrado lo que todos temían: era peligrosa y estaba descontrolada. Definitivamente, ahora no podía culpar a nadie por no querer estar cerca de mí, porque nadie debería. Tan solo deberían temerme u odiarme por ser como era.

Las piernas me ardieron al bajar tres pisos por las escaleras de enormes peldaños a toda prisa.

Me crucé con otro profesor, un hombre de mediana edad, cabeza redonda y aspecto robusto que me miró sorprendido y no reaccionó hasta que hube pasado por su lado, a la velocidad del rayo.

- Espera... – reflexionó - ¡Tú! ¡Ignacio te está buscando! - me gritó antes de unirse a la carrera tras de mí con Ester.

Mi preocupación no era que me atrapara un par de profesores, sino no poder controlar una fuerza invisible que crecía y se hacía más poderosa cada instante que pasaba en mi interior.

No tardé en llegar a la puerta principal del instituto. Una enorme verja de color azul oxidado se interponía entre la libertad y yo. Me paré en seco delante de ella y sujeté los barrotes como si se tratara de la salida de una cárcel.

Entonces, me giré de repente hacia los profesores, rota por dentro. Mis ojos nunca habían estado tan nublosos y el iris prácticamente no se distinguía del azul.

- Necesito salir. - dije para que me abrieran.

- Alicia, voy a llamar a tu madre ahora mismo. - afirmó el director que acababa de presenciar la escena desde la ventana de su despacho.

Con el poco orgullo que me quedaba conseguí gritar:

- ¡Mi nombre no es Alicia, sino Alice, lo sabríais si alguien de este centro me escuchara!

Los dos profesores y el director se clavaron unas discretas y severas miradas. Pero yo ya sabía lo que significaban y no era otra cosa que su propia manera de decirse que yo, Alice Reed, había perdido completamente la cabeza y estaba loca. Por tanto, tuve que cambiar mi estrategia:

- Si no me abren... les tocaré.

Las tres personas allí presentes pusieron cara de espanto e inconscientemente retrocedieron un paso. Me veían como a un monstruo, no como a una enferma. Había ido millones de veces al hospital y a los enfermos se les trae flores, regalos, bombones u otras cosas, pero a mí nadie me fue a visitar cuando estuve interna, salvo mi madre. Pasé largas semanas en el hospital, cada año debía hacerme repetidas pruebas, pero ninguna daba resultado. Nadie sabía el motivo por el cual mi temperatura corporal se situaba normalmente a los cero grados centígrados, en lugar de estar entre los treinta y cinco y treinta y siete.

El director se secó con un pañuelo blanco una gota de sudor que corría por su frente. Estaba terriblemente tenso, pero decidió no hacer ninguna tontería. Por lo tanto, muy poco a poco, se deslizó hacia la entrada y salida del instituto, siempre manteniendo la respectiva distancia entre él y yo, no fuera a ser que lo rozara sin querer y le congelara alguna parte del cuerpo.

Sacó las llaves, la mano le temblaba exageradamente y le costó horrores introducir la llave correcta dentro de la cerradura. Los otros dos profesores lo miraban estupefactos, incapaces de creer que el director estuviera dejando escaparse a una enferma que podía causar estragos, un peligro para la sociedad.

Aunque tampoco se habrían atrevido a hacer otra cosa aparte de quedarse petrificados en el sitio y observar cómo, Alice la fría, se marchaba corriendo sin decir palabra.

En ese momento no lo sabían, pero tardarían mucho tiempo en volver a ver a aquella chica, porque al fin y al cabo, tan sólo era una chica de quince años, cuyos dotes estaban a punto de estallar.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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