Fría como el hielo

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Capítulo 14

Alice

Cuando me di cuenta de lo que había hecho ya era demasiado tarde. Mi cuerpo había resultado ser tan frágil como Skay me había dicho. ¿A quién quería engañar? Nunca podría ser una reina digna y tardaría mucho tiempo en poder asimilar el peso que caía sobre mis hombros.

Había arruinado la vida de la mujer que me había criado como su propia hija y la culpa la arrastraría conmigo hasta el día en que muriera. Y por si eso fuera poco, mi madre biológica me había repudiado con miedo a que yo resultara ser peligrosa. En realidad, puede que incluso Opal hubiera tenido parte de razón en ello… acababa de destruir un pasillo entero y dos personas se encontraban ahora inconscientes por mi culpa. Era un monstruo y me negaba a creer que pudiera ser otra cosa. ¿Una reina? Jamás lograría reinar dignamente en un mundo que me era hostil.

Quise llorar de nuevo, pero tuve que tragarme las lágrimas porque en un instante todo el recinto se llenó de soldados armados. Cada uno de ellos llevaba una armadura para protegerse todo el cuerpo y lanzas con puntas afiladas y ardientes.

Dos soldados cogieron a Skay y después a mi supuesta madre y llamaron a un médico. A continuación, los cargaron a los dos en unas camillas y se los llevaron fuera de mi punto de visión.

Observé mi alrededor con detenimiento, todavía incapaz de creer que yo había sido capaz de hacer semejante atrocidad. ¿Y si Skay o mamá no se recuperaban de mi repentino ataque? Jamás me lo perdonaría.

La paredes habían quedado completamente congeladas, igual que el suelo y las ventanas. Trozos de flechas de hielo se encontraban destrozadas por todas partes y el aire se había enfriado considerablemente. Un dolor en el pecho me azotó entonces al asimilar que yo había provocado ese caos.

¿Por qué había nacido así? ¿Qué habría hecho en mi anterior vida para merecer algo así?

Incapaz de desviar estos negativos pensamientos de mi destrozada mente, olvidé que estaba siendo rodeada por soldados armados por lanzas ardientes que me apuntaban en todas direcciones. Los soldados se fueron aproximando poco a poco, acorralándome. Era cuestión de segundos que las puntas de las lanzas se clavaran en cada espacio de mi cuerpo. Pero no me preocupaba, porque realmente pensaba que el mundo estaría mejor sin una persona como yo. Mientras estuviera viva, sólo sería capaz de destrozarlo un poco más de lo que ya estaba, no importaba cuánto deseara arreglarlo, porque en el fondo sentía que siempre había sido incapaz de hacer nada por mi sola que no fuera hacer daño o permanecer impasible.

Cerré los ojos y me resigné a esperar que la muerte me acogiera como una vieja amiga que llevaba mucho tiempo esperándome, pero eso nunca llegó. Esperé uno, dos, tres, cuatro… cinco segundos y con una mueca, abrí los ojos de nuevo, buscando con la mirada aquella excusa que podría hacer que no me quitaran la vida después de haber comprobado que no era estable y que en realidad sí que era peligrosa.

- Majestad. – dijo solemnemente el padre de Skay, mirándome a los ojos.

Me pareció que todos los presentes aguantaban la respiración al escuchar cómo se había referido quien supuestamente era el rey de los cálidos a una muchacha fría que acababa de destrozar una parte del palacio y había dejado inconsciente a su hijo.

- No me merezco ese título. No lo quiero. – respondí levantándome del suelo yo sola, todavía un poco desorientada.

El rey esbozó una sonrisa reconfortante y me dijo:

- Sois hija de la reina Opal y eso significa que los Dioses os han elegido. Y simplemente por eso, majestad, os paso el reinado que con honor he estado dirigiendo desde la muerte de su madre.

El padre de Skay, quien me pareció en ese momento una persona egoísta por querer darme todo el poder y todas las responsabilidades que tenía, se arrodilló ante mí y cuando lo hizo él, los soldados que minutos antes me habían estado apuntando con sus afiladas lanzas con la intención de acabar con mi miserable vida, también se arrodillaron. Eso sí, pude comprobar sin mucho esfuerzo que todavía no acababan de entender la situación. Yo les había parecido una enemiga y era obvio que no habían sido avisados del regreso de una reina que habían decidido esconder por quince largos años.

Fue admirable el momento en que todos se arrodillaron ante mí, pero no podía evitar pensar en las consecuencias que llevaría que yo me ocupara de todo un reino que hasta ese día había creído inexistente. Además, no me veía capaz de poder soportar todas las responsabilidades que el trono llevaba consigo. Yo tan sólo era una adolescente de quince años que cursaba tercero de la ESO en un instituto común, no era tan extraño decir que mi única responsabilidad hasta ese momento había sido tener que decidir entre hacerme cliente Premium de Netflix o quedarme con la versión estándar.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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