Fría como el hielo

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Capítulo 28

Alice

Los fríos se movían con una velocidad menor a la que había podido comprobar que se movía la mayoría de los cálidos y, en cierta manera, me recordó un poco a mí, ya que nunca había sido una corredora nata. De algún modo, era como si tener las piernas congeladas dificultara el ritmo al que se movían.

El camino transcurrió en silencio y lo prefería, ya que las advertencias de Skay provocaban que no acabara de fiarme de los fríos. Cuanto menos hablara, menos probabilidades de cagarla hasta el fondo tendría.

Mientras caminábamos recordé lo último que me había dicho el muchacho y como si hubiera sido hacía mucho tiempo, de manera nostálgica, me puse a rememorar el día en que me explicó la historia del mundo en el que nos encontrábamos. ¿Había sido el mismo día en que había despertado y lo había visto por primera vez? Ya no lo recordaba, pues parecía que hubiera pasado mucho tiempo, debido a todo lo que había tenido que descubrir en un tiempo relativamente corto. A veces incluso, me daba la sensación de estar soñando y que de un momento a otro me despertaría en algún hospital o laboratorio, sin importar todo lo que creía que estaba viviendo hasta entonces.

“¿Qué me había explicado Skay aquel día en el sótano?” Me pregunté intentando recordar la historia en la que había decidido no creer. La recordaba vagamente, ya que no sabría explicarla de la misma forma en que lo hizo el chico, el cual seguramente se la sabía de memoria. Era algo parecido a que los Dioses lo habían creado todo, menos los fríos, los cuales fueron creados a partir de una muchacha cálida que… ¿casualmente podía comunicarse con los Dioses? Fruncí el ceño extrañada por esta parte de la historia, ya que no acababa de entender cómo los cálidos adoraban la misma línea de sangre que había creado supuestamente a su enemigo natural. ¿Quería decir esto que yo era descendiente de la chica que había provocado que nacieran los fríos? Moví la cabeza a un lado y a otro rápidamente, sin entender absolutamente nada, pues no acababa de tener ningún sentido lo que Skay me había explicado. Caía en contradicción y como bien había estudiado en mis clases de filosofía, si un argumento caía en contradicción no se podía considerar válido.

Aun así, por algún extraño motivo, los cálidos seguían adorando la línea de sangre a la cual parecía que yo pertenecía, ya que para el actual rey daba igual los años que Skay llevara preparándose para subir al trono… él nunca sería más válido que yo para su padre.

Sumida en mis pensamientos, me faltó poco para olvidar que estaba acompañada de dos fríos y que supuestamente me dirigía a ver por primera vez a mi padre. ¿Cómo sería? ¿Se parecería en algo a mí aparte de en el color pálido de la piel y el cabello?

Observé a los dos fríos, ambos con una expresión indescifrable en el rostro, serios y mirando hacia delante sin pasar la mirada por ningún otro sitio, a pesar de estar recorriendo un bosque. Tampoco recuerdo verlos parpadear, como si sus ojos secos no necesitaran humedecerse o como si el viento que les azotaba la cara no les molestara… se mostraban completamente impasibles.

Caminé durante largas horas por el bosque y me pregunté si mis acompañantes se pararían en algún momento para descansar o si al menos llevarían agua para hidratarse. Me encontraba terriblemente sedienta y hambrienta, no recordaba la última vez que había bebido agua o comido algo.

A pesar de que me costara romper el silencio que se había sumido entre nosotros tres durante todo el viaje que ya llevábamos recorrido, no pude evitarlo, necesitaba beber agua y comer o caería muerta por alguna parte.

- Parad un momento... por favor. – supliqué tirándome al suelo, completamente exhausta.

A continuación, ambos fríos se detuvieron y se giraron para verme recostada contra el tronco de un árbol, cuya copa apenas se lograba distinguir de lo alto que era.

- Necesito agua y comida. – expliqué sintiendo cómo mis tripas se quejaban sonoramente.

- Nosotros no necesitamos esas cosas para nuestros viajes. – respondió la fría, cuyo nombre desconocía.

Entonces, fruncí el ceño, incapaz de comprender cómo podían no necesitar algo tan básico.

- ¿Cuánto falta para llegar a vuestro territorio? – pregunté con un abismo de esperanza de que faltara poco.

- Cinco días.

Abrí los ojos como platos. Tenía ganas de gritar y que el bosque se tragara mis gritos. No iba a aguantar cinco días más en silencio y caminando por el bosque sin ningún tipo de sustento.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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