Fría como el hielo

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Capítulo 30

Alice


Mi piel se erizó repentinamente al escuchar aquella vocecita que parecía traer consigo el viento: "Desafiaste a los Dioses", "Eres fuerte... única", escuché que me decía.

Observé a los dos fríos para comprobar si ellos también la habían escuchado o si lo que pasaba era que me estaba volviendo loca de remate. Efectivamente, ambos parecieron ni inmutarse y al ver que no reaccionaban de ninguna manera, me puse todavía más nerviosa de lo que ya me encontraba en ese instante.

- ¿Quién eres? - susurré en voz alta, mirando en todas direcciones.

Entonces, las hojas de los árboles se mecieron de forma violenta de nuevo y las palabras regresaron a mis oídos: "La pregunta siempre ha sido la misma: ¿Quién eres? Aunque la respuesta tal vez la encuentres respondiendo a la siguiente pregunta: ¿Quién has sido?"

¿Quién había sido? Desde que tenía uso de razón, tan solo había sido "Alice la fría", hasta que llegué a este nuevo mundo en el que, de nuevo, era diferente a todos. ¿Pero por qué los tiros se habían dirigido a mi en aquella extraña conversación?

- ¿Quién eres? - repetí.

De repente, escuché una risita en mi cabeza y a continuación la voz dijo: "En realidad, creo que te he echado de menos... siempre tan impertinente y exigiendo. Pero creo que te cogí cariño en el fondo. Al fin y al cabo, eres única."
Ciertamente, empecé a perder la paciencia. No sabía si me estaba volviendo loca o si realmente había alguien allí que me estaba hablando. Por tanto, al ver que no respondía a mi pregunta, tuve que resignarme a ignorar la voz y realmente me pasó por la cabeza pensar que quizá tenía algún trastorno psicológico. De haber actuado de esta manera en la Tierra, ya me habrían metido en un sanatorio mental.

Si la voz de mi cabeza no respondía a mi pregunta, tal vez era porque yo no la podía responder.

Decidí ignorarla, ya que en ese momento no me pareció importante. Estaba en camino de conocer a mi supuesto padre y lo único que debía importarme en ese momento, era que estaba vivo y podría explicarme algo acerca de mí. Así que eso fue lo que hice y me dispuse a caminar en busca de algún lago o río de donde pudiera sacar agua potable. Y a ser posible, a su misma vez podría pensar de qué me iba a alimentar en caso de finalmente decantarme totalmente por la opción valiente y no la cobarde, la cual consistía volver a palacio sin ver a mi padre y sin solucionar nada del cacao que tenía en la cabeza.

Sin embargo, la voz persistió hablándome, cada vez de forma más cercana, como si aquella persona que me estaba hablando, me conociera más de lo que creía saber: "No estoy acostumbrado a que me ignoren, pero viniendo de ti ya no me sorprende nada..."

Haciendo caso omiso, avisé a mis dos acompañantes de que me iba a buscar agua y sin esperar una respuesta por su parte, empecé a caminar por el bosque, con la esperanza de no perderme y saber volver por el mismo camino.
En ese momento, el cuento de "Hanzel y Gretel" vino a mi mente y sopesé profundamente la opción de dejar alguna marca en los árboles -a falta de migajas de pan- con el fin de no perderme.

¿Pero con qué iba a hacer marcas en los árboles? No tenía nada afilado, por lo que decidí memorizar cada rama, arbusto, flor y árbol que encontraba a mi paso.
Caminé durante media hora, hasta que me di cuenta de que estaba caminando en círculo y sin encontrar nada de agua. No me rendí hasta que hube pasado tres veces por el mismo sitio. Incapaz de comprender qué era lo que hacía que acabara siempre en el mismo lugar, me senté, agotada, en el suelo.
Cuando la vocecita volvió a mi cabeza, pegué un bote, asustada: "Querida mía... una parte de ti está hecha de hielo"

- ¡Sal de mi cabeza! - grité, enfadada conmigo misma.

La vocecita volvió a reír, como si le divirtiera el hecho de verme confundida y, para mi sorpresa, respondió: "Como desees".

A continuación, el cielo en el cual empezaba a vislumbrarse el atardecer, se tapó, volviéndose tan gris como un día de tormenta. El viento se volvió violento e hizo que mi cabello se volviera loco y se me metiera en la cara. Las nubes grises empezaron a tirar agua helada y un relámpago se vislumbró en el cielo. Sin embargo, el caos tan solo duró unos segundos y cuando abrí los ojos de nuevo, la luz había vuelto y había amainado. La única prueba de lo que acababa de pasar estaba en mi cabello, el cual parecía un nido de pájaros. No solo eso, sino que delante de mí, había aparecido un niño que no aparentaba más de diez años.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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