Fría como el hielo

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 34

Alice

Todo lo ocurrido me parecía irreal y todavía no podía acabar de creer que no estuviera soñando. Tal vez yo era Alice en el país de las maravillas y no me había dado cuenta, quizá había entrado en la madriguera de un conejo y había caído al vacío hasta llegar a este extraño mundo o quizá tan solo se me había ido la cabeza y confundía la ficción con la fantasía, igual que Alice en el cuento.

Resignada, me quedé observando al muchacho que afirmaba ser Eros, el Dios del amor, y suspiré. Estaba visiblemente confundida, ya que no era la primera vez que aparecían extrañas imágenes en mi cabeza, como si en algún instante hubiera vivido esos momentos que constantemente hacían esmero en torturarme. Igual que cuando había traspasado la barrera o incluso cuando había disparado una flecha directa al centro, sentí un escalofrío al no saber qué me estaba pasando. “¿Quién era o, mejor dicho, quién había sido?” me pregunté recordando las palabras que Eros me había susurrado en la cabeza hacía tan solo unos breves minutos. Ahora, más que nunca, necesitaba responder esa pregunta, ya que uno de mis mayores temores siempre había sido poder perder la cabeza. Solo imaginar que pudiera dejar de pensar razonablemente y me convierta en alguien totalmente diferente, hacía que mi piel se pusiera de gallina… ¿Por qué si no disponemos de nuestra razón, quiénes somos realmente? Seres vacíos tal vez.

En ese momento, me sentía como si hubiera olvidado algo realmente importante, algo que había pasado a estar en mi inconsciente pero que en algún momento había formado parte de mi consciencia, y habría estado encantada de que me hicieran un psicoanálisis, a pesar de que ello supusiera sacar a la luz la parte más oscura de mi inconsciente. ¿Cómo conseguiría saber por qué me estaba pasando aquello? ¿Quién había sido?

Eros y su sonrisa me alejaron de aquellos pensamientos sin sentido, para sumergirme de nuevo en una extraña realidad en la que los Dioses existían, igual que los poderes sobrenaturales y los alienígenas. Pero volver a la realidad no calmó mi consciencia para nada, mejor dicho, me puso más nerviosa.

Como si pudiera leerme el pensamiento, Eros hizo una pequeña mueca y me dijo intentando relajarme:

- Sé que tienes muchas cosas para asimilar, pero no puedes rendirte, al menos no ahora después de todo lo que has vivido y todo lo que te queda por vivir. Eres fuerte, Alice, y estoy seguro de que el destino tiene un plan maravilloso para ti, sino no estarías aquí.

Al escuchar aquellas palabras, quise gritarle que no me ayudaría a resolver mis dudas existenciales con más palabras enrevesadas y con un doble sentido que no conseguía vislumbrar.

- No entiendo de lo que hablas. Mi vida no puede haber sido más horrible… - murmuré con el semblante algo triste.

- La vida no tiene que ser siempre feliz, el dolor es necesario para poder gozar de un buen momento. Son sensaciones opuestas, pero una no existiría sin la otra. – explicó esbozando una triste sonrisa al acabar y sin desviar su atención de mí por un momento.

- Pero yo jamás he sido feliz. – sentencié y me di cuenta de lo mucho que dolían aquellas palabras. Sentí que mi frío corazón se helaba un poco más y mi vista empezó a nublarse para dar lugar a un par de lágrimas.

- ¿Estás segura de eso? – preguntó retóricamente.

A continuación, de la mano de Eros apareció una imagen que recordaba a la perfección. En ella, Skay me abrazaba con calidez, mi cuerpo pequeño se encontraba totalmente rodeado por sus fuertes brazos y no pude evitar que me embriagara una oleada de calor en el mismo instante que recordé al chico.

- ¿Es esto obra tuya? ¿Provocaste que me abrazara? – pregunté de repente, enfadada al pensar que uno de mis únicos momentos de felicidad hubiera sido tan solo un simple juego para un Dios.

Sin embargo, Eros sonrió ante mi acusación y negó con la cabeza, mientras me observaba con sus ojos azules y brillantes, con determinación.

- Existen hilos entre los diferentes seres, que los unen o los separan en un momento determinado, de diferentes colores, materiales y rigidez. Unos son muy frágiles y se rompen con tan solo un soplo de aire, una decisión equivocada o tal vez incluso haber cambiado una ruta habitual de camino al trabajo. Otros, en cambio, son imposibles de romper y pueden conducir a un destino fatal o a uno tan increíble que ni siquiera puedas soñar. Yo no tengo el poder de modificar ese destino, porque es inevitable. Por eso, no puedo cortar el hilo rojo que te une a Skay, ni tampoco puedo hacer nada que implique cambiar vuestro destino. – explicó seguidamente y yo lo escuché con atención, intentando no perderme ni hacer ninguna expresión que reflejara mis pensamientos.



Emma Aguilera

#6634 en Fantasía
#13475 en Novela romántica

En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar