Fría como el hielo

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Capítulo 36

Hace aproximadamente quince años, en el mundo Origin, una reina acaba de abandonar a su única hija y heredera…

Opal

Nunca antes había saboreado el miedo, ni mucho menos había sentido vergüenza por ser quien era. Yo era la reina del reino de los cálidos, el cual se extendía por la mayor parte del mundo Origin, salvo aquellos territorios fríos y los que mis enemigos habían ido conquistando durante los últimos dos mil años, congelándolos cada vez más, convirtiendo los verdes prados en montañas de nieve y los ríos con prominente agua corriente en hielo. Todos temían y amaban mi poder, prácticamente me besaban los pies. Me veían casi como una Diosa y su deber era obedecerme y morir por mí en la lucha contra los fríos. En parte, sus vidas me pertenecían y debían hacer lo que yo quisiera con ellas. Al menos, así era cómo me habían inculcado que debía ser, sobre todo teniendo en cuenta que mis súbditos estaban inhibidos por los Dioses de la posibilidad de desobedecerme.

Sin embargo, todo mi poder parecía haberse disipado por completo con el nacimiento de esa niña, ya que había pasado de ser increíblemente fuerte y orgullosa a ser incapaz incluso de comer o salir al jardín para sentir la calidez de la estrella que iluminaba mi mundo.

Había dado luz a un monstruo y lo peor de todo era que no entendía cómo. No recordaba nada que pudiera concluir a crear ese espécimen en mi vientre.

Quería olvidar lo que había ocurrido y empezar a actuar de nuevo como la soberana que era y había sido siempre. Mi reino necesitaba a su reina, no a la sombra de lo que había sido, pero no podía borrar la imagen de la niña que se suponía que debería haber sido la próxima reina de los cálidos.

Habían pasado varias semanas y su frío tacto todavía persistía en mi memoria, torturándome. Recordaba también la forma en que sus ojos nublosos y fríos se habían clavado en los míos, intentando reconocerme, pero no lo había podido soportar. Yo, la reina Opal, no sería recordada como la más fuerte y cálida, sino como aquella que parió a una abominación. ¿Acaso había hecho algo para enfadar a los Dioses y ese era mi castigo? ¿Y si había molestado a Astarté, la Diosa de la fertilidad, al exigirle que me diera un heredero o una heredera al trono?

No sabía el motivo por el cual mi hija había resultado ser repugnante, quizá había enfadado a algún Dios entonces, pero ahora muchos más estaban furiosos. Y no entendía el por qué. ¿Qué había hecho? Me culpaba constantemente por lo ocurrido y me avergonzaba.

Tampoco había sido fácil enviar a una de mis servidoras más fieles a otro mundo con un monstruo en brazos, ni mucho menos haberla amenazado con matarlas a ambas si osaban regresar. En ese momento, no me di cuenta, pero lo que había hecho había sido amenazar a mi sirvienta, en lugar de ordenarle que no volviera e intuía que mis palabras habían sido modificadas por algún Dios. Tal vez fuera este quien quería castigarme con la posibilidad de que mi única vergüenza regresara y ensuciara mi buen nombre. Cada día que pasaba, temía que la comadrona regresara con la niña y sentía que me moría poco a poco. Esa abominación había conseguido arrebatarme mi fuerza. Nunca me había sentido tan débil.

Por si todo esto fuera poco, les había cedido mi anillo más poderoso y tendría que pedir a los Dioses otro elemento que me permitiera viajar por la inmensidad del universo. En ese momento, no estaba completamente segura de que ellos me concedieran un don que había pasado de generación en generación hasta ahora.

Sentía vergüenza de mi misma y sentí que quería morir antes que ver a aquel monstruo que había salido de mi vientre, crecido. ¿Por qué no la había matado? ¿Por qué condenar a una sirvienta, la única testigo, a una vida horrible? Es probable que aquella niña la acabara matando y aun así, no había podido matarla. Por mucho que no quisiera aceptarlo, esa niña era mi vergüenza, pero también era mi hija, un alma que todavía no sabía si era inocente y no quería convertirme en alguien como Sophie, la creadora de los fríos. Su historia nos había dejado claro a toda nuestra especie que eliminar un alma inocente podía tener la peor de las repercusiones y no tenía ninguna intención de comprobarlo.

Tenía que sacar valor de donde pudiera y seguir adelante. Tal vez, con el tiempo, fuera capaz de volver a concebir y engendrara a una persona digna de ser llamada soberano o soberana.

Pero los días pasaban y poco a poco, iba perdiendo la cabeza. En mis ratos libres, ignoraba a mi marido y prefería pasar tiempo a solas, de rodillas en un templo y mientras borbotones de lágrimas corrían por mis mejillas como cascadas sin fin, llamaba a los Dioses con desesperación. Suplicaba que escucharan mis plegarias y que me perdonaran por haber engendrado a un monstruo. Pero mis súplicas jamás fueron respondidas y pensé que quizá ya no fuera digna para que los Dioses me escucharan y me hablaran.



Emma Aguilera

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En el texto hay: elementos, amor y magia, mundos

Editado: 11.09.2019

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