Fuego Negro ©

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Capítulo 2. Fuego Negro

Al despertar noté una sensación pringosa entre las piernas. Aparté enseguida las sábanas y descubrí sangre manchando el interior de mis muslos y también la tela del camisón. Me asusté, pero entonces recordé lo que me había dicho el hechicero.

Le encontré en el laboratorio. Estaba tumbado en un camastro y parecía dormir, y caí en la cuenta de que probablemente había estado utilizando su habitación.

–¿Qué ocurre? –preguntó sin moverse un ápice.

–He sangrado.

Se quedó callado un momento y luego me dijo que fuese a la habitación con la bañera. Allí encontré otro camisón nuevo. Cuando me quité el manchado y lo dejé en la silla, la tela se consumió a sí misma y desapareció por completo, como si nunca hubiera existido.

Esta vez fue el hambre el que me alejó de mi baño. Pero no tuve que decírselo al hechicero, porque de nuevo se comportó como si supiese exactamente lo que yo necesitaba: una bandeja llena de comida me esperaba sobre la cama. Me la llevé conmigo al patio y allí me senté junto a las plantas que rodeaban el brillante árbol, y muy pronto me di cuenta de que nunca antes había comido más a gusto.

Intenté retrasar el final de ese momento todo cuanto pude. Runar no me había dicho nada, pero sospechaba que no tardaría en tener que irme de allí. Así que, cuando terminé de comer y él no había aparecido para echarme, me volví a meter en la cama y me cubrí por completo con las sábanas. Y como seguía sin sentir nada, cerré los ojos y poco después me quedé dormida.

Pero, al despertar, noté presión en el pecho. Era como una losa que me aplastaba contra la cama, y sin embargo al mismo tiempo tenía ganas de salir corriendo. Sin poder pensar en otra cosa que no fuese librarme de aquella sensación, fui a buscar al hechicero para pedirle que me tocase de nuevo con sus manos.

–Lo haré solo una vez más –me advirtió–. Luego, princesa, tendréis que dejar que el tiempo haga su trabajo.

–¿Por qué? –pregunté angustiada.

–¿Queréis dejar de sentir? Es lo que hace este hechizo. Anula cualquier sentimiento. Quería que pasarais bien la noche y que descansarais. Lamento no poder hacer otra cosa.

Negué con la cabeza varias veces.

–Me habéis ayudado muchísimo –aseguré–. Entiendo lo que decís. Pero me siento demasiado mal. Por favor, hacedlo otra vez.

–Está bien, princesa.

Se me acercó y colocó ambas manos en mi cabeza. No tardé en notarme deliciosamente ligera.

–Gracias, Runar –suspiré.

Se me quedó mirando un instante antes de regresar a la pócima que estaba elaborando. A pesar de que no tenía ningún miedo en esos momentos, no quería preguntar cuándo me despojaría de su protección. Y como él tampoco decía nada al respecto, regresé a la cama y a mi mundo bajo las sábanas.

A ratos dormité y a ratos perdí la consciencia. La luz que emitía el árbol del patio era constante, por lo que no podía saber qué hora era ni cuánto tiempo habría pasado desde que solicité el auxilio del hechicero. No me moví de la cama hasta que las ganas de orinar se hicieron insoportables. Luego, seguí tumbada un rato más hasta que noté el estómago vacío por completo.

Runar me proporcionó más comida y volví a sentarme junto al árbol. Y, en cuanto acabé, regresé a la cama. No tardé en comprender que podría hacer de aquello una rutina perfecta. No sentía nada en absoluto, y sin embargo nunca antes me había sentido mejor.

Pero, entonces, aprecié de nuevo la presión. Y el miedo, la vergüenza, el odio, y ahora también la culpa. Aunque intenté aguantarme, enseguida necesité recurrir a Runar. Él no me complació, y me pareció que lamentaba profundamente no poder hacerlo, pero sí que me dio una pócima que me tranquilizó un poco.

–¿Puedo quedarme aquí un momento? –pregunté.

–Claro, princesa.

Me ofreció una silla y me senté en ella con la taza entre las manos. Como al entrar, me fijé en el camastro.

–Estoy durmiendo en vuestra habitación, ¿verdad?

–No os preocupéis por eso.

–Puedo quedarme en ese camastro o en otra parte.

–De ningún modo.



Lucy Valiente

Editado: 23.11.2019

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