Fuego Negro ©

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Capítulo 3. La flor Quipe

Una noche, mientras conversábamos, noté a Runar particularmente serio y callado. Me pareció que algo le atribulaba, así que me atreví a preguntarle.

–Nada que deba preocuparos, princesa –aseguró.

–Si os pasa algo, me preocupa.

Esbozó una sonrisa de las que ya me tenía acostumbrada y sus ojos se perdieron en algún punto indeterminado del jardín. Entonces, sentí un gran temor.

–¿No queréis seguir pasando tiempo conmigo? –me lamenté.

Me devolvió la mirada y mantuvo el silencio. Lo hizo durante tanto tiempo que al final me sentí algo incómoda. A veces me preguntaba si me complacía porque sentía algún tipo de aprecio por mi persona, pero en esos momentos me lo pareció más que nunca.

–Vuestro hermano tiene problemas en la frontera sur –dijo–. Me ha pedido que lo solucione.

Aquello me pareció peor que mi primera opción.

–¿Os vais? ¿Cuánto tiempo?

Negó con la cabeza y el corazón se me encogió.

–No lo sé. El tiempo que tarde en resolverlo.

Noté que se me aceleraba la respiración y traté de tranquilizarme, pero solo pensar en que algo malo pudiera ocurrirle me lo impedía por completo.

–Quiero daros algo –dijo, metiéndose la mano en la túnica. Sacó de ella un colgante y me lo entregó–. Es una flor Quipe. Solo florece una vez cada veinticinco años y solo en una zona concreta del mundo, las montañas Tullah. Ya de por sí cuenta con una gran energía, pero al encerrarla tuve que ceder parte de mi poder. Quiero que la llevéis en todo momento, princesa. Si os veis en cualquier peligro, solo tenéis que agarrar el frasco y decir mi nombre. Os protegerá el tiempo suficiente para permitirme acudir en vuestro auxilio.

Observé la flor encerrada en el cristal. Era de un color azul tan intenso como hermoso. Una complacencia enorme me embargó; tanta, que me atreví a acercarme a él y a darle un suave beso en la mejilla.

–Gracias, Runar. ¿Me ayudáis a ponérmelo?

Se había sorprendido y tardó un poco en coger el colgante. Me giré y aparté mi cabello para facilitarle la tarea. Él abrió el colgante y me lo colocó con cuidado de no tocarme, pero me rozó la piel de la nuca con una de sus manos. Me provocó un estremecimiento que me cerró los ojos un instante.

–Es muy bonito –dije–. Entonces, ¿vendréis estéis donde estéis?

–Sí. Y hay otra cosa, princesa. Si lo necesitáis, podéis entrar en mis aposentos. Pero solo vos. Si alguien más lo intentase…

–A nadie llevaré allí –le prometí.

–Es importante que sepáis que cualquier otro resultaría gravemente herido, incluso podría morir –advirtió.

Asentí enseguida y cambié de tema. No quería pensar en su partida más tiempo del necesario. Él me complació y no tardamos en ir al laboratorio.

No me rechazaba ninguna muestra de cariño, así que la mañana que se marchaba, apenas dos días después, me despedí de él con un abrazo y un beso. No había dejado de verle cuando ya le echaba de menos. Y pronto le eché tanto de menos que iba a buscarle entre las sábanas de su cama; no me costó mucho comprender que me había enamorado de él. Y eso a pesar de las noticias que recibíamos sobre su labor en el sur. En especial, lo que le había hecho al noble que resultó estar detrás de los ataques a los envíos de la recaudación real. Al parecer, había dejado arder su castillo durante tres días y tres noches completos, a fin de que todo el mundo que estuviese lo suficientemente cerca pudiera ver lo que les ocurría a aquellos que desafiaban a su majestad.

Pero aquel castigo también significaba que el regreso de Runar estaba próximo. Sin embargo, cuando finalmente sucedió, no fue como había esperado y deseado. Se fue directo a hablar con mi hermano, y esa noche no acudió a cenar. No hubo rato a solas.

Pasé la noche inquieta, sin saber qué me esperaría al día siguiente. Por la mañana estaba tan cansada que no desayuné y me levanté directamente para el almuerzo. Entonces, mi hermano me solicitó un momento para hablar conmigo.

–¿Cómo está Runar? –le pregunté antes que nada. Él pestañeó, sorprendido.

–Bien. Está descansando. Necesita un tiempo para reponerse y debe estar a solas.



Lucy Valiente

Editado: 23.11.2019

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