Gabriel

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Capítulo 11

El despacho oval me tenía cautivada. Ahora que me encontraba sola, sentada en el mullido sofá y esperando por las nuevas noticias del presidente, pude admirar con más calma el lugar tan emblemático que me rodeaba. Las paredes estaban adornadas con papel beige de doble color y grandes cuadros con banderas de Estados Unidos. Su escritorio, de madera de caoba donde estaba tallada el águila calva que nos representaba, era sin duda, lo que más llamaba la atención. Cientos de presidentes se habían apoyado en esa mesa para gobernar nuestro país.

 

Una puerta oculta se abrió mostrando al presidente con una expresión difícil de leer.

Me levanté inmediatamente, pero él hizo un gesto para que me sentase de nuevo, y así lo hice. John cerró la puerta en último lugar, y agradecí que estuviese, aunque todavía no entendía porque Jake no estaba aquí conmigo.

—Detective Taylor —comenzó a decir el presidente mientras se sentaba enfrente de mí, cruzando las piernas y apoyando la espalda en el sofá––. Siento que tenga que venir usted sola, pero a partir de ahora trabajará con nosotros. El agente Cooper trabajará en las pruebas, mientras usted hace el trabajo de campo.

Abrí los ojos de par en par por el asombro de la noticia. Jake y yo llevábamos tiempo juntos y era un pilar importante para mí. No, esto no podía quedar así.

–– Disculpe Presidente, Jake es mi compañero, sin él estaré...perdida —dije con tono sedoso para que viese lo afectada que estaba.

—Lo lamento, durante un tiempo trabajaréis separados. No estoy diciendo que no os veáis señorita Taylor, seguiréis viviendo puerta con puerta — me miró severo, pero enseguida su mirada se volvió preocupada — Detective Taylor, lo que más lamento es lo que casi le ocurre si no fuese por la llegada de Gabriel.

Mi corazón dio un brinco, pero de verguenza. ¿Sabrá todo lo que ocurrió?

— Menos mal que usted no le dejó entrar a su habitación, quizás la hubiese matado allí dentro — intenté que mi cara fuese una máscara inexpresiva. El presidente no tenía ni idea de lo que había ocurrido de verdad y lo agradecía.

­–– Sí, fue casualidad que Gabriel estuviese llegando al edificio –– lo dije convencida. ¡Que demonios! hasta yo misma me lo habría creído.

El presidente asintió. Se levantó del sofá para caminar hasta su mesa, sentándose en su silla, para después sacar unos documentos de un cajón. Se volvió a sentar en su silla y sacó unos documentos de algún lugar escondido.

— El hombre que se hizo pasar por Gabriel nos dijo que solo quedaban unas alas, eso ya lo sabías — dijo esperando a que asintiera, y lo hice rápido para que siguiese —No sabemos dónde están, él tampoco lo sabe. Gabriel sospecha que las tiene el primer oficial de Miguel.

—Jemeh —respondí asintiendo de nuevo.

— Sí, Jemeh tuvo algo que ver con el secuestro de Gabriel hace doce años. Llegaría a algún tipo de acuerdo con la doctora Vega. De momento son todo conjeturas, pero Gabriel necesita un poco de tiempo para asimilar lo que está sucediendo.

— ¿Dónde está ahora? —pregunté por curiosidad.

— No lo sé. En momentos así, es mejor dejarle solo. Cuando vuelva, ambos iréis a Londres, es hora de que Gabriel hable con los demás arcángeles, y al ir tú, tendré a alguien que me cuente lo que está sucediendo.

Vale, esto sí que no me lo esperaba. De hecho, ahora mismo estaba nerviosa. ¿Arcángeles? Hasta el momento, nunca había pensado en los demás. No tengo ni idea de cómo se llaman, ni si son ángeles buenos o no.

Me levanté del sofá y miré con firmeza al presidente.

— Claro, señor. No se preocupe por nada. Prepararé mis cosas ahora mismo.

Me levanté del sofá despidiéndome de los presentes, pero tan pronto la puerta se cerró, suspiré.

No me gustaban los cambios, y este iba a ser uno grande.

 

 

Llevaba media hora esperando a Gabriel. Se suponía que tendría que haber llegado hacía un buen rato, pero nadie sabía nada de él.

Me senté en un banco que había en el jardín de la Casa Blanca. El buen tiempo que hacía era lo único que me mantenía de buen humor, puesto que ya había llevado malas noticias hacia un par de horas.

Cerré los ojos y dejé que el sol calentase mi piel, los pájaros cantaban felices, ajenos a todos los problemas. Y la cálida brisa hacía que me adormilase.

Sin duda, necesitaba unas vacaciones.

Si Miguel despierta, olvídate de tener tiempo para ti.

Abrí los ojos al escuchar a Gabriel en mi mente. Le tenía enfrente de mí, mirándome con una ceja levantada y los brazos en jarras marcando unos músculos bien definidos. Sus alas estaban plegadas, pero las plumas se movían a causa de la brisa.

Tenía cara de cansado, pero ahora mismo, sentía su mal humor.



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En el texto hay: arcangeles, angeles, romance

Editado: 30.01.2019

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