Garras Rojas: Noche Oscura

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II

Estuve obligado a cuidar de él cada día de mi vida. Era un fastidio desde el momento en que nació, o al menos eso parecía. Madre siempre pensó que mi hermano era un insensible; estaba algo orgullosa de él, pero no era verdad. Nadie en este castillo podía verlo tan claramente como yo lo hacía.

Desde que fui consciente de mi propia existencia supe que me encontraba atado a ese niño de la forma más molesta que pueda alguien siquiera imaginar. Recuerdo que, cuando éramos aún unos niños y podíamos salir del castillo, Light y yo fuimos a pasear con nuestra madre y nuestro padre Gio por el pueblo humano que comenzaba a formarse bajo la colina, pero nos alejamos, más de lo adecuado. En ese instante, cuanto nos acercamos a una de las nuevas casas, un grupo de bestias de feroces dientes y extraño aspecto se lanzaron contra nosotros. Mi hermano y yo apenas teníamos cinco décadas de vida, lo que, si no me falla la memoria, nos haría ver justo como dos niños humanos de cinco años. Aun no nos habían crecido los colmillos siquiera y ellos... ellos tenían esos enormes dientes afilados y sus estruendosos gruñidos junto con aquellas garras negras llenas de polvo y barro. Sentí miedo por dentro esa vez, pero también pude percibir miedo desde el lugar ocupado por mi hermano Light a mi izquierda. Corrí en ese momento por mero instinto de supervivencia, sin pensar en nada más que vivir. Era apenas yo un lactante que salía por primera vez de casa y que no tenía idea de que diantres eran esas cosas peludas tan horrendas, pero pasados unos minutos, al no sentir las acostumbradas pisadas junto a mí, me volví, aun aterrado, tuve que recorrer el camino otra vez para encontrarme a mi hermano mayor siendo mordido por una de esas bestias salvajes... Pensé que estaba muerto.

Me lance contra esas criaturas a pesar del terror que recorría mi ser. No era la primera vez que mataba algo, pero si era la primera vez que el animal era más grande que yo y que podía darme batalla; había matado zorros pequeños, conejos y aves, pero eso era diferente, estos luchaban, se defendían, y sobre todo, querían matarme. Cuando acabe, cuando por fin los destroce a todos, me permití mirar al niño tendido en el suelo con sus ropas desgarradas y sus pequeñas manos blanquecinas bañadas en sangre oscura y coagulada; sangre muerta de vampiro. El me miraba con esos vacíos ojos rojos suyos, pestañeando cada tres o cuatro minutos, respirando tan lento como acostumbraba, con su corazón silencioso palpitando apenas como cada día y ese rostro tan igual al mío, pero a la vez, tan inexpresivo. Quise patearlo al verlo en el piso tan indiferente, tan cerrado a su propio terror... tan lejos de sí mismo. Tantas veces me pregunte en las noches silenciosas de mi juventud por qué no lo había hecho, porque no había acabado con mi tormento eterno en aquel momento... podía haberle dicho a nuestra madre que habían sido esas extrañas criaturas pero... no sé porque, solo le di una cachetada luego de sentarlo en el piso y el, como siempre, solo me miro, preguntándome que había hecho mal. Light había sentido miedo, sentía dolor, pavor y yo podía notar como este emanaba de él como una fuente que estaba obligado a beber; yo era el único que podía verlo y el, no era capaz de entender.

 

—Llevas mucho rato mirando por la ventana —murmure sin levantar la vista del libro que el tío Remigio había traído consigo desde Paris.

—De nuevo hay fuego allá a lo lejos —podía sentir su curiosidad, y el, aunque no  podía entenderlo, no era capaz de apartar la vista de aquel lugar.

—Solo es un pueblo humano. Ya sabes, se multiplican como ratas —sonrío para mí mismo, porque vamos, sé que él no ve la diferencia entre una sonrisa o un ceño fruncido.

Light volvió al silencio. Sin duda hablar con él era tarea difícil.

Intente por horas sumirme en aquel tan monótono libro sobre las matemáticas para abandonar por fin al sentir ese cansancio liberador. Por fin era tiempo de dormir por unas horas, que fuese, para dejar de lado las preocupaciones nada interesantes de mi hermano.

Posando el libro sobre la mesita de noche a mi izquierda, acomodé mi cuerpo en la larga cama de suaves colchas cubriéndome con ellas. Esta es, sin duda alguna, la única cosa de la cual estaré siempre agradecido a nuestro verdadero padre. No sé bien quien o que es él, pero, tener la posibilidad de dormir cada noche y dejarse llevar en el tiempo aunque sea por unas ínfimas horas, olvidando todo lo que has vivido, eso es, sencillamente, un regalo.

 

Lentamente me enderecé en la cama, estirando un poco los huesos. Mi larga coleta se había soltado y enredado alrededor de mis brazos durante la larga noche, provocando unos cuantos problemas a la hora de levantarse y despertar definitivamente. Recupere mi lucidez al escuchar un golpe suave desde la ventana al fondo de la habitación.

—Estás despierto —murmuro Light con voz pastosa. Se encontraba aun sentado en el borde de la ventana, impecablemente vestido, lo que indicaba que se había pasado la noche en vela mirando el exterior. El Sol poco a poco comenzaba a elevarse por los cielos, provocado escozor en nuestros ojos.

—Definitivamente, hermano mío, deberías intentar dormir ahora. Tus ojos se ven cansados y tu rostro tiene poco para volverse azul —conteste, saliendo de la cama para coger el cepillo de pelo del baúl a los pies de mi la misma. No sé yo, pero siempre despierto con el cabello suelto y sin rastros de mi cinta para el pelo.



Camila Díaz R.

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En el texto hay: vampiros, licantropos, guerras

Editado: 26.02.2018

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