[gay] Inesperado

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VII. Calma y serenidad

El jueves por la noche Michael se fue a Hamburg para ver a su familia, ahora sí que Jürgen estaría solo por lo menos un día. Sí que sería un viernes para recordar…

— ¡Jukka! —Exclamó Jürgen de forma usual.

— ¿Necesitas algo? —Me limité a responder para evitar líos.

—Ya sabes que hoy por la noche nos vamos a Berlín. Como te dijo el señor Strauß debes mantener todo en calma y cualquier cosa rara debes informarla de forma inmediata.

—Ya recibí las instrucciones pertinentes del dueño de la casa Jürgen —dije, fulminándolo con la mirada.

—Tu actitud estúpida va a traerte muchos problemas idiotita, pero vamos búscale más —dijo exaltado comenzando a empujarme.

— ¡Ya, Jürgen! —Pidió Helga preocupada, yo evité responder a la agresión; si lo hacía ponía en riesgo mi estancia en la casa Strauß.

— ¡Jürgen! —La voz de Lucien fue firme, no le había oído así; tanto, que logró asustarme.

—Lo lamento joven Strauß —dijo Jürgen alejándose de mí.

— ¿Qué estaba pasando aquí? —Preguntó aun visiblemente molesto.

—Jürgen estaba insultando a Jukka como siempre, joven Strauß —respondió Helga ante la molestia de Jürgen quien la interrumpió.

— ¿Qué va a saber una cocinera inepta como tú?

— ¡Jürgen cállate ahora! —Reprendió Lucien de nuevo.

—Sí señor.

— ¡Demonios Jürgen! ¿Por qué no aprendes a mostrar educación?

—No volverá a pasar joven Lucien.

—Retírate ahora mismo. —ordenó molesto, esos ojos verdes que casi siempre lucían apagados, y que eran capaces de mostrarme una mirada dulce ahora estaban encendidos de coraje, era algo que no había visto en él.

— ¿Desea algo joven Lucien? —Preguntó Helga notando que estaba congelado.

—No, sólo me acerqué porque escuché que gritaste. Es verdaderamente raro oírte gritar, Helga. Tengo cosas que hacer, ¿pueden avisar a mi madre que regreso como a las ocho? —pidió ya más tranquilo.

—Sí joven Lucien, yo mismo le aviso a su madre —atiné a decir saliendo de la cocina sin volver mi mirada atrás.

El salió de la casa con molestia, supongo que aún estaba enojado por lo que había pasado con Jürgen, pero no tenía idea de qué era eso que “tenía que hacer”. Me dirigí a la alcoba de la señora Lorraine y, tal y como él pidió, le informé que su hijo volvería pasadas las ocho.

Cerca de las seis de la tarde comenzó a darse todo el movimiento en la casa para la partida de los doctores Strauß a Berlín, con Jügen de guardaespaldas. La pequeña Laurianne lucía entusiasmada con la partida de su padre y abuelo, mientras que la señora Lorraine observaba el reloj casi cada diez minutos; era como si estuviera esperando ansiosa que salieran de viaje.

—Jukka, cualquier cosa informas de inmediato —me ordenó el anciano Strauß mientras yo asentía con firmeza sin emitir una sola palabra.

—Bueno padre, vámonos a Berlín —dijo el señor Herman desde el auto mientras Jürgen sostenía la portezuela esperando que el anciano Strauß subiera.

La pequeña Laurianne agitó su mano despidiéndolos con entusiasmo, creo que demasiado, mientras su madre sonriente levantó su mano para despedirlos.

— ¡Ahora sí que habrá paz! —Exclamó la pequeña Laurianne entrando a la casa con amplia sonrisa mientras Helga reía a carcajadas y la señora Lorraine sonreía, su expresión era de calma absoluta. Era obvio que disfrutaban demasiado las salidas de ambos médicos y de los “buitres”.

—Jukka, ¿puedes informarme cuando mi hijo llegue? —Me pidió la señora Lorraine con amabilidad y esa sonrisa tranquilizadora que tanto la definía.

—Por supuesto señora —dije sonriente, también yo me sentía de maravilla con ellos fuera de la casa.

—Voy a jugar afuera —dijo la pequeña saliendo detrás de su madre, seguro estarían en el pequeño quiosco que estaba en medio del jardín, la señora solía salir a tomar té y leer en paz mientras estaba el viejo Strauß en casa, la pequeña rara vez salía si estaba su abuelo, así que supongo que esta sería la verdadera dinámica mientras ellos no estuvieran en casa.

Me quedé con Helga en la cocina ayudándola a preparar la cena, seguro sería una cena fuera de lo común, al menos desde mi llegada todas habían sido iguales; el anciano hablando sin parar del hospital mientras la señora Lorraine y sus hijos observaban atentos sin decir nada para evitar interrumpirlo, Jürgen y Michael atendiéndolos servilmente. Todas las noches era igual, por completo; lo único que hacía diferencia era el platillo servido y el tema hospitalario en la conversación.



Saga Zuster

Editado: 12.07.2018

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