[gay] Inesperado

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VIII. Siempre hay una salida

Esa cena había sido clarificadora para Helga y para mí, parecía que nunca había contado todo eso a nadie, y el hecho de verlos reír y recordar todo aquello era memorable, creo que Helga se sintió mucho más cercana a los “extranjeros” de la casa, como solía decir Michael.

— ¿Por qué no han regresado a Nantes? —Preguntó Helga con tristeza, tras escuchar todo aquel relato.

—Porque pensé que mi esposo necesitaba de nuestro apoyo, ahora que tenemos seis años aquí y que cada día está más lejano a nosotros es cuando me cuestiono si hice bien en venir y traerlos a ellos a sufrir aquí.

—No todo ha sido tan malo mamá —dijo Lucien mirando a su madre mientras la pequeña Laurianne le miraba extrañada—. Hemos conocido gente agradable aquí, poca pero sí. Además, ahora que ya llevamos tiempo aquí va a ser más difícil que nos dejen volver.

—Pero no es imposible —dijo la pequeña Laurianne.

—Lothar Strauß va a pegar el grito en el cielo, va a mandarnos buscar con su terrible gente y no voy a exponerlos a eso.

—Señora debería aprovechar que ellos no están en la casa, van a estar suficiente tiempo para que lleguen en tren a Francia. Ahí ya no podrá hacer nada para obligarlos a volver. Yo no informaré nada, igualmente yo nunca salgo de la cocina. Supongo que no es feliz al ver a su propio hijo demacrarse como lo está haciendo porque su “abuelito” quiere que el niño sea médico lo más joven posible, y el futuro de su hija será el mismo. Pueden llevarse a este niño, él no tiene por qué crecer en un ambiente tan terrible como este, porque si lo dejan y ellos llegan a ver la “sorpresa” va a irle muy mal por no decir nada- dijo Helga ante el asombro de todos lo que la escuchábamos.

—Si llegara a pasar eso Helga, no dejaríamos a Jukka aquí. De cualquier forma, su obligación era cuidar de mi niña, sin ella aquí no tendría objeto su presencia más que para ser la víctima del par de buitres de mi suegro- respondió la señora Lorraine mirándola fijamente con absoluta seriedad, lo que me hacía sentir muy tranquilo.

De pronto sonó el teléfono, me levanté sin hacer aspaviento y respondí, era el señor Lothar Strauß, quería saber si todo estaba en orden, respondí en automático que sí y que Michael no se había reportado para nada, que la familia acababa de cenar y que estaba en sus habitaciones. No preguntó otra cosa, sólo quería asegurarse que se escuchara paz en su casa, supongo que se imaginó que su nuera y nietos harían alguna especie de fiesta por su partida.

— ¿No te pidió hablar con nadie? —Preguntó Lucien confundido.

—No, sólo quería saber si todo estaba en calma; y, si Michael ya se había reportado —dije regresando al comedor.

— ¿Ve señora? Pueden irse, yo puedo responder el teléfono y decir “salieron al centro un momento” estoy segura que no volvería a llamar porque odia que yo responda, y una vez que ellos ya hubieran vuelto ustedes estarían lo suficientemente lejos para que sus buitres o su “gente” les busquen.

—Es muy arriesgado… —musitó angustiada aquella mujer que siempre me llenaba de paz.

—Si es lo que quieres hacer madre, hagámoslo; “el que no arriesga, no gana” —dijo Lucien lleno de paz, una actitud que no había percibido hasta ahora en él.

—Estaríamos juntos mami —dijo Laurianne sonriente.

—No podemos llevar muchas cosas —dijo la señora levantándose de la silla, poniendo fin a la deliberación, estaba decidida. Esa seguridad que le había infundido la actitud de sus hijos—. Jukka, ¿vendrás con nosotros o quieres quedarte? No puedo obligarte a hacer algo que no quieras.

— ¡Por supuesto que viene mamá! —Exclamó la pequeña Laurianne—. Si viene mi hermano él viene.

Lucien la miró sorprendido, mientras la señora miraba a su hija sin dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar, y yo sólo quería desaparecer. Helga rio a mi lado y con discreción musitó: ‘me lo imaginé’.

— ¿Es eso cierto? —Preguntó la señora Lorraine mirándome confundida. No pude articular palabra alguna por lo que el silencio se me estaba haciendo eterno hasta que Lucien atinó a decir:

—Sí, pero la historia es larga madre. Ya te explicaré, porque él no tiene responsabilidad alguna —dijo tomando las manos de su madre entre las suyas. La señora le miró tranquila mientras asentía con la cabeza, una vez que su hijo la soltó caminó hacia mí y me sostuvo entre sus brazos musitando:

—Cuídalo por favor…

—Lo haré —atiné a responder ante la mirada expectante de la pequeña que sostenía la mano de su hermano entre las suyas.

—Debemos apresurarnos entonces —dijo la señora—, como dije, no lleven muchas cosas, igualmente yo tengo dinero guardado, una vez en Nantes podremos movernos con tranquilidad.



Saga Zuster

Editado: 12.07.2018

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