[gay] Lo mejor está por venir

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Azotó la puerta detrás de sí, pero no como presa de la furia; más bien era presa de la emoción y el entusiasmo. Caminó decidido hacia su auto con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Pocas veces se le había visto caminar con esa determinación, a paso firme lejos de la casa de sus padres y del extraño sentimiento de sofoco que había estado sintiendo desde hacía dos años atrás.

Acababa de cumplir 30 años, y después de tanto meditar en si se mudaría o no de allí, un buen día se decidió; como si de iluminación divina se tratara, volvió de sus ocho horas en aquella aburrida oficina en la empresa de publicidad en la que laboraba, y a la hora de cenar sólo lo compartió con sus padres y su hermana cuatro años menor, Marissa.

—Voy a buscar un departamento en la capital para mudarme en las próximas semanas…—dijo con una seriedad que les dejó enmudecidos y boquiabiertos. No había en su agraciado rostro una sonrisa o esa mirada que destilaba su luz interior. No parecía molesto o frustrado por algo, sólo daba la impresión de estar compartiéndoles una verdad, su verdad—. Joanna me hizo favor de darme unas opciones para buscar la mejor. Espero estar mudándome en una semana o dos, máximo.

Su padre aclaró su garganta después de cinco minutos de un sepulcral silencio que inundó el ambiente de incomodidad. Sonrió de forma apacible y le miró con todo el amor que tenía siempre hacia sus hijos.

—Si es algo que necesitas hacer para ti nos hace felices. Sólo quiero que sepas que esta es tu casa Marco.

—Lo sé, y he sido muy feliz hasta ahora viviendo aquí. Pero una parte de mí me dice que debo aventurarme un poco —reconoció con un ligero sonrojo en las mejillas—. Debo atreverme a vivir por mi cuenta.

—No lo ponemos en tela de juicio hijo, sólo nos tomó desprevenidos tu anuncio —susurró su madre con voz dulce—. Recuerda que te amamos y siempre estaremos aquí para ti.

—Lo sé y gracias…

Y justo como había prometido, una semana le tomó organizar sus cosas, encontrar el departamento que le pareció perfecto y tener todo preparado para abandonar el nido familiar. No podía negarlo, estaba lleno de dudas y miedos; pero otra parte en su interior estaba entusiasmada de vivir la aventura, de ser capaz de decidirse y hacer algo por su cuenta. Había vivido feliz en casa de su familia, se sabía amado por sus padres y hermana; sin embargo, algo en su interior siempre le había pedido que se independizara, que saliera de ahí y conociera el mundo que existía alrededor de su familia, sus amigos y su empleo. El otoño se avecinaba, lo sabía porque el viento soplaba con fuerza y la temperatura del mismo ya no era tan cálida como durante el verano. Se le antojaba a un excelente comienzo para una aventura que su espíritu le pedía desde años atrás y no había querido consumarla por miedo a darse el frentazo o decepcionar a su familia.

Entrar por primera vez a su departamento fue una sensación inolvidable. A pesar de que todo estaba amontonado y había cajas por doquier, encontró paz ahí dentro. La impresionante vista de la avenida y el ruido constante del ir y venir de automóviles y personas le daba la impresión de estar acompañado.

Rogelio y Laura, sus mejores amigos desde la universidad, le habían sugerido mudarse a su vecindario; ahí podrían convivir y no se sentiría tan solo, pero no quería depender de sus amigos o familia, necesitaba estar por su cuenta. Saberse independiente. Tener la oportunidad de salir de noche sin después sentirse obligado a dar explicaciones sobre lo que había hecho o a dónde había ido y con quién; aunque sus padres no se las pidieran. Joanna, su secretaria, incluso le había ofrecido el departamento que su madre rentaba en el piso superior a donde ellas vivían juntas desde que Joanna había enviudado, y lo rechazó porque necesitaba un espacio para respirar. Agradecía desde el fondo de su corazón la amabilidad y preocupación de sus conocidos y amigos, pero él necesitaba ese espacio para sí.

Comenzó a desempacar enseguida; estaba lo suficientemente emocionado para no sentir cansancio o hambre, organizó gran parte de sus cosas antes que amaneciera el nuevo día. Se tumbó sobre su cama y fijó la vista en el techo, fue la primera vez que el hambre y el cansancio azotaron su cuerpo. Se levantó con pesadez y dirigió sus pasos a la pequeña cocina, encontró galletas y yogurt, los devoró como si fueran el mejor manjar que le había sido ofrecido en años y volvió a la cama a dormir unas horas. A penas su cabeza tocó la almohada cayó dormido. Eran las cuatro y media de la madrugada.

Despertó pasadas las once, había dormido como nunca; aunque todos los músculos de su cuerpo resentían el agotamiento, la ducha le cayó de perlas al punto de sentirse renovado. Tenía que ir a hacer unas compras: focos, comida, bebidas, quizás compraría un estante para los libros que no habían cabido en su librero. Peinó su cabello como de costumbre, una camisa azul y sus jeans favoritos, zapatos cómodos para la caminata en el centro comercial y estuvo más que listo para seguir viviendo su aventura. Envió un mensaje de texto a su hermana para avisarle que saldría y no tenía hora de regreso pero todo estaba bien. No quería darles la impresión de que necesitaba alejarse de ellos y olvidarlos para ser feliz.



Saga Zuster

Editado: 06.01.2019

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